domingo, 30 de abril de 2017

8. TRESMILES



No soy capaz de de fechar con precisión cuándo empecé a esquiar. De lo que sí que estoy seguro es de que aprendí a deslizarme sobre las tablas antes que a montar en bicicleta. Debió ser aproximadamente a los cinco años de edad. Tengo recuerdos bastante nítidos de alguno de mis primeros días en Brañavieja. Soy capaz de ubicar con bastante exactitud las pequeñas lomas sobre las que empecé, y recuerdo muy bien el equipo utilizado y parte de la vestimenta. El esquí alpino ha sido siempre mi deporte principal, y desde luego, sin el menor género de dudas, el deporte familiar por excelencia en mi hogar paterno. Como en aquellos primeros recuerdos (y en las diapositivas que de ellos conservamos) no hay pistas de la existencia de mis dos hermanos menores, ambas referencias han de ser anteriores al otoño de 1968. Y esa fecha, para el asunto del esquí en España, sin llegar a poder considerarse como pionera, al menos sí que otorga cierta “categoría” de iniciación clásica, avanzada, temprana, etc. Algo que aún cobra mayor valor si tenemos en cuenta que, desde entonces, no he abandonado la práctica del esquí en toda mi vida. El origen de todo ello fue causado por mi padre. Aunque nacido y criado en un pueblo de la Montaña bastante cercano a Reinosa, descubrió el esquí en la Sierra de Guadarrama, un par de fines de semana que fue invitado a practicarlo allí, cuando residía en Madrid en condición de estudiante universitario. Lo que inicialmente fue una experiencia casual, le dejó tan buen sabor de boca que, ya con su familia fundada, se apuntó de forma entusiasta a la propuesta de retomar aquella práctica una vez regresado a su tierra. Fue su amigo Jesús Martín (pariente del erudito campurriano Ángel de los Ríos, conocido como el Sordo de Proaño) el principal responsable de la sugerencia, pero fueron mi padre, y mi padrino siciliano Oliveri (no todo el mundo puede presumir de tener un “padrino” de tal procedencia), quienes de forma más entusiasta respondieron a la llamada. De aquella movilización de familias derivó toda la iniciación de un nutrido grupo de chavalería que conformaba una simpática tropa de familias numerosas (según las cifras de entonces). Y entre ellas, cómo no, estaba la nuestra, la cual, a la postre, creo que fue la única en permanecer ligada a la práctica del esquí, de forma ininterrumpida, desde entonces hasta ahora.

 
En Brañavieja, con mi madre y mi hermana mayor Mila.

Aprendí pues a esquiar, pasé disfrutando de ello los inviernos de mi infancia y los de mi adolescencia. Hace unos años de hecho, elaboré un documental sobre toda la historia del esquí familiar, a través de la figura de mi padre y de la historia de la estación invernal de Alto Campoo. Y evidentemente, tal relato audiovisual, es en el fondo, la narración de una gran parte de mi vida. Recuerdo que al pasar de la infancia a la adolescencia, mi hermano mayor y yo empezamos a obsesionarnos y perseguir el esquí de grandes pendientes. Debido a la peculiar forma que tenía mi padre de entender el deporte, en casa nunca fuimos dirigidos ni orientados hacia la práctica competitiva. Todo lo contrario, las bicicletas, el nado, la montaña, el esquí, las acampadas, etc. fueron siempre propuestos como recursos vitales para el disfrute y el complemento educativo. Así que de chavales, mientras algunos otros “pasaban palos” supervisados por sus monitores, Juan y yo nos dedicábamos a explorar los dominios de nuestras montañas, en una interpretación deportiva que tiempo después empezó a denominarse “fuera de pista” y en la actualidad, como si de una actividad de gimnasio se tratara, le han otorgado la denominación anglosajona de “free-ride”. Primero fue ir aprendiendo la técnica de giro necesaria para evolucionar con garantías por muy diferentes tipos de nieves y, poco a poco, después, conquistar cada vez mayor gradiente de pendiente. A medida que íbamos dominando “palas” nos aventurábamos más, a la vez que dejábamos detrás nuestro rastro en forma de topónimos privados de las mismas: “la pala de Charly”, “la arista del Tresmares”, etc. De aquella época data nuestra fantasía de ascender caminando a la Morra de Lechugales (en el Macizo Oriental de los Picos de Europa), porque mi hermano aseguraba que le habían dicho que una de sus laderas ofrecía un amplio y largo manto de nieve apto para el descenso con esquís.

Solo algunos años antes, yo mismo había tenido una curiosa experiencia en la que había llegado a esquiar en “Los Picos”, en una especie de temprano acercamiento al “esquí de montaña” (de “travesía”, como acostumbro a denominarlo). Resulta que otra familia amiga nuestra, con gran afición a la montaña, me había invitado a pasar un fin de semana con ellos en “El Cable”, aprovechando que iban allí para, en su caso, iniciarse en el esquí. Nos alojamos en lo que entonces era un refugio construido como parte de los edificios de la estación superior del teleférico de Fuente Dé. Aquella gente, de origen asturiano, iba asesorada de montañeros-escaladores que yo había conocido en otras citas veraniegas, pero ahora era invierno (seguramente primavera) y todos ellos eran principiantes como esquiadores. Sus intenciones a medio plazo solo las he llegado a comprender tiempo después: practicaban pensando en iniciarse en algo que por aquel entonces (años 70) debía ser casi absolutamente novedoso en nuestro país, el esquí de travesía. Aunque sí que recuerdo atender con curiosidad a las demostraciones que me hicieron del material utilizado, en especial aquellas extrañas fijaciones que podían regularse en formato de talón liberado. El desenlace del fin de semana no se me olvidará en la vida. El domingo hizo buenísimo, y esquiamos bastante, remontando cada corta bajada, caminando con los esquís al hombro (yo llevaba material muy básico de alpino). La noche anterior yo había tratado de convencerlos de optar por un regreso esquiado a través de los Puertos de Áliva, en vez de en el teleférico. Evidentemente no me hicieron ningún caso, claro. Pero ya iniciada la tarde del domingo, una noticia se expandió como llevada por el viento entre la gran cantidad de gente que andaba por allí haciendo turismo: el teleférico había quedado inutilizado por una avería. En la cabina inferior había algunos heridos muy leves y la superior permanecía colgada bastante abajo, a la altura de la campa de Fuente Dé. No quedaba más remedio que desalojarnos a todos a través, precisamente, de los puertos de Áliva. Así que con el permiso de mis “tutores” temporales (aquellos eran otros tiempos, sin duda), cargué con mis esquís y mi mochila, y caminé hasta la Horcadina de Covarrobres, antes de poder calzarme las tablas para iniciar mi soñado descenso. Recuerdo que fruto de aquella práctica mixta del montañismo y el esquí, utilizaba para lo segundo el mismo calzado que para lo primero: unas botas de montaña rígidas, pero de cordones. Disfruté del descenso, me encontré con unos pocos chavales lebaniegos que, junto a mí, fueron los únicos que se atrevieron con el descenso sobre esquís, y acabamos todos amontonados en el primero de los Land Rovers “largos” que, como flota repentinamente movilizada en la comarca, esperaba en la zona de “las Portillas” para rescatar a la gente. Recuerdo haber visto arriba a un pobre grupo de monjas, enfundarse plásticos en las piernas y sobre sus zapatos para poder progresar por la nieve. Cuando el Land Rover nos dejó en la base del teleférico, aún llegamos a tiempo de presenciar el rescate de los últimos ocupantes de la cabina, a los cuales descendieron, uno por uno, dentro de un saco, mediante una polea situada en la propia cabina. Todo un espectáculo.

Lo mejor de todo fue que a mis amigos les debió dar mucha envidia mi descenso, y poco tiempo después me volvieron a invitar para regresar allí con el objetivo de recuperar su material de esquí y el de alguna gente que lo había dejado en el refugio. Alquilaron Land Rovers que nos subieron hasta donde pudieron, caminamos de regreso sobre la nieve, pernoctamos en el refugio y, al día siguiente, volví a disfrutar del descenso, pero esta vez con los flamantes “Fischer 1002” de algún aficionado y sus pertinentes botas de ganchos. Doble gozo.

Ya de joven, antes de marcharme a Madrid a estudiar en la Universidad, mi esquiador favorito tenía nombre y apellidos. Aunque lógicamente me gustaba seguir a los grandes campeones de la competición convencional, entre los cuales tenía mis preferidos, en determinado momento quedaron todos ellos de lado ante la figura de Patrick Vallençant, mítico personaje de lo que entonces acababa casi de nacer como esquí extremo. En realidad el esquiador precursor había sido un tal Sylvain Saudan, pero Vallençant era el que estaba plenamente activo en aquella época para nosotros. Me leí uno de sus libros y lo admiré en varios documentales. Por aquel entonces nuestra afición al esquí se centraba en tres “disciplinas” preferentes: las grandes pendientes, la nieve virgen de fuera de pista y ¡los baches!.
 
Patrick Vallençant en una imagen de su libro: "Esquí Extremo". RM. Barcelona, 1982.

Mi paso por la universidad hizo que me encontrara con un compañero de clase con el que trabé gran amistad. Gracias a él empecé a trabajar como monitor de esquí en la entonces existente estación de Valcotos, actualmente desparecida en pleno corazón del Parque Natural de Peñalara. Con él mejoré enormemente, tanto en el fuera de pista como (sobre todo) en la técnica de los “baches”. El esquí era el eje prioritario de mi vida y gracias a ese pseudo-desempeño profesional pude acceder a material de la más alta calidad y empezar a viajar por todas las estaciones nacionales y alpinas, costeándome los viajes dando clases. Prueba de nuestra fiebre de entonces fue por ejemplo aquel arrebato que nos llevó a descender las dunas playeras de Liencres buscando quitar el “sincio” de fuera de temporada.

 
Fuera de pista en Avoriaz (Foto: Manuel).

 
Nieve virgen en Borovets (Bulgaria).

 
Descendiendo por la arena de las dunas de Liencres. (Foto: Manuel).

