sábado, 15 de julio de 2017

13. FLOTA (I)



Finalizada la temporada pasada, tras un largo verano generoso en actividades y con ganas de re-equilibrar mi balanza deportiva habitual, reduciendo algo el desempeño ciclista para repartirlo entre las otras modalidades que practico, decidí acometer el nuevo año otorgando un especial protagonismo al piragüismo. Tenía ganas de participar en alguna competición (por pura curiosidad) e incluso conocer, y si fuera posible aprender, una técnica decente de remada. Para ello contacté con un par de viejos conocidos que me abrieron las puertas del Club Cantabria Multisport. Se trata de una asociación modesta, algo desheredada del apoyo institucional, muy familiar y sencilla. Su estructura proviene de la fusión de dos entidades: el Cantabria Multisport, que 20 años antes fundara Fermín Rodríguez para dar cuerpo a su actividad cuadriatleta y a aquella aventura en Ibiza, de la que ya di cuenta en algún pasado capítulo; y el club de piragüismo en el que desempeñaba su labor de promoción la familia Calderón. Ahora el club mantiene las dos líneas, la multideportiva de forma mucho más individualista, sin demasiado contacto social entre sus deportistas, y la piragüista en un ambiente amigable con un nutrido grupo de niños y adultos, amplio calendario de competiciones y estabilidad en los entrenamientos semanales durante todo el año. A esta segunda “sección” es a la que me uní en noviembre, una vez tramitada mi licencia federativa.

Aunque llevo casi tres décadas remando en kayaks, jamás lo había hecho en actividad competitiva y tampoco supervisado por experto técnico alguno. Así pues, mi dominio entraba dentro de la técnica turística y exploradora, con embarcaciones de mucha estabilidad y un gesto tranquilo, de palada muy amplia, sin apenas trabajo de rotación de tronco y mucha utilización de paladas circulares para compensar la ausencia de timón y por la necesidad de esquivar obstáculos. Nada que ver con cómo se rema en competición de aguas tranquilas. Por tanto, la nueva temporada me deparó una inmersión radical en un mundo casi completamente nuevo para mí, francamente difícil, en ocasiones descorazonador y en el que me vi obligado a romper muchos de mis esquemas motrices previos. De alguna manera quiero relatar tal experiencia, aunque de forma resumida, y para ello utilizaré un par de capítulos planteados desde dos perspectivas diferentes. La primera, esta, a través de un repaso de los diferentes tipos de kayaks que he llegado a utilizar a lo largo de lo que llevo de temporada. La segunda, en otra ocasión, recopilando todas las regatas en las que he tomado parte. Así pues, vamos allá con el asunto de los barcos.

Struer es un nombre propio que todo practicante de piragüismo conoce. En realidad se trata de un fabricante, lo que pasa es que su modelo de iniciación competitiva tuvo tanto éxito hace décadas, y fue tan copiado por el resto de productores, que el modelo superó al creador, y la práctica totalidad de la comunidad del piragüismo llama “Struer” a un tipo concreto de embarcación, sea de la marca que sea. Se trata de un kayak con las especificaciones de longitud de los K1 de competición, es decir 5,20 m de eslora. Por lo general va provista de timón trasero oscilante. Lo que la hace tan popular es que es más ancha que las de competición y su casco es muy plano, gracias a lo cual ofrece mucha estabilidad. Hago aquí un paréntesis necesario: la sensación de estabilidad brilla por su ausencia para el novato, pero en poco tiempo la gente se hace con su manejo y, al cabo de pocas sesiones, hasta puede gobernarla con seguridad en corrientes, algo de oleaje, etc. Es pues un barco de iniciación, no de iniciación turística, sino competitiva. Ambos son dos mundos completamente diferenciados y el comportamiento de los barcos así lo demuestran. Esto es algo que debería quedarle claro al lector a partir de aquí, ya que en este capítulo, cuando me refiera a barcos estables, no lo serán tanto, ni mucho menos, para el piragüista ocasional o recreativo, mientras que si me refiero a embarcaciones algo inestables, tal calificación le parecerá una broma al deportista especializado y con años de experiencia competitiva. Ahí me quedo, en la mitad, supongo que sin posibilidad de contentar a nadie.

Mi primera piragua propia, hace casi 30 años, fue precisamente una “Struer” que aún conservo pero que no utilizo desde hace décadas. Al poco de adquirirla me di cuenta del error: no era lo que buscaba. Pretendía un kayak que me sirviera casi para cualquier condición de mar, segura, con capacidad de carga, insumergible gracias a sus compartimentos estancos, etc. Y aquel era un modelo demasiado inestable para un novato en la bahía, sin complementos para dar servicio de carga o turismo, etc. Tras algunos vuelcos eventuales, llegué a hacerme a su utilización, incluso a aventurarme cada vez más, pero siempre consciente de que aquello no era lo pretendido, y al cabo de unos años, me compré un estupendo kayak de mar, con el que estoy encantado. Sin timón, muy estable, muy equipado y… que navega prácticamente igual de rápido que la “Struer”. De todas formas la Struer cumplió con su función de “escuela” y años después he vuelto a utilizarla cuando tenía invitados para dar algún paseo en kayak.

 
Mi “Struer”, comprada nueva hace 29 años. Fabricada por Iberia en Zaragoza. Si le aplicásemos la “normativa” ciclista, sería un kayak “retro”.

 
Vista frontal de la Struer. En la bañera (que es ancha) se aprecia como hay varios centímetros de manga extra hacia el exterior, y cómo la cubierta posterior incluso amplía la manga un poco. No vemos el casco, pero es muy plano.

El caso es que ya en pleno invierno, mi primer día de entrenamiento con mi nuevo club, se desarrolló a bordo de una Struer. Al principio noté extrañeza y ese característico tembleque que la piragua sufre infringido por los nervios, la aprensión o el temor de quien la maneja. Pero al cabo de los minutos la inseguridad se evadió, los recuerdos afloraron y el paseo ¡nocturno! por la ría, se convirtió en una experiencia de lo más agradable. Mi paso por la Struer ha sido francamente breve esta temporada, ya que no volví a utilizarla para entrenar y tan sólo me embarqué en ella en una regata en la que el resto de embarcaciones aptas para mí a aquellas alturas del año, estaban ocupadas por otros.

 
A bordo de la “Struer” del club en una de las regatas invernales de la Liga regional. Embalse del río Nansa cerca de Puentenansa. (Imagen: fotoyos.blogspot).

Como mi “entrenador” me vio con soltura suficiente, las siguientes sesiones las realicé a bordo de un modelo llamado Wild River. Se trata de una “Struer” modificada, de forma que su manga se ve reducida a lo largo de todo el sector que ocupa la bañera. Es como si desde un poco antes de que empiece la bañera, hasta un poco más atrás de su final, las líneas laterales del casco fueran rectas, en vez de dibujar el arco correspondiente. El resultado es un barco de similares características, con un poco menos de margen de estabilidad, a cambio de algo más de velocidad al tener que “arrastrar” menos volumen de casco. Aunque las primeras sensaciones fueron de renovado nerviosismo e inseguridad, no tardé en adaptarme a un barco que acabó convertido en mi herramienta más habitual de trabajo a lo largo de todo el invierno. Con él he entrenado en los días más fríos, he competido en la mayoría de mis primeras regatas y en él he llegado a sentirme más que seguro. Puedo navegar con olas evidentes y fuerte viento sin problemas, pero a cambio, con una gama de velocidad bastante lenta.

 
Sobre la “Wild River” en Unquera. (Imagen: fotoyos.blogspot.com)

Los siguientes pasos dados en mi progresión hacia barcos más rápidos o competitivos, fueron sobre lo que se denominan Surf-ski, que son kayaks diseñados para regatas en mar abierto. Por lo general son barcos bastante más largos que los K1 (5,50 m aproximadamente) y con timón de orza, de esos que aparecen bajo el caso, casi medio metro por delante de la popa. Son además barcos diseñados para que no se hundan en caso de vuelco porque están total o parcialmente cerrados.