Y ya de regreso a la “tierruca”, casi recién casado y en plena vida laboral, me topé, casi casualmente, con el esquí de travesía. Y puedo determinar bien la fecha por razones evidentes: el año 1992, toda una referencia en nuestra historia más contemporánea teniendo en cuenta algunos de los grandes eventos que entonces se celebraron en España. La cuestión es que yo, aún teniendo ya adquirida una plaza como profesor en un instituto, por alguna chapuza administrativa sufrí un traslado temporal (por un único curso) a otro centro educativo de la misma localidad. Allí organicé la típica semana blanca, en la que entre otros alumnos, encontré una chavalita con buenas dotes de esquí (Alba) y a la que, aprovechando la excelente calidad de la nieve recientemente caída, administré unas importantes dosis de esquí fuera de pista y en nieve virgen. A partir de entonces entablé amistad con sus padres, que resultaron ser una pareja de avezados montañeros y apasionados del esquí de montaña, y no dudaron en devolverme las atenciones invitándome a probar la disciplina, prestándome el material y todo. El primer intento fue muy pobre, pernoctamos en el refugio de San Glorio del Club Alpino Tajahierro, con idea de, al día siguiente, completar una buena excursión por las elevaciones de la Montaña Palentina. Pero el día amaneció con un tiempo horroroso y apenas empleamos una hora en avanzar aprendiendo las técnicas básicas de progresión y el manejo del material. Sin embargo, tiempo después, el padre (Chus Aja), me propuso aprovechar un buen día primaveral para probar de nuevo. Madrugamos mucho y, acompañados por su perro de aguas (Bruce), a bordo de un Nissan Patrol, nos acercamos a Liébana y ascendimos por una pista forestal hasta que la nieve nos cortó el paso antes de llegar a los Puertos de Ríofrio. Allí dejamos el vehículo, nos pusimos los esquís, y en lo que para mí supuso una maravillosa experiencia, coronamos Peña Prieta (2539 m) y gozamos de su maravilloso descenso. Esa misma tarde mi decisión ya era firme: el esquí de montaña quedaría incorporado de modo definitivo en mi vida. Poco a poco, ya ese verano, se fue sucediendo la paulatina compra del primer material: unas pieles en París, unos esquís en San Juan de Luz, y las botas y las fijaciones en Santander. Y desde entonces, unas temporadas más y otras menos, no he dejado de practicar este deporte que, he de reconocerlo, es uno de los que más me gustan y ha acabado desbancando, casi completamente, mi práctica del esquí alpino (esto es algo que nunca ocurrirá del todo, pero la desaforada masificación de las pistas, las pegas impuestas al esquí fuera de pista y la ausencia ya casi completa de bajadas con “baches”, además de algunos otros factores, han hecho que los innumerables atractivos del esquí de travesía me resulten mucho más gratificantes que el de “pista”).

 
Chus Aja durante aquel fantástico descenso de Peña Prieta, algunas décadas atrás.

 
Chus con Bruce a los pies de Peña Prieta.

 
Aquí estoy con Bruce, en otra ruta mano a mano con Chus, algún año más tarde en mitad del puerto de Lunada (se puede percibir la línea de la carretera del puerto cubierta de nieve). (Foto: Chus).

Todo esta introducción autobiográfica viene al caso por dos cuestiones. La primera para justificar el porqué, en un espacio que hasta ahora dedicaba al ciclismo, el patinaje y el piragüismo, me pongo a escribir de esquí. Resulta evidente, ese rápido repaso vital demuestra que en general, a lo largo de mi vida, el esquí siempre ha estado por delante de las otras tres aficiones mencionadas. Así que me permito escribir sobre ello siempre que me apetezca ¡faltaría más!. De hecho más de una vez en capítulos pasados he entrelazado la temática del esquí con cualquiera de las otras tres al contar según que historias. La segunda, para situar en contexto el asunto tratado en esta entrega: un viaje a Benasque para practicar esquí de travesía.

En Benasque había estado esquiando muchos años antes, al menos un par de veces. Ambas practicando alpino, aunque durante la segunda estancia, reservé una jornada para hacer una cumbre en la modalidad de travesía. Desde entonces, puede que incluso desde antes, ya me había planteado el proyecto de pasar allí unos días con la intención de ascender y descender el Aneto, y si se terciaba, algún otro “tresmil” de la zona. Aquel histórico episodio de la serie de documentales de “Al filo de lo imposible”, no había hecho más que alentar el proyecto. Sin embargo, la vida cotidiana, los quehaceres, compromisos, responsabilidades varias, otros planes cruzados, etc. habían logrado que la intención fuera disipándose hasta quedar casi olvidada. Pero una buena temporada de esquí de travesía este invierno despertó la idea, y sin más, pensé en que había llegado la oportunidad de acometer lo que durante tiempo (un par de décadas por lo menos), había quedado aplazado.

 
Con Luciano en el Pico Castanesa (2859 m), en los años 90.

Y al final llegó la hora. Tanto tiempo después de la intención inicial, me encontré montado en un coche, camino de Benasque, en una semana primaveral, casi incluso veraniega. Para el viaje gozaba de la compañía de dos amigos, habituales compañeros de actividades de diversas modalidades deportivas: Jesús y Pablo. Ambos, aun siendo personas muy distintas entre sí, coincidentes en su sencillez de carácter, su talante espartano y su enorme capacidad adaptativa. Personas sanas, francas y en las que uno puede confiar plenamente cuando se trata de desenvolverse por espacios y territorios agrestes, o compartir vivencias que requieran lidiar con situaciones de cierto riesgo objetivo.
El viaje nos deparó paisajes variados que derrochaban luz, algo que aunque resulta común en España, no por ello cansa, sino más bien al contrario, entusiasma y refuerza ese sentimiento de afortunados que a veces sentimos sus habitantes. La exuberancia primaveral estaba en plena ebullición potenciando el panorama pre-pirenáico integrando el verdor vegetal, con los ocres erosionados y el agua. ¡Mucho agua!.

Nuestro planteamiento de viaje era claro, pretendíamos ascender esquiando (para luego gozar de ellos en el descenso) a las dos cimas más elevadas de los Pirineos: el Posets (3371 m) y el Aneto (3404 m) situados ambos en sendos lados del valle de Benasque. Para ello habíamos apostado por una hostelería práctica y económica (albergue y refugio), una agenda con cierto descanso y el apoyo profesional de una compañía de guías. La utilización de guías de montaña es algo que apenas había hecho antes en mi vida. Realmente en contadas ocasiones, dentro de casi medio siglo practicando ininterrumpidamente actividades deportivas en la naturaleza. Sin embargo, desde hace relativamente poco tiempo, mi opinión al respecto ha variado, y considero un buen empleo de mi dinero, el contratar este tipo de servicio cuando ello puede aportar una buena garantía de seguridad añadida a precios razonables. En este caso, visto el balance de los días allí pasados, puedo asegurar que acertamos de pleno con este asunto.

En Benasque disfrutamos de bastante tiempo libre antes de nuestra primera ruta y durante una jornada intermedia de descanso entre ambas ascensiones. Aquello nos permitió paladear la gastronomía local a precios razonables, visitar el viejo pueblo de Cerler (el más elevado del Pirineo aragonés), un recodo de su estación de esquí, el edificio de los Baños, la estación de esquí de fondo de los Llanos del Hospital, etc. También recorrimos Benasque con calma e incluso hicimos algunas compras. En este sentido tuve la suerte (y la casualidad) de toparme, en una tienda de muebles, con una pareja de esquís, en perfecto estado de conservación, exactamente idénticos a aquellos primeros que utilicé en mi infancia y con los que aprendí y esquíe durante mis primeros años. Unos Silver Streak rojos, con sus mismas fijaciones de cable. ¡Evidentemente me los compré!. En breve tiempo quedarán expuestos en el saloncito con chimenea de mi casita de las montañas, junto a algunas otras reliquias alpinas.

Durante aquellos espacios temporales tuve algo de tiempo para leer, mucho para disfrutar de conversación con mis dos buenos amigos, con los que tantas aficiones comparto, e incluso para pasear por un paraje maravilloso, atentos a las evoluciones de las cercanas marmotas y los alejados esquiadores de montaña que rondaban por las inmediaciones de nuestro próximo trayecto.

Nuestra primera ruta fue la del Posets, y estaba planteada en dos jornadas. La primera vespertina como aproximación al refugio Ángel Orus. Sobre las cuatro de una tarde calurosa y soleada, partimos en sendos coches y ascendimos por la ladera occidental del valle hasta el aparcamiento de la cascada de Espigantosa (1500 m). Allí nos preparamos para un largo porteo del material de esquí cargado sobre nuestras mochilas. El trayecto sigue el curso del montaraz río Aigueta de Eriste. Es un camino precioso, boscoso, con sombra y que nos regaló la vista de cascadas y corzos. Tiene tres sectores claramente definidos: un fuerte desnivel inicial, un segmento intermedio casi llano, y un tercer largo esfuerzo final. La última parte, siendo muy umbría, conservaba cada vez más manchas de nieve, bastante resbaladiza para el calzado ligero de montaña. Por allí hubo que andar con cuidado. En 1h 45’ alcanzamos el refugio (2095 m), rodeado ya todo él de nieve. Su montaje es muy práctico. Tiene un área aterrazada exterior y una recepción con grandes taquillas en la que puedes dejar todo el material duro y el calzado, para entrar con unos zuecos blandos y cómodos al resto del inmueble. Estaba prácticamente vacío aquella tarde-noche, una de las ventajas de acudir en temporada baja. Nos dieron una cena verdaderamente pantagruélica en la que destacaron unas patatas al estilo de no sé qué pueblo del Cinca. Que básicamente era una especie de lasaña con láminas de patatas en lugar de la consabida pasta. Cenamos juntos los ocho montañeros, cordialmente servidos por el guarda, que finalmente se unió a nuestra tertulia con un porrón de fresquito moscatel. Al anochecer, por las ventanas del comedor, seguíamos las evoluciones de varios zorros en busca de restos orgánicos cercanos al refugio. Un auténtico privilegio.

 
Jesús, José y Pablo posando delante de la cascada al iniciar la aproximación al refugio Ángel Orus. (Foto: Narcís).

 
Narcís, José y Jesús, a punto de alcanzar el refugio. (Foto: Pablo).

Al día siguiente nos levantamos a las 6,30 para desayunar con rigor y pertrecharnos para el ascenso. Salimos holgadamente pasadas las 7,30. Primero caminando con las botas de esquí, pero con las tablas acomodadas en la mochila. Mis comienzos fueron torpes, casi grotescos, tan poco ágiles y desenvueltos que llegué a temer por mi capacidad para superar todo lo que pudiera llegar después. Alternamos porteos entre rocas con cortos tramos de progresión con esquís sobre nieve muy dura en la que en ocasiones llegamos a utilizar las cuchillas. Menos mal que, a medida que ganábamos altura, la natural soltura me iba reconquistando paulatinamente. Inicialmente ascendimos por una ladera norte por la zona de la Pleta de Sallent. En seguida conseguimos un gran avance por el valle de Llardaneta y pasamos a todos los montañeros que nos precedían. El itinerario por allí se va haciendo cada vez más hermoso y, personalmente, ya veía restaurada la confianza en mí mismo. Poco a poco fuimos virando el rumbo para enfilar la espectacular y bellísima Canal Fonda. En su primer tramo, sombrío a aquellas horas, pasamos a una pareja de esquiadores que previamente nos había superado por detrás. Era una canal ancha y fácil. Tras ella llegó un descanso en la pendiente antes de abordar el segundo tramo, ya al sol y que requirió el dibujo de unas cuantas zetas trazadas con la técnica de la “Vuelta María” al “Monte”. La pendiente para entonces se iba viendo incrementada.

 
Jesús, José y Pablo, aún temprano en plena ascensión al Posets. (Foto: narcís).

 
Jesús, Pablo y José, momentos previos a acometer la Canal Fonda, la cual aquí se aprecia alineada con su primer tramo en sombra, el descansillo, segundo tramo soleado, y salida por la izquierda hasta la base lateral del Diente de Llardaneta. (Foto: Narcís).