El primero que utilicé fue un modelo Denia de Polledo. En este caso tiene bañera, pero sendas cámaras estancas desde delante de los pies y desde detrás del asiento. Las primeras sensaciones es de encontrarte en un bote que no hace más que inclinarse de un lado a otro, anunciándote vuelco tras vuelco, aunque las amenazas no acaben de consumarse. Lleva pues bastante tiempo coger un nivel de confianza suficiente como para empezar a remar con él mínimamente, ocupado por tratar de mantener el equilibrio a costa de moverte lo mínimo (gran error, lo sé). Un par de entrenamientos continuos de larga duración me ayudaron a progresar con el barco, aunque un día me gané un vuelco por prematuro exceso de confianza. Es un barco que he utilizado demasiado poco como para acostumbrarme a él, creo que se presta a jugar con sus inclinaciones (“moverlo”) al palear, y a ratos he conseguido que navegue con cierta velocidad, pero eso no era lo habitual. Y tampoco ha dado tiempo a más, porque enseguida me pasaron a otro escalón ligeramente más avanzado. Mide 5,50 m de eslora por 45 cm de manga, dispone de un timón de tipo orza muy eficaz y preciso, accionado por varilla y su asiento no está mal y envuelve bastante porque termina en dos picos laterales.

 
Surf-Ski Denia Sprinter de Polledo según imagen del catálogo. La nuestra es prácticamente igual (salvo pequeños detalles de acabado) y del mismo color. (Imagen: parientepolledo.com).

El Cantábrico de Polledo es un modelo de especificaciones más cercanas a lo que es un verdadero Surf-Ski. Mayor longitud (6,15 m, para una manga de 42 cm) y mismo sistema de timón de orza, pero éste ya accionado a través de pedales. La bañera es abierta, porque todo el casco está completamente cerrado, de forma que el barco flota siempre. El agua que entra en la bañera desagua por el fondo de la misma, a través de un pequeño orificio que, cubierto por un capuchón, aprovecha el efecto venturi generado bajo el casco, para desaguar. Si te paras, el nivel de agua de la bañera sube poco a poco, mojándote el trasero y los pies; y al navegar, el agua se va vaciando, tanto más velozmente cuanto más rápido se desplace el barco. Con este barco volqué varias veces al principio: al embarcar y al desembarcar. Sin embargo, fui capaz de llevarlo durante un par de ocasiones de más de una hora de remo continuo. Nunca logré tener con él buenas sensaciones de manejo, y menos aún de remada intensa, hasta que casi tres meses después de haber dejado de utilizarlo regresé a él y, tras unos minutos de tembleque e inseguridad, lo fui encontrando rápido, cómodo, eficaz y agradable de postura. Se ve que pese a creer firmemente lo contrario, en el fondo, sí que estaba asimilando algo de aprendizaje. Disfruta de un magnifico timón, preciso y con altísima capacidad de giro. Me alegro, porque este barco me ha acabado agradando tanto, que ahora es uno de mis favoritos, y me gustaría ser capaz de poder competir en él con garantías en cuadriatlón y en alguna regata de surf-ski. Pero antes tengo que resolver un problema, aún no domino el subirme a él desde el agua. Lo consigo, pero en el momento de sentarme o meter los pies en la bañera, vuelco. En cualquier caso, dentro de la vertiente Surf-Ski (regatas de mar o cuadriatlones) el Cantábrico es mi escalón actual de progreso.

Dentro del apartado de los Surf-Ski, he dejado para el final un barco bastante modesto por el que no he pasado durante mi aprendizaje pero al que he recurrido recientemente para competir, por su estabilidad. Se trata de un modelo de Surf-Ski fabricado por Román, hace 20 años (el primero que hizo y probablemente el pionero en lo que a fabricación nacional se refiere) como encargo por parte de Fermín, cuando éste decidió iniciarse en el mundo del Cuadriatlón. Fue el que utilizó en Ibiza, así como en sus posteriores temporadas de tan atractiva modalidad de multideporte. El diseño está basado en los modelos de competición de Salvamento Deportivo franceses que se empezaban a construir en las Landas, a su vez inspirados en los barcos australianos de la época. Y de ahí proviene que su medida de eslora sea 5,50 m, el límite reglamentario para dicha modalidad. Es blanco, está lleno de adhesivos de dorsales y patrocinadores acumulados a lo largo de los años, y presenta muchos parches debidos a sucesivos arreglos de golpes. Es un barco muy estable y con enorme margen, pero se le nota que “arrastra” mucho agua y resulta lento, aunque a cambio me deja emplearme a fondo en la técnica y fuerza aplicadas. El timón es de orza y pedales, pero menos preciso y menos eficaz que los otros de mar que he probado. En cualquier caso, me ofrece sobradas garantías para cualquier condición, por lo que me lo he llevado a mi primer cuadriatlón y espero apuntarme con él a debutar en alguna regata de las Series Cantábricas de mar. Su proa está levantada y tiene ese característico diseño “pico-pato” pensado para dividir las aguas del oleaje. Es bastante ancho de manga y con el casco muy plano. Como la mayoría de los Surf-Ski es completamente cerrado, con la bañera “excavada” sobre la cubierta de forma que en realidad te acomodas “fuera” del barco.

 
Vista del tercio de proa del Surf-Ski. Coloquialmente “pico-pato”.

 
Vista inferior de la proa. La idea es que en el caso de surfear una ola, o bien encarar de frente alguna de gran tamaño, las aguas se desvíen lateralmente evitando que la embarcación se clave.

 
Atracando con el Surf-Ski de Fermín (otro kayak “clásico” además de pionero en nuestro país) al acabar el segmento de piragüismo de un cuadriatlón en el embalse de Aguilar de Campoo. (Foto: Myriam).

Una de las ventajas más gratificantes del haberme integrado en la disciplina de un club de piragüismo es la oportunidad de poder entrenar, e incluso competir, en embarcaciones biplaza (K2). Además, el estreno fue muy tempranero ya que en una de mis primeras sesiones de entrenamiento me propusieron remar con Aura en un antiguo K2 durante un remo continuo matinal y con bajamar en la ría de Solía. La experiencia me gustó mucho, y tiempo después he tenido la oportunidad de repetir con otra compañía. El barco es un modelo de los que utilizaban los que disputaban en serio el Descenso Internacional del Sella en la década de los años sesenta. Es decir, un barco de competición antiguo (aunque ya de fibra de vidrio) que ahora mismo ya podemos considerar como una buena piragua de iniciación, debido a la gran evolución que han ido experimentando las embarcaciones desde entonces hasta ahora. Está viejo y bastante parcheado y reforzado, pero funciona perfectamente. Se trata de un bote muy pesado, algo que se sufre especialmente a la hora de portearlo. A cambio, es muy estable y ofrece un amplísimo margen de error. Con Aura me tocó remar atrás, mientras que con mi compañero habitual Pedro, soy yo quién va delante mercando el ritmo de palada y manejando el timón. En tal disposición hemos entrenado y participado en alguna regata. El gobierno me costó mucho al principio ya que dispone de un timón de cola que junto con el diseño del bote, que enseguida explicaré, hace que el barco reaccione siempre con muchísimo retraso a las órdenes. Hasta que le fui cogiendo el punto, especialmente navegando despacio, en ocasiones íbamos zigzagueando a babor y estribor, tratando de corregir un rumbo cuya sincronía no acababa de comprender. Además del retraso en las reacciones, la inercia de cada rumbo, resultaba especialmente difícil de modificar. Pero a todo se hace uno y poco a poco, día a día, la cuestión del rumbo fue mejorando mucho. El barco tiene un claro diseño de quebranto, esto es, que hunde más sus zonas de proa y popa, que la parte central del casco. Si a eso añadimos que dispone de sendas verdaderas quillas bien marcadas delante y detrás, mientras mantiene muy plana el resto de la obra viva, ya podemos entender porqué es tan estable, y porque se muestra tan reacio a cambiar de rumbo. Otra pega que le he notado es que cuando hay algas en el agua, muestra tal tendencia a que se queden enganchadas en su proa, que casi parece cuestión “fitomagnetismo” o brujería. Pero en el lado opuesto de la balanza encontramos que el barco es tremendamente agradecido porque me permite navegar con notable oleaje, rápidos, etc. y no romper la coordinación entre la tripulación, pues no son necesarios apoyos repentinos o compensaciones que rompan el ciclo de palada. En algunas olas hemos llegado a hundir mucho la proa, comprobando que el bote ni se inmutaba.

 
En Colindres, con Pedro, en el veterano K2. (Imagen: Rosa).

Pero el asunto “K2” aún me ha reservado nuevas sorpresas. Las circunstancias de agrupamientos de cara a una regata concreta propiciaron que me viera compartiendo un Trovikayak con el mismísimo Keko Calderón (5º en los JJOO de Altanta). Sobre la indescriptible experiencia ya daré cuenta en alguna futura ocasión en la que resuma las vivencias deportivas del piragüismo competitivo de la temporada, pero aquí puedo adelantar que, evidentemente, si pude llegar a navegar en ese barco, fue porque él estaba a bordo, afanándose en evitar que volcáramos por mi culpa. Se trata de un kayak muy ligero, estrecho, con sección de casco de “K” (competición) y perfil con ligera forma de arrufo (curva “aplatanada” con los extremos más elevados que el centro del bote). A causa de ello, resulta rápido e inestable. De hecho, en el club hay otro, y he podido comprobar cómo algunas tripulaciones bastante más expertas que  yo tienen problemas para controlarlo, aunque quienes ya lo logran, cuando reman con intensidad, ofrecen un espectáculo de lo más atractivo, por la velocidad que la piragua alcanza. Tiene timón de cola. De mi experiencia personal no puedo explicar casi nada, porque metido en la vorágine de la populosa regata y la novedad, apenas me enteré de nada. Al parecer Trovik tiene una gran pericia a la hora de replicar diseños de barcos novedosos a medida que éstos van apareciendo y demostrando eficacia en la alta competición internacional. Así pues, muchos de sus modelos se basan en las tendencias del ARD.

 
Keko a proa y yo a popa, en el Trovik, en la salida de una regata en el Pisuerga. (Imagen. Rosa).

Continuando con los K2. En el momento de escribir estas líneas, mi compañero Pedro y yo nos encontramos, eventualmente, aprendiendo a dominar un barco bastante más competitivo que aquel antiguo anteriormente mencionado. Tiene alerones tras la bañera de popa, tipo “americano”. La cubierta es de fibra de vidrio pintada en amarillo y el casco de carbono. Tiene sección redonda de “K”, por lo que no para de moverse a los lados. Al principio me generó una sensación de inestabilidad total. Me parecía que no íbamos a durar encima más de un puñado de minutos. Pero poco a poco conseguimos cierta tranquilidad y fuimos remando mucho, hasta completar toda la sesión de entrenamiento, y tengo que decir que, a ratos, incluso bien. Pero aún nos encontramos en una fase en la que Pedro tiene que recurrir a bastantes apoyos cuando la cosa se pone fea. Va bien cuando acompasamos pesos durante las paladas, y todo hay que decirlo, da gusto, porque el barco se muestra mucho más rápido que el kayak pesado. Durante el, hasta ahora, único entrenamiento realizado sobre este bote, del desagrado y frustración inicial, conseguimos pasar al contento, e incluso más tarde a la velocidad. Es afilado y con esos característicos alerones picudos y evidentes en la segunda bañera, los cuales añaden algo de margen de seguridad cuando oscilamos lateralmente. Su timón resulta inmediato, aunque con un radio de giro muy amplio en ciaboga. Sumerge la proa casi con cualquier mínima ola que se nos presente, pero es algo que, por fortuna, ya ha dejado de impresionarme.

Entretanto, como el club está lleno de barcos, la asistencia a los entrenamientos nunca es idéntica, y el verano ha calentado el agua y el ambiente, hay días en que probamos variadas configuraciones de tripulaciones y nos arriesgamos a remar en embarcaciones que se sitúan al límite de nuestra competencia. Es el caso de otro K2 Román tipo “Americano” de keblar, diseñado para palistas ligeros. Fue Aura quien me propuso subirnos a él, y gracias a ella tardamos bastante rato en volcar, aunque al final… lo conseguimos. El barco se mueve mucho. De hecho, se ha de mover para avanzar bien, el problema reside en mi incapacidad para percibir el momento y el lado hacia el que corresponde cada inclinación, y mis compensaciones de cadera no se acoplan a las de mi tripulante (en este barco voy detrás). Aún así fue un intento algo prometedor y creo que la cuestión de los “americanos” se ha convertido en mi escalón de trabajo actual en lo que al K2 se refiere.

 
El K2 “Americano” blanco para ligeros reposa en la nave.

Volviendo a las piraguas individuales (a las K1), en mi estado de evolución actual, me encuentro en lo que a nivel de nuestro club denominamos “intermedias”. Tal nombre proviene del que las asigna el propio fabricante: Polledo. No soy capaz de señalar con precisión de qué modelos se tratan, pero en líneas generales puedo describir que son sendos kayaks de longitudes estándar de K1, con el perfil transversal del casco ya bastante redondeado y de manga estrecha. Por lo visto, un acercamiento bastante evidente a lo que sería un K1 de competición, aunque algo más asequible para el control del equilibrio. De hecho, su fabricante las recomienda para palistas veteranos (expertos pero mayores). Mi problema principal es que únicamente atesoro el segundo de esos dos atributos: la edad, pero de experto nada. Tenemos dos, ambas de color blanco, y en una de ellas el intercambio del asiento nos permite establecer un escalón más de progresión hacia su dominio. Las dos tienen timón de cola.

La primera (la que únicamente tiene una posibilidad de asiento) modelo “Intermedio”, se mantiene aparentemente quieta hasta que te mueves tu y… ¡zas! Al agua patos. La he utilizado varios días en los que la superficie del agua estaba como un espejo. Con resultados dispares. El primer día no me fue mal, pues tras la zambullida inicial, con más cuidado, estuve mucho tiempo remando (más de una hora), con apenas sendos vuelcos al subir y bajar la ría, en un mismo tramo en el que había una ligera dificultad. Entonces no me atreví a impulsar mucho o a rotar mi tronco al dar las paladas, pero noté como corta el agua de maravilla y que desliza mucho. Por cuestiones de calendario de eventos, no había vuelto a probarla hasta hace poco. En la segunda ocasión me di unos diez “baños” con ella. Me sirvió para perfeccionar mi técnica de achique y embarque, y para familiarizarme con sus límites. Aunque no lo parezca, remé mucho mejor, porque apliqué los gestos técnicos y conseguí que el barco avanzara más y mejor. Pero evidentemente, ante tan numerosos desequilibrios, se hace imprescindible invertir mucho más tiempo de práctica. Tal afirmación quedó demostrada al siguiente entrenamiento. Durante el mismo alterné largos periodos de paleo cómodo y tranquilo, con rachas de absurdos vuelcos sucesivos. Creo que el estado psicológico instantáneo realmente tiene mucho que ver con la eficacia del gobierno del barco. Considero que, junto con la siguiente, es el escalón de progreso en el que debo centrarme actualmente.

La segunda (“Intermedio New”) es algo más ligera y estrecha y me ofrece, en principio, similares sensaciones: estable de partida parado, y dejándome remar hasta que una oscilación excesiva me origina un vaivén de lado a lado y caigo. Me pasó dos veces en muy poco tiempo el día que la probé. Luego me enteré de que lo había hecho con un asiento no original, más elevado, y por tanto bastante más inestable. No el que suelen colocar como paso intermedio de aprendizaje. Según Keko, esta intermedia podría ser ligeramente más inestable que la otra (aunque en realidad son similares), pero con su asiento original ocurre un poco lo contrario. Mi segundo intento con ella fue bastante prometedor y me pareció claramente más estable que la otra. Tengo que probarla mucho más. En estos momentos se me plantean varios frentes en mi avance de dominio técnico. Hasta ahora competía siempre con barcos más estables, que ya controlo sobradamente, lo hacía así para asegurar las pruebas. Pero entreno con barcos que suponen una zona límite de dominio para mí. Actualmente son: el K2 amarillo antes nombrado en la modalidad doble, la Cantábrico como barco de mar o cuadriatlón y cualquiera de las dos intermedias dentro del “programa” de progresión en K1. Lo malo es que no práctico tantos días como abundancia de barcos tengo disponibles. Pero no tengo prisa.