Superada la canal, había que salir de ella por una ladera sensiblemente más empinada y con nieve bastante blanda. Es una ladera que desciende bajo el impresionante peñón de roca que configura el Diente de Llardana. Allí las zetas se multiplicaron notablemente. El siguiente paso fue proseguir por la Espalda del Posets. Me volví a encontrar torpe y flojo en unos breves porteos por roca, en contraste con mis sensaciones cuando la progresión se realizaba sobre los esquís, “foqueando”. Al final alcanzamos con éxito un hombro sur de la magnífica cresta de la montaña, y allí dejamos nuestros esquís y las mochilas, para alcanzar la cima caminando, con bastones pero sin necesidad de crampones. La cresta es una preciosidad. Fácil pero muy aérea, con un espectacular “patio” a la derecha que ubica un ibón en aquel momento completamente cubierto de nieve. El tramo apenas tenía sectores con nieve, y el principal de ellos presentaba un sendero marcado con cierta profundidad. Y así, por fin, hicimos cumbre en un panorama hermosísimo de 360º, a las 12h 15’ del mediodía, a 3371 m de altura. La verdad es que el momento desató nuestro júbilo, aunque no somos gente de manifestaciones públicas demasiado efusivas.

 
Aquí estoy, en uno de los últimos porteos previos a la cumbre del Posets. (Foto: Pablo).

 
Pablo, José y Jesús, recorriendo la cresta del Posets, camino de la cumbre. (Foto: Narcís).

 
Los tres amigos posamos en nuestro primer triunfo. (Foto: Narcís).

Al descender por la crestería, nos fuimos cruzando con el resto de montañeros que aquel día se encaminaban hacia el mismo objetivo. Ya con los esquís puestos y sin pieles, acometimos un descenso de buena pendiente, pero gran anchura. El descenso resultaba sencillo, aunque con nieve de poca calidad. Al principio dura sobre superficie venteada (incómoda) y poco a poco transformándose aunque sin llegar a alcanzar ese punto “primavera” suelto y agradable hasta casi el final. Eso sí, desde una perspectiva estética, el entorno mostraba buenas palas, con un manto amplísimo en anchura y un trazado precioso y variado. Bajamos por detrás del Diente de Llardana y por el Tucán de la Canal, un trayecto diferente al del ascenso. Primero las palas de nieve dura. Después algún tubo fácil y más palas con nieve primavera. Más tarde una larga ladera por detrás del Diente, hasta alcanzar un paso estrecho y llano. Y finalmente evoluciones variadas por la derecha, sobre buena nieve primavera, entre rocas y hacia el refugio. Cuando la nieve empezó a desaparecer, un porteo de unos 15 minutos nos dejó de regreso en el refugio en torno a las 13h 30’.

Allí bebimos, recogimos, empacamos, pagamos, nos despedimos del amable guarda, nos cambiamos de calzado y empezamos el porteo descendente por la misma senda de ascenso de la tarde anterior. Ahora mucho más llevadera cuesta abajo y con las manchas de nieve más blandas. A las 16h estábamos en el coche y decíamos adiós, temporalmente, a nuestro magnífico guía Narcís.

Ya he comentado que nuestra jornada intermedia de descanso fue bien aprovechada, así que entraremos ahora en harina respecto a nuestro segundo objetivo: el Aneto, el techo de los Pirineos con 3404 m de altitud. Su “ataque” se pergeñó ya de víspera, con suculenta y temprana cena y dejando todo preparado de antemano, tanto para la larga jornada de esquí que se avecinaba, como para la posterior partida del largo viaje en coche de vuelta a casa. Los esquís durmieron en el coche con las pieles colocadas, y las mochilas listas y completas. Nos acostamos pronto en nuestra habitación de albergue, que ya en velada de viernes, se había ido completando con algo de gente. Los días previos habíamos estado casi a solas, disfrutando del salón y el comedor y disponiendo de una habitación colectiva con baño en exclusiva para nosotros. Buen alojamiento en las instalaciones de la Escuela de Montaña de Benasque.

Nos levantamos a las 4h 20’ de la mañana y desayunamos copiosamente. A las 5 nos reunimos en Benasque con Narcís. Accedimos en coche a los Llanos del Hospital, y empezamos la ruta aún de noche sobre las 5h 45’ de la mañana. Caminábamos bajo un cielo estrellado y con el apoyo lumínico de nuestras linternas frontales y ya calzados con las botas de esquí. Era agradable vivir una experiencia diferente, con aire aventurero. Empezamos por la pista que se acerca al plan d’Estan. A ratos caminábamos sobre seco y en ocasiones sobre un poco de nieve dura. Había bastante movimiento de gente por el doble hecho de ser fin de semana y coincidir una reunión convocada por el Club de Fondo de los Llanos. No se hizo esperar demasiado el momento de descargar los esquís de la mochila y deslizarnos sobre ellos. Durante varios kilómetros el progreso era muy sencillo por lo plano de la pista y su tímido desnivel ascendente. De frente surgió una elegante luna menguante, estrecha y afilada. Una visión mágica que nos duró bastante rato, hasta que el amanecer, lentamente, fue haciéndose evidente y recargando nuestras pilas emocionales.

Al finalizar la pista nos enfrentamos a la ladera norte que lleva hacia el refugio de la Renclusa. La nieve estaba dura pero adherente. El entorno consistía en un bonito salpicado de árboles, llevadero por la poca densidad de unidades. Para entonces hacía rato que habíamos apagado y guardado nuestras lámparas. El ascenso era duro, pero Narcís puso un ritmo moderado, aunque constante y sin paradas. A la altura del refugio nos dimos un breve pero merecido descanso. Desde nuestra posición podíamos ver a varios grupos de montañeros progresar por las laderas y vaguadas de nuestra derecha. Sin embargo, nosotros, gracias al acierto y conocimiento del terreno de nuestro guía, volvimos a progresar pendiente arriba en rumbo casi directo hacia el Portillón Superior (norte puro), eludiendo tener que perder altura en alguna loma y ahorrándonos algo de rodeo. Descansábamos muy pocas veces y muy poco tiempo, para echar un trago o comer alguna barrita. A medio camino de aquel largo y duro tramo de ascensión nos encontramos con la progresión del sol y llegó el momento de ponerse las gafas, hasta entonces innecesarias. El buen hacer del ritmo propuesto por Narcís hizo que el alcance del paso del Portillón Superior llegara con sensación de prontitud y sugiriéndonos que el ascenso estaba claramente a nuestro alcance. Poco antes de tan singular paraje algunos pusimos las cuchillas y las mantuvimos para garantizar la seguridad y facilitar el progreso en un tramo de ladera algo expuesto y con la nieve helada.

 
Aquí estoy a punto de acceder al Portillón Superior. (Foto: Narcís).

El Portillón me enamoró, un diminuto collado parece colarse entre una cresta de roca. La entrada es una cómoda repisa de nieve por la que se alcanza un estrecho pasillo rocoso que tuvimos que superar destrepando con facilidad, pasándonos los esquís unos a otros. Me encantó este tramo de transición que de forma asequible aportaba un toque de alpinismo agreste, de variación, de inter-fase y, sobre todo, de radical cambio de panorama visual, pasando de la sombra al sol, y de una ladera encarada hacia el oeste, a otra que mira al este y prácticamente conforma un valle diferente. Una vez superado el paso nos pusimos de nuevo las tablas y descendimos unos metros de ladera con las pieles puestas. Dicha ladera permite una vista directa de todo lo que falta hasta la cumbre. Parece poco, tanto en altura como en distancia, pero es un engaño óptico, porque la ladera es inmensa y se hace eterna. En realidad recorre más de la mitad longitudinal de la cara nordeste del Macizo de la Maladeta. Pero al principio estábamos optimistas porque hacía buenísimo, parecía cercano el objetivo y paramos a comer algo, beber y descansar. Allí nos encontramos con un grupo de montañeros de a pié guiados por un colega de nuestro guía.

El siguiente tramo resultó el más duro de toda la excursión, una eterna diagonal sin zetas, que aunque no presentaba demasiado desnivel, agotaba por la sensación aparente de no avanzar en distancia y, especialmente, por el terrible calor que reinaba. De hecho, la nieve allí estaba bastante blanda. Narcís, con criterio basado en su experiencia no planteó descanso alguno durante este tramo, lo cual hizo que avanzáramos sin pérdida de tiempo, aunque a costa de sacrificio. Mejor así, el alcance del collado de Coronas se hizo esperar, pero supuso un regalo en forma de reunión, descanso, breve refrigerio y más crema protectora. A los pocos minutos de detenernos allí agotados, el buen humor volvía a aflorar con facilidad.

 
Ni las fotos, ni la vista “in situ” sirven para calcular la distancia real de la larga diagonal glaciar, aunque las diferencias del tamaño de las figuras humanas si pueden sugerirlo. (Foto: Narcís).

El último trecho era una especie de pirámide a la que era necesario acceder con cuchillas por la dureza de la nieve y la pendiente lateral que daba paso a su base. Una vez en ella la nieve se mantenía bastante dura y cada vez eran necesarias más zetas a medida que la cúspide se iba acercando. Curiosamente, esta parte se me hizo bastante liviana en esfuerzo. No así para Pablo, que por falta de cuchillas, mejor pasó a cargar con los esquís en la mochila mientras progresaba con los crampones bien ajustados a sus botas.

La ante-cumbre estaba concurrida. Sin agobios pero con ambiente. Era maravilloso estar allí arriba disfrutando de una temperatura ideal y de unas panorámicas inigualables: en derredor y hacia abajo, hacia los valles que se alejaban y hacia los cercanos “patios” vertiginosos a nuestros pies. Allí nos ajustamos los crampones, nos encordamos y accedimos a la cumbre con calma y seguridad a través del mítico Paso de Mahoma, una trepada horizontal muy sencilla, pero con una exposición bastante impresionante. En la cumbre estábamos felices y satisfechos. Hicimos algunas fotos y disfrutamos del momento de subidón, antes de regresar enseguida a por los esquís para dejar libre el concurrido paso.

 
Esperando turno para un paso más en el tramo de Mahoma. Pablo, detrás con casco blanco en similar situación. (Foto: Narcís).

 
Pablo, José, Jesús y Narcís, felices en la cumbre del Aneto.

Y llegó el momento de desprender las pieles de las suelas de nuestros esquís, apretarse las botas e iniciar el anhelado y larguísimo descenso. Yo ardía en deseos de hacerlo, de completar aquella experiencia que casi 30 años antes había admirado en aquel lejano episodio nacional de la serie de documentales de “Al filo de lo imposible”. La montaña fue generosa y nos regaló buena nieve durante todo el descenso. Arriba dura, pero con agarre noble suficiente y sin las caprichosas irregularidades que en ocasiones quedan como huella de los vientos o las lluvias. Pasada la primera pala, la más aérea, la ladera se hace inmensa en anchura, en profundidad y en longitud. Ofrece multitud de posibilidades y variantes, y la nieve se volvía ya primaveral, suelta y fácil. Un disfrute que racionamos con tranquilidad y numerosos tramos para poder permitir descansar nuestras piernas. En algunos “largos” me dediqué a seguir los amplios y rápidos virajes de Narcís; en otros disfruté de mis habituales giros cortos; y los demás los tracé libremente según la montaña me sugería la acción. Cada cual disfrutó a su manera y el recorrido parecía no acabar nunca, pues nuestro regreso buscaba el lecho del valle de Barrancs, un itinerario diferente al de la ascensión, mucho más apropiado para el aprovechamiento esquiador.

 
Disfrutando del descenso del Aneto. (Foto: Narcís).

 
Jesús en plena bajada. (Foto: Narcís).

 
Aquí estoy en otro viraje. (Foto: Narcís).

 
Pablo en su descenso. (Foto: Narcís).