 
Esta es la Intermedia (¿”New”?) de Polledo, la más ligera de las dos que tiene el club. Aquí está con su asiento bajo, lo cual la hace más estable que con los asientos elevados.

En esta perspectiva tomada desde popa se aprecia mejor la estrechez de su manga, menor en casco que en bañera.

Esto del piragüismo es un proceso peculiar. Tu progresión técnica y competitiva va muy ligada al tipo de barco que vas siendo capaz de dominar. En esto difiere mucho de otro tipo de modalidades. Por ejemplo el ciclismo, donde, en cuanto aprendes a montar en bicicleta, casi puedes conducir cualquier modelo de bicicleta de tu talla (con excepción de las de piñón fijo o algún otro artefacto muy particular). Cualquier ciclista popular, aún siendo inexperto, puede adquirir una de las mejores o más caras bicicletas del mercado y utilizarla para sus participaciones. Con los kayaks no ocurre igual. Avanzar en competitividad de barco a emplear, supone un proceso de aprendizaje bastante largo. Para algunos de bastantes años. En mi club, cada cual se mueve en una horquilla de niveles bastante definidos. Y tu competitividad finalmente depende de tu competencia técnica, de tu condición física y de la velocidad característica del barco que seas capaz de llevar en cada circunstancia de competición (gradación de viento, oleaje, corriente, etc.). Otro asunto interesante es que desde que accedes a poder mantenerte remando en un barco, hasta que eres capaz de poder ejecutar sobre él la técnica adecuada y la impulsión (potencia aplicada), pasa, necesariamente, bastante tiempo de práctica. Eso explica porqué, por ejemplo en mi caso, soy capaz de rendir más con barcos ligeramente más lentos (pero más estables) que con aquellos otros en los que ya estoy trabajando pero aún no tengo “dominados”. Todo esto es un asunto que está muy vinculado con el concepto de deportista “popular” en el mundo del piragüismo de competición, asunto cuyo tratamiento dejo aplazado para algún futuro capítulo. Y como si la cuestión de los barcos no fuera ya de por sí suficientemente complicada, además está el asunto de las palas hidrodinámicas. Las hay de tracción, de ataque, etc. y dentro de ello una gran diversidad de diseños. Y aunque pudiera parecer poco importante o, al menos, ajeno a la capacidad de dominio de las embarcaciones, pues resulta que para el aprendiz no lo es. Recientemente, entrenando con una de las piraguas que ya hace tiempo que no me da ningún tipo de problemas de estabilidad, probé dos tipos de palas diferentes a la que utilizo siempre. La primera era más corta, me ofrecía mayor eficacia propulsiva, pero menos posibilidad inmediata de hacer un apoyo más amplio o alejado en caso de necesidad. Nada grave, pero que seguramente me hubiera originado algún vuelco en algún kayak más avanzado. Después pasé a una de ataque y el cambio de sensaciones fue radical. La pala era escupida por el agua con un chocante pero evidente sonido. Al poco de introducirla por delante, era expulsada a medio camino hacia atrás. Ella sola me aceleraba la frecuencia de palada y eliminaba cualquier sensación de apoyo. Cuando torsionaba bien el cuerpo, adelantando el hombre del ataque al máximo, el avance del barco era evidente, pero ante cualquier error o desequilibrio, la sensación de precariedad se hacía manifiesta. Creo que con esta pala hubiera sido impensable (por ahora) haber intentado remar en las piraguas con las que ahora mismo me estoy fogueando. Todo un mundo esto del piragüismo de competición.



viernes, 30 de junio de 2017

12. ¡ACCIÓN!



Recientemente dediqué un capítulo al multideporte. Un texto largo que lo pudo haber sido mucho más ya que dejé bastante contenido en el tintero. Pero no hay que asustarse, que no me dispongo a complementarlo ahora. La mayor parte de aquello se centró en la modalidad del triatlón, para continuar con breves retazos de otras disciplinas combinadas y finalizar halagando el cuadriatlón y suspirando por un hipotético pentatlón que no existe. Durante la presente temporada he escrito bastante sobre diferentes temas desde una perspectiva teórica o divulgativa, sin casi hacer crónica directa de actividades prácticas llevadas a cabo en el tiempo presente (con la memorable excepción del esquí de montaña en Benasque). Ello no significa que no las haya estado haciendo, sino que ninguna de ellas me parecieron lo suficientemente relevantes como para ocupar un capítulo específico, aunque quizá si aparezcan agrupadas (algunas de ellas) en futuras publicaciones monográficas. Pero como la primavera ha avanzado y el verano llega, como viene siendo habitual en mi ocupación personal, los viajes o la asistencia participante (activa) a eventos deportivos se disparan.

Escribir sobre multideporte y triatlón fue motivado por ser ello un asunto que me agrada, y que en el pasado me llegó a entusiasmar. Y también porque viví muy de cerca el núcleo principal de crecimiento del fenómeno en España. Pero además, algo guardaba en la recámara. El saber que, pocos días después, me vería tomando parte en un triatlón real. Resulta que entre mis múltiples cuñados, tengo uno muy aficionado al deporte, con el que además me llevo estupendamente. Siempre fue un apasionado del ciclismo, nadador de chaval y corredor eventual como veterano. Y ahora, casi repentinamente, ha decidido incorporar el triatlón en su complicada vida de ejecutivo multinacional o global, o como queramos denominar a toda esa gente que acumula miles de kilómetros aéreos durante cada semana. En realidad la culpa es mía porque hará ya unos 25 años fui yo quien le lió, en un par de ocasiones, para participar con talante festivo y “sport” (original) en aquel mítico triatlón popular de Somo (una fiesta que con el tiempo, lamentablemente, acabó perdiendo su esencia inicial) y en otro de tipo “sprint” en Santander. Aquello quedó allí, y hete aquí, que de repente, más de dos décadas después, a Bernardo va y le vuelve a picar el gusanillo del triatlón, y como en él es habitual, me llama, se me pone pesado y me lía para que lo acompañe en uno de sus planes.

Y así, sin más, encajado a duras penas en un calendario (el mío) plagado de citas y actividades deportivas de cada vez más diversa índole, me encuentro con el compromiso de desplazarme a las Landas francesas para participar en un triatlón de distancia olímpica (1,5km a nado, 40km [sin estar permitido ir a rueda] en bicicleta y 10 km corriendo). Lo del plan es lo de menos, el viaje hasta allí no resulta largo y todo él mediante vías rápidas. Lo peor, lo que realmente me preocupaba y desmotivaba es que, teniendo en cuenta los compromisos que tengo previstos este año, ni podía, ni quería entrenarlo previamente. Únicamente nadar y correr un día a la semana. Lo justo como para poder completarlo y que además no me pasase factura después con un excesivamente largo periodo de recuperación o alguna lesión. Y también lo mínimo como para que no “robase” tiempo de dedicación a otras preferencias como el esquí de travesía en invierno, el piragüismo, el patinaje y un poquito de bicicleta (poquísimo este año). En fin, como lo que ya se ha convertido una constante en mi vida: una especie de mantenimiento de supervivencia multifacética que me viene permitiendo hacer de todo, sin brillar ni un ápice en nada. Pero debo confesar que, siendo una persona que creo que tiene superada cualquier resquicio de ambición competitiva, demostrativa o de afirmación personal en cuestiones deportivas, esta situación, lejos de molestarme, hace tiempo que me encanta pues me permite practicar de todo sin presiones y con una libertad y espontaneidad maravillosas.

El plan general fue urdido completamente por Bernardo: inscripciones, cita de víspera y la compañía de un amigo y excompañero suyo de clase en sus ya lejanos tiempos de la universidad. Vianney, que así se llama nuestro compañero de “triples” fatigas, resultó ser un hombre simpático, majo e hispano-parlante, lo cual me vino muy bien teniendo en cuenta mi inoperancia comunicativa en francés. Pero además, también es un experimentado triatleta que participa con cierta frecuencia en competiciones y tiene el honor de ser todo un “finisher” de distancia Ironman. Él se reunió con nosotros el mismo día de la prueba, un domingo ¡a las tres de la tarde! Porque el lunes era festivo en Francia.

Entre tanto yo conduje el sábado hasta Biarritz, para incorporarme, en calidad de invitado, a un lujoso y sibarita plan de concentración deportiva digno de nivel de estrella mediática. Esta es una de las razones por las que merece la pena flaquear ante las persuasivas iniciativas de Bernardo. El hotel era un exquisito establecimiento que originalmente habían sido las caballerizas de la marquesa de Moratalla. Una preciosidad rehabilitada con gusto, de tamaño reducido y agradables jardines circundantes. Por dentro la decoración era atrevida, conjugando con gusto y generosidad lo clásico con detalles de modernidad incluso osada. Al ser el primero en llegar, tras ser objeto de una breve visita guiada por el establecimiento, me instalé en una fastuosa habitación aboardillada, casi más acondicionada como para “recibir” (aquel fenómeno parisino de la alta sociedad que dinamizó la vida pública francesa hace poquitos siglos) que como para el reposo deportivo de un atleta en régimen de concentración en vísperas de un evento. Tal circunstancia, lejos de preocuparme, me resultó divertida, ya que en lo que a mí respecta “juego” al deporte como recurso de divertimento global, y no como afán de rendimiento físico.

El día era lluvioso, por lo que no invitaba a disfrutar del jardín o de la alargada piscina exterior, así que pasé parte de la tarde leyendo, mientras esperaba a reunirme con mi cuñado (en realidad hermano de Myriam) y su mujer. Al vernos, tuvimos un buen rato de tertulia inicial y un poco de trasvase de material deportivo entre los coches, previendo la logística matinal del día siguiente. Y después, más charla placentera en un hermosísimo salón-biblioteca, con su chimenea encendida y su acristalada fachada de cara a la piscina. Brindando además, por si todo ello fuera poco, con una deliciosa copa de champagne Dom Perignon, que hubiesen acabado siendo más, de no cernirse sobre nosotros las dudas de rendimiento suficiente del día siguiente. Desde allí, nos acercamos en coche al centro de Biarritz para cenar en un “bistro” bullicioso con muchísimo ambiente de “soirée”, donde disfrutamos de una cena sabrosísima y amena. La verdad es que el centro de Biarritz mostraba muchísima animación. Mucha más de la que suele caracterizar a las poblaciones francesas, aunque esto es algo que ya he podido comprobar en numerosas localidades “fronterizas”. Especialmente las que lindan con nuestro territorio.

 
Charla de mis familiares con un empleado del hotel en la puerta de entrada cuando nos íbamos a cenar.

Pese al lujo de los aposentos, mi descanso fue regular, suficiente pero no pleno. Uno que cada vez tarda más en adaptarse a lechos diferentes y extraña su compañía hogareña. Pero el desayuno pronto me ayudó a recuperar el ánimo corporal y psicológico. Se servía en una especie de soportal, ahora cerrado con acristalamiento, con fastuosa estética interior contrastando con la fresca imagen del atlántico jardín. El ambiente afuera era de humedad y cielo cubierto, aunque sin lluvia. Por nuestra mesa desfiló el consabido zumo, la taza caliente y un surtido de panes y croissants que siempre resultan especiales en Francia, los bordan. Además, una variada presentación de embutidos y quesos, y una larga fuente de degustación de minipostres dulces o frutales. Como conozco el azaroso ritmo organizativo que se gasta mi cuñado cuando tiene entre manos cuestiones ociosas, desayuné con contundencia, previendo un posible riesgo de que no volviéramos a tener oportunidad de despachar alguna otra comida medianamente seria antes de la prueba. ¡Y acerté!.

 
A punto de empezar el desayuno. Momento maravilloso.

Fuimos en mi coche hasta Mimizan-Plage, localidad en la que se ubicaba la meta de la competición. Pero resulta que los dorsales se entregaban en Mimizan-Lac, en el centro de la localidad, separada a unos pocos kilómetros de las playas. Por lo tanto, coche otra vez y gestiones de recogida de dorsales e instrucciones. El planteamiento organizativo era algo complicado: había que dejar lo de correr en el segundo box (Plage) y lo de la bicicleta en el primero (Lac). La salida de natación se daba en el lago, tras caminar 600 metros desde el box de la bicicleta, y la carrera a pié finalizaba en Plage. Así pues, tras discutir (bastante) sobre la logística, acabé imponiendo mi criterio, y visto lo visto creo que acertamos, que consistía en lo siguiente: regresar en el coche a Plage, colocar lo de correr en el box de allí, cambiarnos y preparar las bicicletas, organizar una mochilita con lo de nadar, y pedalear de regreso a Lac para montar el box ciclista. Una vez allí, mientras llovía bastante, nos dio tiempo de comer un bocadillo de jamón york, de ponernos medio traje de neopreno y esperar un poco a la hora de la salida.

 
Bernardo, José y Vianney sonrientes tras comernos un bocadillo y casi listos para iniciar la caminata bajo la lluvia hacia el punto de salida de la natación.

Hago ahora un inciso que tiene que ver con algunos aspectos sociológico-deportivos del mundo del triatlón, aunque sospecho que cada vez más extensivos a muchas otras modalidades como el nado en aguas abiertas, el ahora llamado “running” (correr de toda la vida) y desde luego el ciclismo. Lo de Mimizan era un fin de semana completo de triatlón con carreras de diferentes categorías (menores, relevos, sprint, etc.). El colofón lo ponía nuestro “olímpico” en el cual estábamos inscritos 800 participantes y llegamos a disputarlo unos 700. Como hubo tiempo de contemplar el box ciclista y además de ver a todos los participantes ya pertrechados antes de la salida de la natación, puedo emitir mi impresión con respecto a la cuestión del material. Por regla general la gente lleva unos “pepinos” de bicicletas que oscilan entre el máximo nivel del mercado actual y un nivel medio-alto. Prácticamente ya no hay ni aluminio. Carbono por todos lados, grupos y ruedas de precios elevados, dispositivos y complementos de revistas, ruedas aerodinámicas o ultraligeras, etc. Habiendo “escaneado” con interés el parque móvil ciclista, apenas encontré dos bicicletas de la edad y particularidades similares a la mía, además de una bicicleta de mujer y otra pesada de ciloturismo con guardabarros y trasportín. El resto: entre “fórmula 1” y “altas prestaciones de serie”, por explicarlo en términos automovilísticos. Como ni me dedico al triatlón ni a la esfera competitiva, evidentemente no me interesa en absoluto agenciarme una bicicleta de tales características, así que lo que llevé allí tenía más de 20 años. Una ya casi mítica Trek de tubos de carbono que fue superventas en los noventa (la 2100), con grupo Shimano de gama media, ruedas normalitas de la época, algo de óxido en varios componentes y aluminosis en un racor. En cuanto a la natación, entre los cientos de participantes (prometo que me fijé en plan investigación de campo) únicamente fui capaz de contar tres trajes de neopreno que no fueran específicos de nado o triatlón: el mío y el de un par de chavales de evidente origen “surfero”. Con esto me pasa lo mismo, viviendo donde vivo, siempre hay que tener uno a mano, pero sufrido, económico y polivalente, que lo mismo te sirva para descender un barranco, bucear, surfear un poco, nadar un triatlón o lo que se tercié. Vamos, lo que en mi caso viene a ser el básico de “decatlón”. Por si todo aquello no hubiera sido lo bastante para hacerme sucumbir ante un complejo de “materialitis” u “objetología”, estaba el tema de los relojes y dispositivos de información que, gracias a la integración de monitorización de frecuencia cardíaca, GPS, etc. Aporta, a quién lo porta (y lo sabe manejar) un montón de información instantánea y grabada sobre su rendimiento. En ese asunto aún fui más espartano todavía, porque no es que llevara algo obsoleto, es que no llevé nada de nada, ni reloj en la muñeca, ni cuentakilómetros en la bicicleta. Todo esto me hace pensar que me he debido convertir en un descastado deportivo, una especie de resistente pasivo que atenta (involuntariamente) contra el mercado y el progreso. Lo lamento, pido perdón por ello, pero espero no cambiar.

 
Vieja, sucia y con “heridas”, pero siempre fiel, my olvidada bicicleta fue llamada a filas desde la “reserva” para darme servicio en el triatlón de Mimizan.