Finalmente alcanzamos en Plan de Aiguallut y en un lecho de pradera junto al cristalino río nos quitamos los esquís, nos cambiamos de calzado y ajustamos nuestra carga en las mochilas para emprender la larga caminata de regreso porteando el material. Sería duro, pero el paisaje resultaba espectacular. Como estar viviendo dentro de un documental de las Rocosas. Enseguida vimos el sumidero de Forau de Aiguallut, donde el curso fluvial procedente del glaciar, desaparece bajo tierra y se fuga para  regar con sus aguas tierras francesas bastantes kilómetros más allá. Desde allí, entre marmotas y charlando a ratos, alcanzamos la cabecera de la pista matinal, donde descansamos un rato, antes de continuar, rodeados de marmotas juguetonas y vigilantes en labor cooperativa. En un momento dado, nos separamos de la pista para bordear un bonito ibón, y cuando todo aquello estaba resultando quizás ya demasiado largo, alcanzamos nuestro destino. La celebración fue a base de refrescos y tertulia de balance. Nos felicitamos unos a otros por los logros y dimos las gracias a nuestro efectivo, amable y profesional guía, gracias a quien, por discreto servicio añadido, disfrutamos de una envidiable colección de fotos que nos fue tomando durante sendas rutas.

El resto fue puro trámite: regreso al albergue a recoger equipaje, ducha rápida por generoso permiso de la recepcionista, y un largo regreso en coche con mucha ¡pero que mucha!, charla a tres bandas. Creo que mis dos compañeros volvieron felices, satisfechos y emocionados de esta aventura. Cada uno a su modo. Jesús probablemente admirado de lo que él mismo llegó a hacer, con y sin los esquís puestos; y sin duda alguna enamorado del territorio explorado. Pablo encantado de reverdecer viejos laureles de montañismo, de esquís, cumbres, Pirineos, glaciar, cordada y crampones. Aspectos todos ellos que lo han acompañado a lo largo de su vida, de forma intermitente pero siempre recurrente. En cuanto a mí, no encuentro las palabras apropiadas para describir mi estado y felicidad. Ambos quizá sea mejor tratar de comprenderlos recordando la larga introducción que me he permitido antes de contar este viaje. Esa en la que he explicado mi vida esquiadora, mi inicio en la travesía y el tan esperado deseo de intentar estas dos míticas cumbres, ¡Estos Tresmiles!.



sábado, 15 de abril de 2017

7. LA MONUMENTAL VERSUS TOUR DE FLANDES



Ritten madrugó mucho aquella mañana de domingo. Pero no le importó demasiado. Al fin y al cabo acababa de librarse de la pesadilla, del espantoso frente bélico. Era 1919. Ni siquiera tenía bicicleta propia para participar en aquella carrera, le habían prestado una. La del cuñado de otro participante. Hasta su nombre era un poco prestado, una deformación familiar de Henri. Pero pese a todo ello, estaba tan exultante que cuando se encontraron colocados en la salida gritó: “¡os dejaré tirados a todos!”.  Aquello hizo que el gran favorito Jules van Hevel, que recientemente había dado el salto al profesionalismo, se le riera en la cara. Pero Ritten no se amilanó y le contestó directamente: “no te rías, te sacaré de rueda justo en frente de tu casa”. Aquella era una carrera dura pero relativamente local, casi todos se conocían y sabían donde vivían unos y otros. Para Ritten era su tercera participación en la prueba. Eso significaba que la había corrido siempre. Las dos primeras veces lo hizo bien, quedando segundo en la primera ocasión, detrás de Marcel Buysse en 1914, y no pudiendo ganarla por culpa de una avería en un pedal al año siguiente. Pero desde entonces hasta ese día habían pasado muchas cosas, entre ellas una guerra y una convalecencia por herida. Pero el caso es que aquello no fue una fanfarronada, y si lo fue, al menos apechugó con ella, pues en un momento dado Frits Wiersma, otro flamenco en liza, atacó cerca de casa de Van Hevel, Ritten se pegó a su rueda y le gritó: “tira que te echo una mano”. Pero poco después Ritten se vio solo en cabeza, a 120 kilómetros de meta, contra el viento y sin pronóstico alguno de posibilidades de victoria por lo que, como buen flamenco de la época, hizo lo que tenía que hacer… apretar los dientes y darlo todo. Por detrás había tranquilidad, pues de todos era sabido que Ritten era muy dado a aquellas locuras absurdas e ineficaces. Bien merecido tenía su apodo de Jinete de la Muerte. Y el problema le llegó cuando empezó a sentirse débil y hambriento, y sin nada que llevarse a la boca. Era tal su ansia y necesidad de comida que en un momento dado paró al ver a un ayudante de Buysse esperando con una bolsa con avituallamiento al borde de la carretera. Ritten le convenció para que le diera la comida asegurándole que Buysse ya no la recogería tras haber abandonado la carrera. No sabemos la cara que podría el ayudante al ver aparecer a Buysse tiempo después reclamando su comida, pero para ese momento Ritten ya había salido pitando bastante tiempo antes, y ya con el estómago recargado. Cualquier carrera moderna estaría de sobra colmada con lo aquí sucedido hasta ahora, como para ser noticia de prensa, televisión o incluso distribución viral. Pero los de Ritten eran otros tiempos. Épocas en las que en las carreras pasaban cosas, muchas cosas. Por ejemplo que te pudieras encontrar un tren parado en mitad de la vía, cortando el paso a la carretera por razones peregrinas. Unos dicen que nuestro amigo traspasó el convoy arrastrándose con la bicicleta por debajo, otros que con ella al hombro aprovechando el hueco y los soportes que suele haber entre los coches, aunque los más entusiastas, los mejores narradores, aseguran que trepó hasta un vagón, lo atravesó con la bicicleta ante la incrédula mirada de los pasajeros y abrió la puertezuela del otro lado para bajarse y continuar, imagino que tras haber dado los buenos días en un cortés pero mal pronunciado francés. ¿Es necesario recordar que él era flamenco?. El caso es que superó el problemilla y siguió dando pedales hacia su destino, hacia la meta en el velódromo de Gentbrugge (en Gante). Lo que pasa es que al llegar allí, en vez de meterse en la pista para dar la correspondiente vuelta de entrada a meta, se detuvo en un café para tomarse una merecida cerveza. Y a poca experiencia que cualquiera de nosotros tengamos en esto de darle a la caña fresca después de una cabalgada a pedales de algunos cientos de kilómetros, sabemos que tras la primera viene la segunda, y quién sabe cuántas hubieran caído sino no llega a aparecer por allí un ayudante del director de carrera, para sacarlo del bar y acompañarlo personalmente hasta la pista. Su llegada, la real, la formal, fue tan multitudinaria que de hecho no fue rodando sino medio estrujado mientras caminaba rodeado de gente. Aún así, incluso por encima del alboroto, se tiene la certeza de que, fiel a ese estilo que, aún a pesar de la brevedad de esta historia nue,stro amigo ha sugerido gastarse, exclamó: “¡Que todo el mundo se vaya a casa y vuelva mañana! Les he metido medio día de ventaja a los demás”. En realidad los siguientes llegaron catorce minutos después. A lo largo de los años, la narración de la victoria de Ritten ha experimentado giros, amplificaciones y enriquecimiento, a costa de las licencias que unos y otros se han ido tomando. Esta misma, es una versión apoyada en otra que reconoce que la mitad de lo que cuenta no es verificable ni demostrable, aunque desde hace mucho tiempo forma parte del acervo cultural del Fandes ciclista. Ritten era como llamaban todos a Henri van Lerberghe, uno de los primeros ejemplos ciclistas de lo que posteriormente se supondría que era un “Flandrian”. Y aquella carrera, la tercera edición de la Ronde Van Vlaanderen, el Tour de Flandes. La primera celebrada después de la I Guerra Mundial.

 
Henri van Lerberghe “Ritten”. (Imagen: Dion Bentley en Pinterest).

Las historias de ciclismo, especialmente las pioneras, las que han servido de cimientos sobre los que apoyar todo el levantamiento posterior de las grandes carreras y eventos actuales o pasados, están llenas de leyendas. Cargadas de hechos inauditos, llamativos y colosales, pero también enriquecidas con relatos ficticios o deformados que,a modo de mitología educativa, han reforzado su poder dramático y los han hecho llegar hasta nuestros días, principalmente de forma escrita[1] (en papel de prensa) y tanto o más hablada, en un boca a boca socializador que, generación a generación, ha cohesionado el gran edificio ciclista. Y el Tour de Flandes es una viga maestra del bloque, robusta, vieja, pero resistente a la carcoma del paso del tiempo y de la evolución del deporte. Pero ¿cómo empezó todo?.

Pues con una visión. No demasiado original, sino intentando fundar en casa lo que algunas personas admiraban de un extranjero cercano. Ese “en casa” era el deprimido, pobretón y hasta menospreciado sector flamenco de Bélgica. Y ese “cercano extranjero” era el ambiente de carreras ciclistas inglesas y, sobre todo, francesas. Y aún podríamos decir más, incluso el mucho más próspero (entonces) segmento valón de Bélgica.

El caldo de cultivo de la creación de la Ronde Van Vlaanderen tiene bastante que ver con el afianzamiento de un claro sentimiento nacionalista en la sociedad flamenca, que se sentía maltratada por la valona, en aquella época más afortunada económicamente. La situación fue provocando que el sentimiento de identidad propia germinara, y que ciertas circunstancias relacionadas con los destinos y balances de bajas bélicas en la I Guerra Mundial se sumasen a las presiones efectivas contra la lengua propia, el menosprecio social, etc. y acabaran cristalizando en reacciones concretas. Y una de ellas fue el afán en mantener y reforzar sus propios periódicos, aquellos escritos en lengua flamenca.
Hago un inciso chocante. Y lo ubico dentro de mi propio pensamiento. No me gustan los nacionalismos. No me gustan nada. Es más, me preocupan y me dan miedo. La historia me ha mostrado como, demasiadas veces, son un ecosistema social ideal en el que perversas ideas políticas, acaban generando y buscando beneficio propio, odio, maldad, crimen, violencia, discriminación, incomunicación, sentimientos de superioridad, etc. Adoro las culturas propias, las que me son cercanas y las ajenas, las considero tesoros a preservar e incluso a compartir o “regalar-ofrecer” a otros grupos culturales. La diversidad es riqueza, pero su utilización como catalizador violento para justificar determinados posicionamientos de poder, me parece odioso. Es la conocida estrategia política del “feudalismo imperialista”, ese voy a hacer mi “nación” lo suficientemente pequeña para hacerme “dueño” de ella, y ya después me pondré a “hacerla crecer” conquistando territorio y población próxima. Un mecanismo muy antiguo, que aún demasiada gente se cree. Dicho esto, lo que anunciaba como chocante, es la habilidad histórica que ha desplegado Bruselas para perpetuarse como capital de un país muy dividido en dos, en el que todo es prácticamente valón o flamenco excepto su capital. Y más aún, en un alarde de genialidad estratégica, además se ha erigido como capital política, administrativa, gestora, etc. de la Unión Europea, todo un concepto político opuesto a los nacionalismos. No se ustedes, yo “flipo” con los peculiares modos en los que los seres humanos nos manifestamos y funcionamos. Pero olviden todas estas reflexiones en voz alta, serán cosas mías, rarezas de un ciudadano algo desengañado de según qué cosas. Volvamos al asunto. Íbamos por los periódicos en flamenco.

Uno de aquellos periódicos fue el Sportwereld, que apareció en 1912, fundado por un grupo de hombres emprendedores entre los que se encontraba Karel van Wijnendaele. Aquel personaje es fundamental para nuestra historia. Fue conocido como Carolus Ludovicius Steyaert (que es como nació), y Carel fue un apodo anglicista de su nombre; también como van Wijnendaele, que era el apellido que utilizaba para escribir (a la postre el más conocido); o incluso Marc Bolle, pseudónimo utilizado como ciclista y después agente de corredores. Esta persona mostró muchos paralelismos con la figura de Henri Desgrange: ambos empleados en varios trabajos, ciclistas, agentes de ciclistas, periodistas, fundadores de periódicos y con caracteres, al parecer, muy similares en más de un aspecto de sus marcadas personalidades. Y por último, ambos creadores de sendas carreras ciclistas míticas y aún vivas: el Tour de Francia y el Tour de Flandes.

Nacido en el seno de una familia de 15 hermanos cuya madre quedó tempranamente viuda, Wijnendaele tuvo una infancia realmente severa. Se fue buscando la vida por el itinerario que brevemente ya he comentado, y ya en el seno del periódico empezó a dirigirse hacia su idea. Su inclusión como socio fundador obedeció más a su trayectoria previa como reportero deportivo que a cuestiones de poderío económico. El periódico fue creciendo en frecuencia semanal hasta convertirse en diario. En 1913 Wijnendaele llegó al cargo de editor. El ciclismo le apasionaba, pero sentía que los flamencos tenían buenos corredores pero no una prueba propia a su altura (mientas que los valones ya celebraban la Lieja-Bastogne-Lieja).

Al final del siglo XIX el ciclismo belga era mísero, la gran actividad se desarrollaba en Francia y en GB. Era la época en la que las grandes marcas de fabricantes empezaban a profesionalizar a los mejores ciclistas amateur para que corrieran con sus productos. Pero en Bélgica los pocos fabricantes eran demasiado pequeños para ese juego. Un belga llamado Odile Defraye trabajaba como recadero de larga distancia en bicicleta. Fichó por el equipo Alcyon (fábrica que pasó de producir 3000 bicis en 1902 a 40.000 en 1909) y con él ganó un año más tarde la Milán-San Remo de 1913, pero su equipo no lo quería llevar al Tour de 1912 para contentar a la afición gala. Fue el importador belga Bonte quién convenció al dueño de la fábrica, Edmong Gentil, para que lo enrolase y así él pudiera vender más bicicletas en Bélgica. La condición fue que acudiera como gregario de Gustave Garrigou (en una época en que la colaboración entre co-equipieres estaba prohibida por el reglamento de la carrera). HD era muy de volver loco a todo el mundo con los constantes cambios del estricto reglamento. Hasta que él desapareció de la organización de la carrera (por enfermedad), ésta no autorizó el empleo de desviadores, aunque la edición de 1913 sí que permitió rueda libre. Defraye cumplió su cometido hasta que Garrigou falló, y después acabó ganando la carrera. Aquella victoria se cargó de simbolismo y supuso la primera victoria de un “Flandrian” en cualquier ámbito (deportivo o no), una suerte de levantamiento del deprimido norte contra el opresor sur (idiomas incluidos). El efecto se notó enseguida: de 125 licencias de corredores y 6 pistas en Flandes en 1907, se pasó a 4000 corredores y más de 40 pistas en 1912.

Así que Wijnendaele no se detuvo hasta conseguir que el diario lanzase la carrera, con su nombre actual y la ambición de recorrer todo Flandes en una larga prueba de una jornada. Algunas frases que anunciaron su creación en el periódico fueron: “Sportwereld da a Flandes su propia carrera. La Ronda: un producto de la gente flamenca y el suelo flamenco. Hay otras carreras, pero solo hay una Ronde van Vlaanderen”. Y estas fueron las palabras que su director dirigió a los participantes en la salida de la primera edición: “Bien, sed bravos, chicos belgas; sed bravos e irresistibles en la lucha contra los campeones extranjeros. Defended nuestro honor y reputación y cuando regreséis de las tierras del norte, os aclamaremos como os merecéis y oiréis miles de pechos hincharse y gritar: ¡Hooray, el belga campeón!”.

 
Wijnendaele con dos colaboradores durante un tempranero Tour de Flandes. (Imagen del diario Sportwereld del 12 de mayo de 1921. http://www.erfgoedbankleieschelde.be).

 
Retrato de Wijnendaele, firmando como Marc Bollé en uno de sus libros.

El fundador buscaba románticamente la irrupción del “Flandrien” como ciclista. No habiéndolo podido ser él mismo, no olvidaba la sensación que sus pupilos desataron en las pistas de los  EEUU, cuando se los llevó por allí de gira. Gente capaz no solo de digerir las demandas mentales y físicas extremas de los eventos de seis días en constante competición, sino además venciéndolos muy a menudo. 

En la primera edición de la Ronde salieron 37 ciclistas y llegaron a meta 6. Ganó Paul Deman tras 12h 03 minutos de esfuerzo con una media de 26,9 km/h. Este corredor había sido el primer “touriste-routier” en haber conseguido finalizar un Tour de Francia (1911) y posteriormente ganaría la Burdeos-París (1914) y la París-Roubaix (1920).

 
Paul Deman. (Imagen: montaje en Pez Cycling News).

La carrera fue creciendo en atención poco a poco, y quedó suspendida durante unos años coincidentes con la I Guerra Mundial. Nunca superó el número de cincuenta participantes antes de 1920. Y la cifra de 100 se sobrepasó por primera vez en 1931. Sin embargo, el reconocimiento internacional llegó en 1922 gracias a la presencia de los dos mejores hermanos Pélissier entre los 91 participantes que tomaron la salida. Ya entonces ambos eran verdaderas figuras internacionales, por lo que revalorizaron el evento, que por cierto no fueron capaces de ganar. A partir de entonces la presencia de extranjeros se fue incrementado y al año siguiente vendría la primera victoria foránea de la mano del suizo Heiri Suter.

Tras la muerte del último de los otros socios fundadores del periódico (Leon van den Haute, en 1931), Wijnendaele se convirtió en su único dueño. Pero demostró ser mejor patrón de carrera que de diario, pues pronto el segundo fue vendido. En los años 30 los corredores hacían del ciclismo su modo de vida y una vía de subsistencia profesional, cobrando y acumulando cuánto más mejor en dinero o especie. Los premios eran una posibilidad, pero las primas de salida en otras carreras menores también. Esto afectaba bastante a las rocambolescas tomas de decisión sobre en qué pruebas participar y en cuáles no.

En la edición de 1937 el evento estuvo a punto de morir de éxito. Movía ya tal cantidad de público que se formaban colapsos en las zonas más vistosas y repasadas por el itinerario, ya que la gente diseñaba estrategias con las que poder ver varias veces el paso de la carrera por diferentes puntos de acceso cercano. Aquello provocó auténticos atascos de tráfico y peligrosas masificaciones de viandantes. El director empezó a mover hilos buscando la ayuda oficial en forma de policía de tráfico, etc.

Durante la II Guerra Mundial, la prueba se celebró bajo la ocupación y el beneplácito alemanes. Esto facilitó ayuda logística, pero sembró cierto malestar entre gran parte de la nación por interpretar que hubo cierto “colaboracionismo”. No es algo que me interese analizar aquí. Supongo que el asunto es lo suficiente complejo como para que hasta los verdaderos historiadores discutan sobre ello en sus tesis e investigaciones. Recuerdo haber leído que Hergé, el creador de Tintín, también fue criticado por asuntos similares. Parte de la historia de Bélgica está salpicada de dudas, rencores, acusaciones, verdades y mentiras que han podido tener que ver con todo aquel asunto.

A caballo entre los años 30 y 40 hay dos corredores flamencos míticos de gran palmarés y cuyas carreras estuvieron bastante ligadas al Tour de Flandes. Me refiero a Rik van Steenbergen y a Briek Schotte. El primero de ellos debía de tener mucha clase y chispa, pero algunos lo tachan de excesivamente pesetero. El segundo alcanzó fama de duro y aguerrido, de sufridor y trabajador sin florituras, dándolo todo sin esconderse. En su victoria de 1942 llevaba un 49x17, que él mismo reconocería que una década después era ya un desarrollo de entrenamiento. Explicaba así el ambiente de su vida de corredor: “La Ronda antes y después de la guerra, era más atractiva y más espectacular que ahora. Las tácticas de equipo no existían entonces. Era cada cual por sí solo. Todos corríamos por los premios, y por las primas, que en aquellos tiempos eran la única fuente de ingresos del corredor. En mi primera Ronda gané 2000 francos. Y como tercero final conseguí 1.500. Como primero en la cumbre del Edelare, conseguí otros 500. Aquello era un buen montón de dinero en 1940. La hora laboral podría rondar los 4 francos. Y había muchos premios en juego. Recuerdo que un día mi madre me dijo donde lavaba mi ropa, ‘¿Tengo que esperar pasarme toda la vida con mis manos metidas en esta ciénaga?’, y yo dije, ‘Vamos, voy a conseguir una lavadora del Tour de Flandes’. Y lo hice”. Schotte en realidad es considerado por muchos aficionados de antaño, y por diversos autores especializados en el ciclismo belga, como el último verdadero ejemplo de “Flandrian” (León de Flandes), ciclista que representa los valores de un espíritu bravo, indómito, duro, generoso en el esfuerzo, que nunca se esconde… poco dado a las tácticas o estrategias ahorradoras o especulativas. Rik van Steenbergen no, su estilo era diferente, pero su palmarés superior. Espectacular, aunque claramente centrado en las carreras más importantes “de día” y en los velódromos. Veamos algunas pinceladas: victorias en 2 Tour de Flandes, 2 París-Roubaix, 2 Flechas Valonas, 1 Milán-San Remo, numerosas etapas en las tres grandes vueltas y… ¡3 campeonatos del mundo de ruta!. Esto último únicamente posible para ciclistas de una clase muy especial: Merckx, Freire, Binda y él mismo. En la Ronde tuvo días buenos y días en los que la mala fortuna o incluso los organizadores se pusieron algo en su contra. Quizás acaso por faltar a la cita en alguna ocasión, buscando mayor rentabilidad participativa en otra prueba coincidente. El caso es que fue un gran animador del evento, que ganó por primera vez en el 44 y aún disputó alcanzando el tercer puesto once años después.

 
Rik Van Steenbergen con sus amistades tras una victoria en una carrera. (Imagen de una colección particular publicada por Bonzo Junior en wielerarchiven.be).

 
Van Steenbergen y Schotee Juntos al final de uno de sus duelos en Flandes (Imagen: Arnold Seynnaeve).

Pero lo de Briek Schotte (“IronBriek”, “el último auténtico Flandrian”), es otra cosa, otra comunión especial con la afición local. De menor palmarés general (aunque dos veces campeón del mundo), su trayectoria deportiva estará eternamente ligada a la Ronde Van Vlandeeren, no solo por haberla ganado en dos ocasiones, sino por haber acabado dos veces segundo, cuatro veces tercero… en definitiva, por haber participado en ella en 20 ocasiones ininterrumpidamente, debiendo abandonar únicamente en cuatro de ellas, empezando en 1940 con tan solo 20 años de edad (el más joven de la historia) y acabando a sus 40 años (el mayor de todos). Además de fallecer, ya octogenario, un día en el que se celebraba la carrera. No es de extrañar por lo tanto, que en 1950 fuera nombrado Caballero de la Orden de Leopoldo II, honor que el creador de la Ronde, Karel van Wijnendaele, aún tuvo que esperar dos años más.