Con todo ese material a la vista, los cuerpos afinados y trabajados (apenas vi barrigas, excesos de vello corporal y toda esa colección de signos aparentes que le aportan a uno esa tranquilidad, en ocasiones errónea, de que siempre habrá un suficiente colchón de rezagados por detrás) me dio por pensar que quizás, con el paso del tiempo, el triatlón se había acabado convirtiendo en una modalidad deportiva en la que ya no se podía presentar cualquiera (no triatleta) alegremente, con la idea de disfrutarlo sin un entrenamiento específico, con la tranquilidad de que, una vez en carrera, el anonimato quedaría resguardado en el seno de un gran pelotón “popular”. En fin, habría que resignarse a arrastrarse por los flecos del cierre de la prueba. En cuanto a mis dos compañeros, ellos sí que cumplían con los requisitos de imagen propios de la mayoría. Bernardo estaba encantado estrenando una fantástica bicicleta S-Works tope de gama, ligerísima, con lo mejor en ruedas, cambio electrónico, etc. Su traje de nado es especialísimo de calidad, tacto, diseño y demás. Complementa su equipo una mochila especial para triatletas, dotada de múltiples compartimentos y detalles, un buen surtido de brebajes energéticos y, por supuesto, un “ordenador de a bordo de pulsera, específico, de la más completa calidad”. Me parece muy bien, aunque solo sea por ver la cara de felicidad que lleva con todos esos juguetes. Y no lo digo con sorna, porque a menudo doy cuenta aquí de la cantidad de juguetes deportivos que me gasto, aunque a mí me suele dar más por el material antiguo recuperado que por la afición adquisitiva. En cualquier caso los dos estábamos muy a gusto con nuestra recíproca compañía, él ejerciendo de Georges Clooney y yo de Paco Martínez Soria. Y eso que al final no me puse la goma elástica de mercería llena de nudos y con imperdibles para sujetar el dorsal, porque Vianney me prestó un cinturón elástico portadorsales que le sobraba (la verdad es que hoy en día fabrican y venden absolutamente de todo).

El caso es que pese a todo lo que el ambiente previo parecía sugerir, la verdad es que puestos en competición, la cosa no ha cambiando tanto. Los  buenos cada vez andan más y los malos creo que cada vez menos. Con tan desmesurada popularidad, la población de triatletas permanentes u ocasionales ha crecido exponencialmente y ahora hay de todo. Y por mucho “armamento” de filigrana exhibido que haya, el rendimiento humano no parece estar acorde, al menos en lo que respecta al grueso principal. Lo digo, porque al menos esa es la impresión de lo que viví en carrera y del resultado final.

Bajo la lluvia, descalzos y enfundados en los trajes nos dirigimos todos hasta una playa del lago. Allí se daba la salida del segmento de natación en tres oleadas separadas por 15 minutos cada una. Primero las mujeres y después dos grupos masculinos de unos 300 deportistas por pelotón. A Bernardo le tocó en el primero, y por lo que nos contó luego, la verdad es que le fue bastante mal. Lo de la espuma, los zarpazos ajenos, los cruces de nadadores, etc. le debió de pillar bastante de sorpresa (aunque le habíamos avisado) y acabó desorientado, dando tal rodeo que cuando llegó a su box, los organizadores ya se habían llevado una bolsa en la que tenía las zapatillas de ciclismo. La chapuza le costó un rato largo que, con el apuro, no creo que acierte a precisar en magnitudes temporales, y sospecho que el flamante “reloj” no fue lo suficientemente avispado como para tomar nota de ese periodo muerto, consciente de que su dueño no estaba precisamente de humor como para atender a la cuestión de los parciales. El caso es que aquello le debió suponer un cuarto de hora de pérdida de tiempo, agobio y frustración, pero, afortunadamente, sus zapatillas regresaron y finalmente ya pudo acometer el segmento ciclista, aunque visto el desenlace posterior de la prueba, creo que ya por detrás de nosotros dos.

 
José, Vianney y Bernardo, preparados para el sector de natación.

Nuestra salida me la tomé con calma pero sin pausa. Intentando evitar la lucha de cabecera pero sin salir demasiado retrasado para no tener que desgastarme adelantando rémoras. El aspecto previo me sugería que sería de los más retrasados, pero la experiencia me previene de que en realidad, en las competiciones muy numerosas, siempre hay gente de todo tipo de nivel y cuantos más tengas que remontar más lo vas a pagar. Lo malo es que si te confundes por optimismo, en el agua, te pasan por encima y puede acabar resultando de lo más desagradable. El caso es que no me fue mal con el cálculo, ya que pese a la densidad lógica inicial, no tardé demasiado en disfrutar de bastantes periodos de nado relativamente despejado. Eso sí, una de las cosas que aún sigue vigente en el triatlón, y que los trajes de alta gama, las gafas galácticas o los relojes con GPS no han logrado solucionar, es que aún hoy en día cuando vas nadando directo hacia una boya del recorrido, todavía te sigues topando con algunas personas que nadan en dirección completamente perpendicular. Sinceramente opino que hay muchos participantes que harían mucho mejor en invertir algo de dinero en un buen cursillo práctico de natación en aguas abiertas, que en el consabido traje “superespecialísimo”. Al segundo no se le puede sacar partido si lo que falla es lo primero.

El recorrido constaba de tres largos que cambiaban de dirección con dos grandes balizas. La primera en ángulo bastante cerrado, en el cual la concentración de gente volvía a aumentar. La segunda de unos 90º, y desde allí ya enfilábamos a tierra a través de una puerta de balizas amarillas orientativas. Personalmente nadé tranquilo, sin prisa pero sin pausa, controlando la dirección cada pocas brazadas para no hacer metros de más. Visto el tiempo realizado, acerté de pleno porque coincide con lo que barajo en la piscina para esa distancia. Salí pues muy satisfecho, de un primer segmento que en realidad no me gusta, y mucho mejor colocado de lo que inicialmente pensaba, algo de lo que me percaté en seguida al comprobar que el box aún estaba bastante repleto de bicicletas.

Tras una transición ágil, pero sin precipitación, salí al sector ciclista y a unos 20 metros por delante distinguí a Vianney. Según más tarde he podido comprobar habíamos hecho prácticamente el mismo tiempo en la natación pero enseguida me percaté de que su ritmo sobre la bicicleta es bastante superior al mío y me olvidé conscientemente de él. Me puse a lo mío, apoyado sobre un acople aerodinámico prestado y traté de dar caña dentro de mis posibilidades y sin entrar en los excesos que pueden acabar arruinándote la prueba por culpa de convertir la carrera a pié en un infierno. Apenas llovía ya, escasas gotas ligeras que no molestaban, pese a que al ir vestido con un “body” (de esos que se utilizan en triatlón y que tan prácticos resultan para no tener que andar vistiéndote porque no molestan nada dentro del traje de neopreno) los hombros me quedaban al descubierto. La prenda es de estricto negro con costuras de hilo rojo. La compré en una oferta de retales de la fábrica Austral, a un precio de risa y me hacía ilusión llevarla como homenaje a la marca que patrocinó el primer circuito nacional y el primer equipo serio de triatlón en España. No hacía calor, pero tampoco frío, quizás porque el esfuerzo ya avanzado mantenía una buena temperatura corporal. Lo malo es que el piso estaba mojado, y aunque prácticamente sin charcos, la suciedad de la carretera se acumulaba en algunas de las escasas curvas, que solían corresponder con cruces o desvíos. No sé qué harían los demás, pero yo desde luego me tomé los giros angulosos con muchas precauciones. De todas formas el recorrido era en su mayor parte una sucesión de largas rectas en las que se podía rodar muy bien con los antebrazos apoyados sobre el acople. Iba disfrutando de ese rodar vivo en posición de CRI, con esa ilusión que nos caracteriza tanto a los globeros cuando pensamos que rodamos rápido al tenernos a nosotros mismos como única referencia. Pero la realidad era que no adelantaba a nadie y sin embargo, cada cierto tiempo, era superado con notoria facilidad por veloces conjuntos máquina-corredor que me ofrecían aparentes estampas de ciclismo profesional televisivo. Entre las escasísimas unidades que adelanté durante la primera mitad del recorrido, había un paisano al que dejaba atrás con claridad en sucesivas ocasiones pero que sospechosamente me volvía a alcanzar al cabo de un rato. Al principio no le di demasiada importancia al asunto, consciente de que a rendimientos solitarios similares, estas oscilaciones son muy comunes. Sin embargo, poco a poco me di cuenta de que sus adelantamientos siempre coincidían con el paso de otros ciclistas, y que cuando lo tenía delante solía mostrarse demasiado pendiente de lo que le venía por detrás. ¿Razón? Estaba más atento a aprovechar el rebufo de los sucesivos pasos de corredores para avanzar que de su propio esfuerzo personal. Así pues, a partir de mitad de carrera, aproximadamente, cesé en las intentonas de adelantarlo y baje “un punto” mi ritmo, conservando para el segmento final. Con respecto al resto de la numerosa gente que me pasó (muchos) no tengo sospechas, aunque me sorprendió que en la mayoría de los casos (no todos), cuando me superaban, lo hacían en pequeñas oleadas en vez de un goteo de solitarios. Todo esto me hace recordar que también allí, como en tantos otros ámbitos deportivos de la actualidad, el respeto a las normas y el espíritu de la honradez flaqueaban en algunos casos. Otra reflexión que me vino a la cabeza a medida que los kilómetros iban pasando es lo mal que tenían que haber nadado algunos competidores que entonces me rebasaban como “sputniks”. En silencio, mi mente les daba desinteresados consejos del tipo: ¡que pena chaval que no inviertas algo de tiempo en mejorar el nado con lo que andas en bicicleta! Pero el pensamiento más recurrente que me entretenía era una especie de ambivalente sensación de estar disfrutando mucho de mi, aunque a todas luces pobre, rendimiento ciclista en solitario.