Peter Cossins[2] incluye en su libro una bonita aportación del periodista Albert Baker d’Isy sobre Schotte. Resulta que fue a visitarlo para una entrevista y se encontró con que el ciclista había salido a rodar con unos colegas de la vieja guardia. Primero hacia la costa para entrenar contra el viento, regresando después a casa a través del Kwaremont y el Kruisberg. Uno de los ciclistas que venían en el grupo le explico: “No esperes ver esto por mucho tiempo. Ya no hay más verdaderos ‘Flandriens’. Los jóvenes están demasiado estropeados. Fans, dinero que ganan fácilmente en las carreras ‘kermesse’, el creciente número de carreras en Bélgica, la devaluación del franco francés, la falta de restricciones en la vida como resultado del empleo, todo ello ha contribuido. Ya no entrenan más. Compiten. Y si es demasiado duro, abandonan”. La excepción de esa regla, según escribió el periodista era Schotte “El último de los Flandriens”. Según Pierre Chany: “Él es un ciclista concienzudo, fiero en la batalla, a veces lento para ponerse en marcha, pero terriblemente eficaz al final de las carreras. Puede tratar con el calor y el mal tiempo, cogiendo ventaja de su vida ascética y su compromiso con el entrenamiento. Finalmente, sabe cómo sufrir más que el resto. Muy estirado sobre la bicicleta, su cara cincelada a ras del manillar, su gorra azul calada hasta sus orejas, puede ser identificado desde lejos”.

 
Briek Schotte. (Imagen: Picture courtesy of the M. Decavel photo collection. Cycling Hall of Fame Photo Collection).

 
Schotte Con su mujer en el Cto. Mundo de 1940 (Imagen: archiefbank Vlaanderen).

En 33 ediciones de carrera, el Tour de Flandes había demostrado ser territorio belga. Tan solo una vez se les había escapado el triunfo con aquel suizo de 1923. Pero entonces llegó Fiorenzo Magni y trastocó todo, y rompió 26 años de tradición ininterrumpida. Y lo hizo con contundencia, sin fisuras, sin dejar lugar a dudas, porque quizás harto ya de pelear a la sombra de los grandes astros italianos Coppi y Bartali, o quizás buscando reconocimiento popular en una país lo suficientemente alejado de la historia, los rumores y las sospechas políticas del suyo, el caso es que lo dio todo y demostró dominar tan complicada, difícil y durísima carrera, metiendo en cintura al ciclismo belga en general y al flamenco en particular. ¡Ganó tres veces seguidas!. La primera al sprint. La segunda con dos minutos de ventaja. Y la tercera por cinco y medio, tras rodar en solitario los 75 últimos kilómetros del recorrido. Y Magni alcanzó su pedazo de gloria, su premio y el reconocimiento masivo de aquella población de aficionados locales que consintió en apodarlo “el León de Flandes”. “Nunca había estado en Bélgica. Pero había oído y leído en los periódicos que las carreteras eran malas. Así que pensé que sería una buena idea utilizar llantas de madera, que son menos rígidas que las tradicionales. Fue duro encontrar aquellas llantas pero me enteré de que Clément las producía. Entonces escogí un tipo especial de tubulares, más grandes y pesados que los normales. Y puse un acolchado de foam alrededor del manillar. Recuerdo un tiempo frío y terrible. ¡Estaba en mi elemento! Gracias a la Madre Naturaleza, el frío, el viento, la lluvia o los días nevados eran música para mis oídos. Lo mismo que con calor extremo”.

 
Magni entrando vencedor en el Tour de Flandes de 1951. (Imagen: l’Équipe; en “The Spring Classics”).

En el 51 la carrera dio otro paso en pos de la modernidad organizativa. Permitió mayor ayuda externa desde los coches, y accedió a autorizar y reconocer el trabajo de los equipos, algo que durante las últimas ediciones ya ocurría, aunque de forma disimulada ante la amenaza de la descalificación. En el 55 ya podían coger la bicicleta de un compañero en caso de avería. Un año más tarde se dejaba que el coche te diera una rueda inflada, y al final de la década las normas se adaptaron a las vigentes en la mayor parte de las carreras internacionales.

Tras Magni, fueron Win van Est, Louison Bobet y Jean Forestier los extranjeros que lograron la victoria en aquella década, y entre los belgas hay que destacar a Rik van Looy, quien a caballo entre los 50 y los 60, logró componer un palmarés “Monumental”, pues entre sus 400 victorias, hay que señalar dos campeonatos del mundo y haber sido el primer ciclista en la historia (y uno de los tres únicos) en haber vencido en los cinco Monumentos. La Ronde la ganó en dos ocasiones, en una época en la que los extranjeros lo intentaban con gran ahínco, como demostraron las victorias de Simpson, Altig, de Roo y Zandegú en la década de los 60. Precisamente en el 61, año de la victoria del británico, era la segunda vez de la historia en la que la prueba finalizaba sin ningún belga entre los tres primeros puestos, subiéndose al cajón. Eso es algo que únicamente ha ocurrido cinco veces en toda la historia de la carrera: los años 1951, 1961, 1981, 1997 y 2001. ¿Cuándo les habrá dolido más a los locales? No lo sé, pero aquella del 81 debió de resultar un mal trago al ver que el podio se colmaba de holandeses (los tres).

El creador de la carrera falleció en el 61, y su recuerdo pervive, entre otras cosas, gracias a un monumento que levantaron en su honor en lo alto del Kwaremont. Se erigió gracias a la colaboración entre su hijo Willem  y el terrateniente Barón Behaeghel. El primero flamenco, y el segundo francés emigrado a la Bélgica valona.

"Los dos hombres se encontraron en Casa Georgette, un bar en lo alto del Oude Kwaremont. Allí bebieron una cerveza y acordaron que un monumento podría ser erigido sobre la tierra, en el ascenso sur de la colina, que casualmente marca la frontera entre el Flandes flamenco parlante y la franco parlante Valonia. El acuerdo fue escrito sobre el reverso de un posavasos y firmado”.[3]

A finales de los años 60 y durante los 70 el ciclismo se convirtió en el reinado de Eddy Merckx. Lo ganaba todo, tanto en grandes Vueltas, como en carreras de día, clásicas y especialmente Monumentos. Sin embargo, casi podríamos decir que el Tour de Flandes se le atragantó porque “solo” lo ganó en dos ocasiones de once intentos. El Monumento que menos veces ha ganado (las mismas que el Giro de Lombardía, pero habiendo participado menos veces en la clásica italiana). La razón principal resulta de la integración de varios factores: la dificultad intrínseca de la carrera, la abundante competencia especializada y, sobre todo, el férreo, celoso, estrecho y exagerado marcaje al que siempre era sometido allí por todo el resto del pelotón. Hay que entender que a lo largo de la historia de esta carrera, en numerosas ocasiones, la abundancia de presencia belga ha sido una contrapartida para ellos mismos, metidos en cruentas batallas originadas por las rencillas y celos propios. El mismo Merckx no ha sido ajeno a ellos, ni para sufrirlos, ni para provocarlos. De hecho, sus dos únicas victorias se basaron en una superioridad brutal, únicamente propia de él. La primera atacando sin parar hasta quedarse solo a 70 km del final y acabar sacando cinco minutos y medio al siguiente (Gimondi). La otra, varios años después, tirando a tope durante 100 km en los que llevó a rueda a un único superviviente (Frans Verbeeck), metiendo también más de cinco minutos al resto. El gran perdedor de la época fue Freddy Maertens, que disputó muchas veces la carrera, casi siempre con opciones, en su hogar, pero nunca consiguió ganarla, ya fuera por descalificación, guerras intestinas, etc. A su costa “encontraron oro” Roger de Vlaemink y Eric Leman, entre otros. Lo de Leman es de nota, ya que casi podríamos decir que la Ronde es “su” carrera, pues el resto de su palmarés no resulta demasiado amplio ni tan brillante. Este flamenco enlazó tres merecidas victorias casi seguidas, y el único hueco entre ellas fue un año que tuvo que renunciar a participar ante la muerte de su mujer, en accidente de coche, una semana antes de la prueba. Es otro de los reyes de la carrera con sus tres primeros puestos. Además, su estilo de pedaleo, su escueta vestimenta (sin guantes, sin fundas de zapatillas y sin doble maillot) y su manifiesta dureza, hacían de él una nueva representación del romántico arquetipo de ciclista flamenco.

 
Montaje con imágenes de Eric Leman.

De Merckx puede decirse una cosa más: era de y como Bruselas. Ni flamenco ni valón, ambas cosas a la vez. Por ascendencia, idioma, apellido, nombre o diminutivo, etc. claramente representaba el éxito del ciclismo belga, sin que ninguna de las dos “nacionalidades” sintiera poder tener más derecho que la otra para apropiarse de su figura o renunciar a ella. Hasta para estos pequeños detalles el destino es, en ocasiones, caprichoso.

En las últimas épocas varios belgas han pugnado por hacerse los reyes de la clásica. Dos han estado ahí y han podido serlo pero la fortuna les ha dejado en aspirantes: Edwig van Hooydonck la ha ganado dos veces y unas cuantas más ha estado cumpliendo con el rol de tren “expreso”, rodando a fuego en el vano intento de anular alguna cercana escapada. Peter van Petegem también la ha conquistado dos veces, un número que parece quedarse corto ante su especialización en esta carrera que, junto con una Paris-Roubaix, representa la joya de su palmarés. A cambio, otros dos sí que se han posicionando en lo más alto del cuadro de honor de la misma, con sus respectivas tres victorias. Johan Museeuw la ganó tres veces, y lo que le separó de ser el hombre de la misma (una cuarta victoria) es difícil de medir en unidades de longitud, porque ni la foto finish de su llegada junto a Bugno en 1994, sirve de mucho para aclarar quién de los dos ganó. Oficialmente el italiano, aunque el asunto sigue siendo aún discutido por los alrededores de Oudenaarde. En cualquier caso, el ciclismo es así… en ocasiones incomprensible, pues si esa llegada se volviera a repetir cien veces en las mismas condiciones, el belga ganaría las cien. Pero el día que contaba fue aquel en el que el italiano se la jugó y Museeuw no acertó a reaccionar a tiempo. Fue un error, y él lo sabe. Por su parte, Tom (Tommeke para sus amigos) Boonen quizás pudo ser el rey definitivo de la historia del Tour de Flandes. Pero la fuerza y la clase no lo son todo. La cabeza, el estilo de vida y la entereza deportiva y vital también cuentan. Entre sus dos primeras victorias consecutivas y la tercera, hay un hueco de cinco años que el corredor llenó de escándalos, consumos poco saludables y un evidente desvío comportamental que pagó caro. Una pena, de no haber fallado en eso, nadie duda de que parecía el más serio candidato a haberse destacado sobre todos los demás en cuanto a acumulación de victorias. Eso sí, el hombretón nos ha regalado momentos espectaculares  de poderío sobre los pedales, y una pugna salvaje con “Espartacus” Cacellara, a la postre otro más que se añade a la lista de tricampeones. Cancellara, pese a ser suizo, ha ofrecido unas victorias tan espectaculares y con tales demostraciones de ”motor” en los duros repechos finales, que ha acabado cautivando y haciéndose rendir al público local, que lo adora. Y también él pudo acabar convertido definitivamente en el gran emperador de Flandes (el rey León) si no llega a ser porque en su última tentativa, fue el prodigioso y espectacular Sagan (reconozco que siento debilidad por este corredor) quien se lo impidió.

El Tour de Flandes es famoso por sus Bergs o Monts. Es decir, por las empinadas y cortas ascensiones a las colinas. También es reconocido por sus carreteras de adoquines, las cuales en realidad son pocas y ni mucho menos tan agresivas como las de las inmediaciones de Roubaix. En realidad en la Ronde, lo que visualiza mentalmente el aficionado cuando evoca la prueba, es la combinación de ambas cosas: los muros y los adoquines. La mayor proliferación de muros se concentra en el arco sur de Oudenaarde, donde mayor cantidad de público se concentra, tanto para poder ver varias ascensiones, como porque muchas de ellas se repiten en carrera y porque se sitúan cerca del desenlace final. En el origen apenas hubo muros, aparecieron por primera vez en 1919 con el Tiegemberg y el Kwaremont, pero fueron las únicas cotas hasta 1930 (aunque un año se sumó otra más). Fue a partir de 1947 cuando la prueba pasó de ser siempre cambiante a mantener un patrón de itinerario más bien permanente o similar año tras año. Pero fue varias décadas más tarde cuando los organizadores empezaron a tener que esforzarse en buscar nuevos retos en forma de muros, a ser posible, cubiertos aún de adoquines. El problema era el mismo que tuvieron en la Paris-Roubaix y que incluso también apareció en las Strade Bianche toscanas: que la fiebre del asfaltado empezó a amenazar a todo tramo de carretera europea por muy estrecha, práctica y recóndita que fuera. En el caso de Flandes, tras errores, asfaltados, rehabilitaciones correctas, etc. el problema se acabó solucionando considerando a gran parte de ellos como patrimonio cultural de la nación. Gozando de un equipo de trabajo que se encarga de preservarlos, instalarlos drenajes debajo, etc. son conscientes de que sin muros no hay carrera, porque ésta perdería completamente su esencia.

Muros hay muchos. Más o menos difíciles, duros o complicados, pero algunos son más famosos que otros. El Kwaremont lo es por méritos propios y por su larga trayectoria histórica. En palabras del doble ganador Peter van Petegem: “Los nervios, codos y hombros están a la orden del día para asegurar la mejor posición al frente. Realmente necesitas ser un asqueroso bastardo y conservar tu posición, pero no tengo problema con eso: ¡tengo agallas![…] Es muy importante estar en las dos primeras filas para conseguir la posición correcta. Además, es importante porque a partir de ese momento, las colinas aparecen de forma regular en la carrera. Directamente después del Oude Kwaremont está el empinado Paterberg, un aún más pendiente Koppenberg, el Steenbeekdries, el Taaienberg. No hay casi tiempo para recuperar tu respiración. Si tienes que dar caza desde el pie del Oude Kwaremont, ya estás perdido”.

Precisamente el Paterberg no apareció hasta 1986. Ni en la carrera, ni en la orografía. De hecho, fue una carretera laboriosamente trazada por un granjero en sus terrenos, con la intención de que la Ronde pasara por su casa, como ya lo hacía por la de alguno de sus vecinos. Tardó un año y medio en construirlo, pero una vez acabado consiguió que la prueba lo utilizara y que el condado lo adoquinase.

Coronando el Paterberg en mi primera visita a los muros de Flandes hace unos años.

De todos los muros, el más polémico sin duda alguna ha sido el Koppenberg. Debutó en 1976, hasta que fue evitado a partir de 1987 a raíz del mediático incidente sufrido por Skibby cuando fue pasado por encima por el coche del comisario, y el público acabó revelándose con notorios incidentes en la meta. Regresó reparado en el 2002 e fue ignorado de nuevo en el 2007. Finalmente ha sido recuperado (parece que definitivamente desde 2008). Entre los ciclistas más famosos, su principal detractor fue Bernard Hinault, quien prometió no regresar jamás a la carrera. Por su lado Roger de Vlaeminck o Walter Planckaert, lo consideran imprescindible, pieza fundamental del Tour de Flandes.

Una de las habituales montoneras del Koppenberg. (Imagen: Cor Vos en Pez Cycling).

Cancellara revalorizó el Molemberg con su ataque brutal sobre Boonen en 2010. Y en el siglo XXI el Kappel-Muur ha cobrado un especial protagonismo por su dureza, su panorámica vista aérea y su proximidad a la línea de meta. Fue por ejemplo el escenario del mano a mano, el duelo de titanes, entre los héroes locales Peter van Petegen y Frank Vandenbroucke en el 2003.

Pero los muros, visto en perspectiva temporal, han sido un asunto cambiante en la historia de la carrera. La imagen subconsciente del aficionado va mutando despacito, tan lentamente que en realidad el público no suele notar los cambios, pero el hecho es que los principales atributos del recorrido, no siempre fueron los mismos. En los primeros tiempos no había muros. El trazado era durísimo por el clima y sobre todo porque toda la primera parte de la carrera discurría por la costa del mar del norte, durante kilómetros y kilómetros de adoquines y con el terrible viento. Frontal o lateral, pero siempre soplando con ímpetu y forzando a componer abanicos. Años más tarde, la dureza quedaba representada por la combinación de muros con su pavimento de adoquines. Pero con el tiempo el kilometraje no asfaltado se ha ido reduciendo vertiginosamente, mientras que la dureza se ha compensado sumando más y más “paredes” que remontar. En 1998, tan solo se recorrieron 13,7 km de adoquinado. Pero lo dicho, con una buena combinación de ingredientes, la esencia permanece y el mito viviente de la Ronde no solo sigue latiendo, sino que últimamente parece estar creciendo de nuevo en popularidad internacional.

Y precisamente por ello, son muchos los practicantes del ciclismo deportivo los que desean vivir una experiencia lo más parecida al Tour de Flandes, lo cual, como tantas otras cosas hoy en día, implica una peregrinación hacia allí. Más bien un viaje. Uno de esos tan en boga en la actualidad, y que combinan el turismo con el deporte y con la presencia del fan en el lugar de los hechos. Para ello, ahora mismo existen varias posibilidades en función del gusto de cada cual. Voy a explicar tres de ellas, bastante diferentes entre sí, y que por ello, quizás, puedan contentar a mucha gente, cada cual decantándose por la que más encaje en su particular visión del ocio ciclista.

Una de ellas es viajar y conocer aquel territorio, y el trazado por el que circula (con diferentes variantes) la Ronde Van Vlaanderen. Esta opción permite pasar allí unos días y diseñar diferentes bucles en cada jornada. Según el kilometraje seleccionado, el visitante tendrá más o menos tiempo de tomar fotografías, visitar museos (por ejemplo el Centrum Ronde Van Vlaanderem – CRVV en Oudenaarde, completamente dedicado a la célebre carrera), puntos de interés o tomarse su tiempo para la merecida visita de algunas localidades (Gante y Brujas desde luego). Puede hacerse en plan “de corredor”, con ducha y pernocta siempre en el mismo lugar, o incluso como viajero itinerante de alforjas, ya que la zona está plagada de vías ciclables turísticas que, desde allí, conectan con muchos puntos de Europa. En cualquiera de los casos, los organismos de la comarca ponen a disposición de los visitantes itinerarios ya diseñados y marcados que discurren por los mismos sitios que la prueba y permiten disfrutar, o sufrir, los bergs, monts o muurs.

Otra opción, la más mayoritaria desde el punto de vista de concentración ciclista puntual (ignoro si contando todos los cicloturistas que viajan expresamente a la comarca en el transcurso de un año la cifra sería mayor), es inscribirse en la Ronde van Vlaanderen cicloturista que, con una oferta de tres distancias de recorrido diferentes, se celebra anualmente el sábado víspera de la carrera, es decir, el primer sábado de abril. La carambola permite aprovechar el fin de semana para participar en la marcha, vivir la juerga y el ambiente de la tarde-noche de víspera y alucinar con el tumulto de la afición viendo la carrera profesional al día siguiente. Ver, no sé si se podrá llegar a ver algo, pero el “efecto: yo estuve allí”, tan sobrevalorado actualmente, te lo llevas contigo. Eso sí, quien se anime a este plan debe prever lo que allí se encontrará: unos 16.000 participantes en la marcha y… un aún mucho más elevado elevado número de público durante la carrera.

Yo en realidad no he hecho ninguna de las dos cosas. Bueno, en realidad la primera sí, pero en plan: pasaba por allí con unos amigos italianos y, “calentando” para una París-Roubaix turística de diseño propio, el día anterior nos hicimos una “tourné” por algunos de los muros más famosos de la carrera.
Lo que si he vivido, y se lo recomiendo encarecidamente a todos aquellos lectores que me siguen por su afición al ciclismo clásico o retro, es participar en la Retro Ronde, que oficialmente es la marcha cicloturista retro del Tour de Flandes. Está bien organizada, ofrece un trazado completamente coincidente con gran parte de la carrera (incluyendo muchos de sus míticos muros), y tiene un buen número de participantes, que no alcanza una cifra que pudiera llegar a molestar. El día anterior ofrecen una ruta corta para conocer algunos muros famosos por los que no se pasa el día de la prueba. Por la tarde hay entretenimiento en forma de critériums retro en la plaza de Oudenaarde. Y en general se vive un ambiente pleno de lo que es el monumento. Para mí, aquella participación fue de lo más intenso. Disfruté muchísimo y empecé a entender, mucho mejor y de primera mano, lo que en realidad es el Tour de Flandes. Una muesca que no debería faltar en el cuadro de la bicicleta de cualquier verdadero aficionado al ciclismo de siempre. El único problema es que después de diez ediciones consecutivas, por razones que desconozco, en el 2017 no se va a celebrar. La organización la mantiene anunciada para 2018, pero… ya veremos. Imagino que dependerá de la evolución que experimenten las causas del descanso de este año.

 
Retrato de los amigos que coincidimos en la Retro Ronde. Poso junto a Javier (en el centro, un fijo en cualquier plan retro que surja) y Martín (a la derecha, lamentablemente una ausencia habitual que echamos mucho de menos).

Por otro lado, sin pretender (ni muchísimo menos) sustituir las experiencias descritas por algo local y alejado geográficamente de Flandes, este año tomé la decisión de organizar una quedada para “jugar al Tour de Flandes”. Pero no para hacerlo a las chapas, como cuando éramos chavales, sino sobre nuestras bicicletas, diseñando un recorrido circular (en bucles para ser más exactos) por un terreno que, en cierta medida, se pareciera al de allí, e incluyera características ciclistas muy similares (principalmente muros). Y así nació la idea de “La Monumental”, una cita informal que pretende organizar, cerca de casa, un homenaje anual a cada uno de los Monumentos del ciclismo. Dentro de cinco años sabremos si lo habremos conseguido o no, y entonces ya veremos… si se continúa con ello, se zanja la cuestión o evoluciona. Lo que si tenía claro cuando se me ocurrió la idea es que el primer tributo se lo rendiríamos al Tour de Flandes. Varias razones lo justificaban: es por la que más fascinación he sentido siempre, la que mejor conozco, una de las dos con las que (por el momento) siento mayor vinculación emocional, y la que más fácilmente puede “replicarse” pedaleando desde mi casa.