 
El manillar con el acople instalado. Me dio gran servicio por lo que le estoy muy agradecido a mi amigo Carlos por prestármelo.

Todo el recorrido fue completamente llano hasta el kilómetro 30 aproximadamente. A partir de allí nos desviaron a una zona boscosa con carreteras muy rugosas, bastante bacheadas y con sucesivos repechos. Para mí fue una buena noticia, ya que durante los ascensos fueron los únicos momentos en los que pude disfrutar de la sensación de adelantar a otros participantes. Gente a la que alcanzaba y otros a los que había visto pasarme minutos antes. Nada de ello me sorprendió porque hace muchos años que soy consciente de que dentro de mi nivel, soy mucho mejor ascendiendo que llaneando. Lo primero siempre me ha gustado y es lo que más he practicado toda mi vida ciclista, mientras que a lo segundo jamás le he dedicado tiempo, y los pocos tramos llanos que existen en mi tierra, me los tomo como enlaces o recuperaciones entre puertos y montañas. Así que, francamente, en llano y contrarreloj, soy un auténtico “paquete”. Al final alcancé Mimizan-Plage y utilicé las dos últimas curvas, a derecha e izquierda, para soltarme las tiras de velcro de mis respectivas zapatillas, de forma que llegado a la línea de la transición, me pude bajar descalzo de la bicicleta para no perder mucho tiempo.

Durante la prueba no comí nada y en la bicicleta bebí media ponchera de líquido isotónico. Pero no sentía ni necesidad de comida ni sed, así que comencé la carrera a pié sin avituallarme. Los primeros 2-3 km me noté un poco trabado, pero no lento. Son percepciones muy normales, pero nada problemáticas si uno las conoce y si no se transforman en verdaderas molestias musculares muy localizadas. Enseguida fui cogiendo ritmo y al cabo de varios minutos tuve buenas sensaciones y me pareció que empezaba a correr bastante rápido (dentro de mis parámetros, claro). Era un circuito al que había que dar dos vueltas. Una parte urbana con mucho público animando, otra parte de bosque con terreno no asfaltado y alguna fuerte pendiente, y después unos tramos asfaltados rectos. Mi planteamiento funcionó y disfruté muchísimo del sector porque no paré de adelantar gente a lo largo del mismo. Da gusto acabar sintiéndose fuerte y percibiendo rendimiento. En un momento dado alcancé a Bernardo durante mi segunda vuelta, cuando él había comenzado su primera, fue cuando me comentó de pasada el problema sufrido con sus zapatillas de la bicicleta. Y pocos metros más allá rebasé también a Vianney, éste ya en su segunda vuelta. Y así, con excelentes sensaciones, fui acercándome a la meta con los generosos ánimos del público que se apilaba a los bordes de los últimos tramos del circuito. Al llegar, alegría, satisfacción, algo de avituallamiento para reponer y coca-cola, por eso de la cafeína, pensando en que tenía que volver conduciendo a casa y ya estaba bien avanzada la tarde. Enseguida llegó Vianney, nos felicitamos mutuamente y cambiamos impresiones sobre la experiencia. Después me acerqué al box a por una toalla para cubrirme el cuerpo para no quedarme frío. Tras un buen rato, pudimos animar a Bernardo en su llegada. Da gusto con él, porque a pesar de lo sucedido en su primera transición, lejos de mostrarse contrariado, estaba encantado de ver cumplido su reto y de haber disfrutado de lo lindo durante todo él. Me alegro porque ya tiene comprometidas otras dos citas más, y seguro que con el entusiasmo reforzado con el que salió de Mimizan, añadirá algunos triatlones más a su agenda.

Yo también estaba muy contento pese a que antes de empezar, el asunto, me había dado mucha pereza. Pereza meses antes cuando me comprometí a ir, ya que no quería añadir obligaciones de entrenamiento a mi vida, y aquello me imponía a tener que correr y nadar aunque fuese de vez en cuando. Y pereza también el mismo día de la competición, porque el día no invitaba mucho y las pintas de la gente eran tan amenazantes que me hacían pensar que todo el evento me iba a quedar demasiado grande. Pero todo eso quedó atrás al poco de estar metido en carrera y, desde luego, tras haber cruzado la meta. Mi único objetivo previo había sido acabarlo bien y sin lesiones. Conseguido. En una especie de previsión había calculado completarlo en tres horas. Sobradamente conseguido, pues me equivoque rotundamente por exceso, ya que mi tiempo final fue de 2h 35’ 33”; el cual, dadas las circunstancias, dedicación, edad, etc. me parece magnífico para mis expectativas. Y un tercer objetivo (jamás declarado, pero siempre ahí, latente) era, evidentemente, ganar a Bernardo (y a su arsenal). Igualmente conseguido. No es nada personal, pero es que de no lograrlo, cualquiera le hubiera tenido que aguantar el resto de nuestra vida…

Publicados los resultados oficiales, me he entretenido un poco analizando mi desempeño (deformación profesional). La natación la solventé en 32’ 13” lo que significa que, efectivamente, nadé afinando muy bien la dirección, ya que con rodeos, en esa distancia, yo no hubiera sido capaz de hacer ese tiempo. Mi peor segmento, sin duda, fue el de ciclismo con 1h 18’ 30”, a casi 31 km/h de media. Confirma que soy muy mal rodador, algo que tengo asumido y que no me preocupa en absoluto, a pesar de que, de las tres disciplinas, es a la única que tengo verdadera afición. No caeré en el error de autoengañarme otorgando a mi obsoleta y gastada bicicleta la culpa de tan pobre rendimiento, pues las causas son otras, algunas ya comentadas y otra indiscutiblemente fundamental: que desde que comenzó el año en enero, no he acumulado sobre bicicleta ni 600 km. Y además, a cambio de un cierto conservadurismo sobre la bicicleta logré que la carrera final se convirtiera, con claridad, en mi mejor segmento, con un tiempo de 44’ 41”. No son disculpas, asumo lo que hay, mis momentos ciclistas para este año llegarán cuando les toque, que tal y como lo tengo previsto será en un viaje este verano.