Por supuesto se trataba de una cita abierta a la participación de amigos y simpatizantes, con el único requisito de que se rodara sobre bicicletas retro y con ropa clásica (por tipo de tejido o por equipo al que replica). La idea era organizar algo que fuera más allá de una simple ruta entre amigos, y para ello se me ocurrió que la ruta, aún siendo un paseo en camaradería, incluyera unas breves porciones competitivas coincidentes con los “muros replicantes”. No tomaríamos tiempos, pero si se asignarían puntos de cara a batirse el cobre por la honra deportiva, y por un modesto y rústico trofeo que se llevaría el ganador final. Además, después me encargaría de dar de comer a los participantes (siempre somos muy pocos), y a los cafés, nos veríamos un breve documental casero sobre el Monumento de verdad.

Total que el domingo dos de abril, se celebraron dos “Rondes”, una en Flandes y otra en Galizano. Para la nuestra esperábamos 9 ciclistas. Muy pocos para la vivencia que se adivinaba, pero eso es algo que ya dejó de extrañarme hace tiempo. Si llega a ser una actividad de pago, mucho más anodina y sin nada especialmente destacable, pero publicitada de alguna otra manera, acudiría mucha más gente, pero ese “formato” es algo que no me interesa en absoluto. Pero la cifra aún se vio mermada por el clima y las cambiantes agendas de algunos aspirantes, con lo cual acabamos tomando parte cinco aguerridos ciclistas retro en una mañana que se presentaba como bastante infernal en cuestiones climáticas. Todas las monturas eran clásicas y de producción nacional: BH, Orbea, Zeleris, Razesa y Saritu, algo que sugiere que cuando se anticipa que las cosas van a ponerse feas, serias o rudas, o todo a la vez, somos muchos los que acabamos recurriendo a las garantías de robustez y funcionamiento a prueba de bombas, pese al hándicap del peso y la filigrana del diseño. Tres disponíamos de triple plato, los otros dos… a puro huevo. Entre las vestimentas hubo prendas de punto independientes y réplicas de La Vie Claire, Brooklyn o el equipo nacional belga. Y se partió con el suelo empapado pero sin llover: una ilusión, porque a lo largo de la mañana sólo estuvo sin llover el tiempo inicial necesario para confiarnos, y algunos ratos más cada cierto tiempo, aparentemente dispuestos para permitirnos secarnos lo justo antes de descargarnos nuevas trombas que nos volvieran a empapar sobre un estado de ilusión casi seca. Sin embargo tengo que declarar que aunque me confieso un ciclista que huye de las jornadas lluviosas, y al que desagrada practicar el ciclismo de carretera en condiciones de lluvia, aquella mañana disfruté. Y lo hice sufriendo las inclemencias, primero del viento, después de la lluvia  y en algún momento del frio en los pies. Pero es que al integrar todas aquellas sensaciones con el paisaje norteño y rural, el mar bravío (que lo estaba verdaderamente), los muros pindios, los asfaltos rugosos y maltratados y el ambiente de clásica de primavera, el resultado me fue “prestando” tanto (como dicen mis vecinos asturianos), que sentí en todo momento que volvía ser un niño grande, jugando de verdad al Tour de Flandes.

El trazado estaba diseñado al detalle. Carreteras muy secundarias, muy estrechas y de firme muy cambiante. Tramos buenos, tramos llenos de boquetes, kilómetros rugosos, otros bacheados, algunos con musgo, otros de hormigón y en general muy poco con arcén o líneas laterales. Tal y como yo recuerdo las carreteras de más “chichi” en el trazado belga. Y además, algunas rectas (pocas), muchas curvas de todo tipo y numerosos giros en ángulo de 90º o incluso mucho más agudos (otra característica habitual por aquellas lejanas tierras). Podríamos describir la ruta en tres sectores. Tres “tercios” si nos apetece hacer juegos de palabras con la temática histórica sobre Flandes. El primero era costero, cercano al mar, rodando por llanuras de prados abiertos y a la vista del océano. En el únicamente se colocaron tres muros. Uno cortito pero violento, otro más largo y de rodadores y otro muy duro para cerrar la parte más marítima. La gente entró al trapo con nobleza y varios de ellos se disputaron al sprint.

 
Tramo final del primer “berg”. A un kilómetro de la salida y en la costa. Cortito pero violento, con firme de hormigón. Verdadero calentamiento. La foto está tomada al día siguiente, al atardecer de una jornada soleada.

El segundo sector resultó el más largo en kilometraje, aunque no presentaba gran dureza hasta su final. Incluía seis cotas puntuables, más bien tirando a largas que a empinadas, aunque las dos últimas sí que eran duras, especialmente la penúltima que tras una ascensión exigente de casi dos kilómetros, remataba con un paredón terrible de hormigón rayado. Precisamente allí se produjeron los primeros desmontes por falta de desarrollo o de fuelle (según los casos). Precisamente hay que resaltar que las rampas más empinadas tenían el agravante añadido de que a causa del agua y de las peculiares características de las carreteras, levantarse sobre los pedales resultaba muchas veces imposible porque las ruedas traseras perdían completamente su capacidad de tracción. Aquello causó doble perjuicio a los que solo disfrutaban de un par de platos en su movimiento central.

Se rodaba despacio en los llanos y con muchísima precaución en los descensos, que realmente se presentaban como delicados y peligrosos. El barro, el verdín y los excrementos del ganado, no alentaban a las prisas esa lluviosa mañana. Si a eso le sumamos la constante sucesión de rampas violentas, lo de preguntar por las velocidades medias, parece una grosería totalmente fuera de lugar. Además, nos detuvimos un rato para mostrar a nuestros amigos las rústicas y bellas instalaciones de un museo de la campana que regenta un amigo de varios de los que pedaleábamos aquella mañana. No dimos con el campanero, pero si pudimos ver parte de aquello y abrir boca para una futura visita. Así que entre unas cosas y otras, la ruta se nos fue dilatando bastante en el tiempo.

 
Primeras “caminatas” para algunos en el durísimo muro final del anteúltimo ascenso del segundo sector.

 
Aquí finalizaba el segundo sector. Pablo de la Vie Claire y Javier del Brooklyn.

Total que acometimos con el tiempo ya bastante justo el último sector, aquel que tal y como ocurre con la Ronde, acumula los muros más exigentes en una pequeña área geográfica, una única “sierra” y muy cerquita de la localidad de meta. El sector se fue cobrando algunas víctimas. Primero por fatiga general y dos muros más tarde por quejas de una rodilla. Pero otros siguieron rindiendo cuentas ante la propuesta e incluso generando espectáculo deportivo, porque en lo que respecta al duelo agonístico, la jornada quedó en cosa de dos, un hermoso mano a mano entre Javier y Jesús. El primero había cumulado muchos puntos en la primera mitad de la prueba, basándose sobre todo en su chispa final de velocidad en casi cualquier condición. Las horas de velódromo se dejaban entrever en sus movimientos. El segundo nos demostró ser más bien un ciclista de largo recorrido, sufrido sobre su duro desarrollo, luchando la carta de imponer un ritmo duro a lo largo de cada repecho. Tuve la suerte de poder ver casi cada llegada, y la verdad es que disfruté con el espectáculo, nada alejado de lo que había previsto cuando diseñé ese formato. No me arrepiento de nada. Jesús tenía a favor el conocimiento del terreno y la edad, por su lado Javier la ventaja del triple plato y sus kilómetros de entrenamiento ciclista. Pero no es cosa de buscar preferencias por uno u otro, sino de alabar su juego, su interés y su sacrificio. Los muros finales, ya muy cerca del destino, fueron los que mostraban un aspecto más cercano al de los originales belgas, emocionaba ascenderlos y trabajarlos en aquellas condiciones, ese señalado día y con todo el simbolismo añadido que nos habíamos montado. Aun así, finalmente despreciamos dos por cuestiones de logística: teníamos a un voluntario esperándonos, atendiendo una chimenea y se nos estaba haciendo demasiado tarde. En definitiva,  que aunque el kilometraje no se vio demasiado reducido, lo formaron 13 muros en vez de los 15 programados. Algo que quedó claro que no le importó a nadie.

 
Espectacular y duro muro del último sector. Hay que imaginárselo bañado en agua.

Una vez de regreso, fuimos rápidos en cuestiones de duchas, secados o cambios de ropa. Y nos instalamos en un enorme salón casi medieval, dentro de una casona montañesa familiar, para disfrutar de la comida ante una chimenea. El joven voluntario compartió la mesa con nosotros, así como uno de los finalmente fallidos participantes, que se acercó a la sobremesa. Comimos patatas al estilo de olla ferroviaria pero sin tropiezos animales (concesión a otro compañero, ausente de última hora, de costumbres vegetarianas). Y de postre un contundente arroz con leche (de la buena, ordeñada de vacas locales) casi casi en homenaje a Vicente Blanco “El Cojo”. Todo ello regado ¡cómo no! Con abundante cerveza belga tostada. Tras el café se hizo entrega de un modesto y rústico trofeo a Javier como ganador oficial del evento y proyectamos un breve documental sobre la historia del Tour de Flandes. Tras ello, gracias a las conexiones contemporáneas de Carlos, atendimos al desenlace final de la clásica real que estábamos homenajeando. Con caída de Sagan en espectacular persecución y merecida victoria de un Philippe Gilbert que llevaba escapado unos 50 km. ¡Un valón a añadir en el palmarés!.

 
El trofeo.

Carlos, Pablo, Jesús, Javier y un servidor, jugamos por un día al Tour de Flandes. Y lo pasamos francamente bien. Y nos mojamos y nos tuvimos que aplicar tanto en el perverso recorrido que podremos contarlo por ahí en muchas futuras ocasiones. Esa jornada, a buen seguro que formará ya parte de nuestra propia leyenda. Visto de modo retrospectivo, en realidad, lo que hicimos fue desempeñar el papel de auténticos “Flandrien”, solos en unas carreteras perdidas, agresivas y rudas, con una lluvia incesante y una eterna sucesión de pendientes irracionales, cabalgando sobre unas bicicletas de hierro y ataviados con unos colores pasados de moda. Quiero despedirme dando fe de que el comportamiento de todos nosotros estuvo a la altura de lo que se les suponía a aquellos corredores, el darlo todo hasta agotarse, el superar las dificultades (de clima, de perfil, de fatiga, de material…) y el ser generosos acudiendo a la cita y poniendo sobre la bicicleta el carácter y las ganas que la ocasión requería. Toda una fortuna el poder contar con compañeros de ruta hechos de esta pasta.


[1]PIERRE CALLEWAERT: “The Diabolical Ronde”. En: VARIOS: “The Spring Classics. Cycling’s Greatest One-Day Races”. Velo-Press. Boulder, 2010.
[2] PETER COSSINS: “The Monuments. The grit and the glory of cycling’s greatest one-day races”. Bloomsbury. London, 2014.
[3] LES WOODLAND: “Tour of Flandes. The rocky roads of the Ronde van Vlaanderen. TheinsideStory”. McGann. CherokeeVillage, Arkansas, 2009. [Además de esta cita, gran parte de la información recogida en este artículo está basada en este libro].