Al final es un poco difuso conocer con certeza cuánta gente participó en la prueba. Globalmente (mujeres y hombres) casi alcanzamos los 700 competidores. En esa cuenta llegué el 407, que me parece más que digno para un veterano que no es triatleta. Echando la cuenta exclusivamente entre los hombres fui el 372 de 562 (a pesar de mi material de “truequetlon”, je, je, je… un auténtico anti-sistema, especialmente si lo vemos desde la perspectiva de los casi 200 que llegaron detrás). El resultado mejora algo si lo analizo desde la perspectiva de mi categoría (veteranos 3) pues avanzo de la mitad hacia delante (el 25 de 65). Pero tampoco tanto, lo que sugiere algo que ya conozco de antemano: que el deporte de resistencia popular en general y el triatlón en especial, son prácticas con edades de participación cada día más elevadas. Mis puestos parciales en el ranking de cada segmento avalan también mis sensaciones respecto a mi rendimiento (analizados teniendo en cuenta la totalidad de participantes de ambos sexos): el 388 en natación (medio), el 527 en bicicleta (malo) y el 300 en carrera a pié (bueno). Respecto a los tiempos de los mejores también puedo extraer algunas interpretaciones. El mejor tiempo de nado fue de 20’ 19” (que es algo lento para la élite) y lo marcó uno de los primeros. En bicicleta hubo un “extraterrestre” (o algún error de cronometraje) que se marcó 45’ 41”, pero ese sujeto tardó tanto en la carrera a pié que en meta únicamente me sacó 6 minutos. En realidad, los mejores tiempos de los de “delante” rondaron los 55 minutos, que están por encima de los 40 km/h, pero no fueron tan definitivos para la victoria o clasificación como los de la carrera. El mejor parcial a pié fue 31’ 26”. Los ganadores hicieron marcas de bastante nivel y desde el primero hasta los últimos, el incremento de tiempo parece bastante progresivo, y por lo tanto, representativo de la población triatleta francesa. En ese sentido mi situación me ha sorprendido muy gratamente. Pero por otro lado, interpreto que una proporción importante de los participantes invierten más esfuerzo económico, competitivo y de entrenamiento sobre el segmento ciclista de lo que sería estratégica y racionalmente recomendable de cara al resultado global. No es algo que me sorprenda, porque también lo he visto en otras ocasiones en España. Lo que ocurre es que hay mucha gente a la que la bicicleta le gusta especialmente y vuelca en ella gran parte de sus recursos. De hecho, en ocasiones, el triatlón se presenta como una buena oportunidad de competir en bicicleta sin necesidad de tener que internarte en la complicada y selectiva jungla del ciclismo de carretera. Además, de entre las tres disciplinas, es la que más se presta al escaparate y el postureo. Espero que nada de esto se tome como una crítica porque no pretende serlo. Fuera del profesionalismo, la práctica competitiva la encuadro dentro de la diversión, por lo que cada cual debe ser libre de desempeñar su afición deportiva como más le apetezca. Y como prueba de ello mi caso, que aburriéndome bastante nadar y correr, amo la práctica ciclista pese a ser mi segmento más débil, pero… ¡y lo bien que me lo paso en bicicleta!.

Finalizada la prueba recogimos todo, nos cambiamos, dejamos los coches cargados y nos fuimos a celebrarlo a modo de despedida. Ellos con una apetecible caña de tamaño grande (ambos se quedaban a dormir allí mismo) y yo con un mísero café con leche para hacerme más llevadero el regreso al volante. Los tres estábamos eufóricos y satisfechos. Tengo que agradecer a mi cuñado el empeño que puso, meses antes, en liarme para participar, porque me lo pasé genial antes, durante y después del triatlón. No tengo intención de seguir con ello, pero la experiencia ha resultado de lo más gratificante. Lo que pasa es que se me hace demasiado absorbente como para compatibilizarlo con el resto de mis aficiones deportivas. Además, ya comenté en su día que, puestos a elegir una modalidad multideportiva, el cuadriatlón se me antoja más apetecible porque añade el piragüismo. Lo que ocurre es que su oferta de pruebas es mínima. Y precisamente, ante tanta escasez, cuando me enteré de que el Campeonato de España se celebraría en Aguilar de Campoo, tan cerca de casa, decidí apuntarme.
Antes siquiera de tener la competición a la vista, mientras andaba ocupado con otros eventos previos, me topé con una serie de cuestiones que no me gustaron nada. A mí me da lo mismo que sea un Campeonato de España, de Filipinas, de Europa, del Mundo o del Pontarrón de Guriezo. Y me parece bien que por cuestiones organizativas haya que ponerse un chip. Lo que no es de recibo es que el chip lo tenga que aportar cada corredor, teniendo en cuenta que se trata de uno de una marca concreta, habiendo algunas otras en el mercado. Es como si también te obligasen a competir con bicicletas o zapatillas de tal o cual marca. Ante ese tipo de requisitos, la prueba dejaría de ser un Campeonato de España (sin más) y pasaría a ser un “Campeonato de España de propietarios de chip X”. Finalmente, tras unas breves negociaciones por correo electrónico, la organización se decantó por prestarme uno para la ocasión. Me pareció lo correcto porque hay gente, como yo, que participaríamos por pura coincidencia geográfica, que no vamos a inscribirnos en ninguna otra prueba con rango de Cto. de España, dependiente de la Federación Española de Triatlón (FETRI), y que tomamos parte en multitud de otros eventos de diferentes modalidades, en los que la variedad de chips utilizados es grande.

Peor fue percatarme, en el momento en el que los recorridos quedaron perfilados, de que el formato propuesto por la FETRI se alejaba notoriamente del verdadero espíritu del cuadriatlón. Esta modalidad nació como un reto que ampliaba el carácter multideportivo del triatlón añadiéndolo un deporte más, y manteniendo un evidente rasgo de larga distancia (del orden del medio Ironman en los segmentos coincidentes). Tiene sentido que proliferen pruebas algo más cortas, que busquen paralelismo de distancias con el triatlón olímpico, e incluso, por esto de favorecer la promoción y el acceso, algunas que propongan longitudes equivalentes al triatlón sprint. Pero en este caso todo se llevó mucho más lejos, se salió de madre, se desvirtuó y acabó convertido, prácticamente, en una “gimkana” de colegio. Para empezar se decantaron porque el segmento ciclista lo fuera en BTT, una corriente novedosa que aunque facilita mucho las labores del organizador, está totalmente alejada de la naturaleza propia del triatlón y cuadriatlón (de sus principios fundacionales y de su realidad actual). Pero por si ello no fuera lo suficiente como para minimizar, ningunear y maltratar este deporte, las distancias se “jibarizaron” hasta el ridículo, dejándolas en 500m de natación, 2km en kayak, 12,5 km en BTT y 3 km a pié. A mí, la impresión que me da este tipo de cosas es de que la FETRI pretende acaparar cualquier iniciativa polideportiva inspirada en  formatos o modalidades cercanos al triatlón, para, simultáneamente, controlarlos de forma que no hagan sombra a su modalidad reina (olímpica) y de paso, hacer que pasen por los diferentes peajes que la entidad va estableciendo. Algo muy parecido a lo que le tocó sufrir a ella misma en los inicios (ahora parece que se les ha olvidado), cuando como Comisión, se veía en cierta medida amordazada o maniatada por las limitaciones que imponía la Federación Española de Pentatlón Moderno, de la que dependieron muchos años. El resultado: estos ridículos diseños minimalistas que cualquier día acaban celebrándose en un polideportivo, con una piscina portátil colocada en mitad de la cancha. De hecho, es probable que para la mayoría de los participantes, el evento completo (recordemos que se trata de una prueba, supuestamente de resistencia, que incluye cuatro disciplinas diferentes), se resuelva en menos de una hora y media. Si consideramos el precio, resulta cómico, por no decir aberrante, calcular el coste al que nos va a salir el kilómetro de competición a los deportistas: 2,22 €/km. Por hacer una comparación con los precios de las autopistas, tenemos que los 20 peajes más caros de España oscilan desde 1,68 €/km hasta el 0,11 (pero atención, el segundo más caro baja ya a 0,39). Y los de precios más elevados son túneles o puentes concretos cuyos costes de construcción resultaron estratosféricos. En fin, no seguiré hurgando en la cuestión.

Pero esta especie de odio y desprecio que la FETRI parece sentir hacia el cuadriatlón, ha quedado demostrado por medio de más acciones que parecen claramente encaminadas a acabar con él. Resulta que en un intento de revitalizar la disciplina y de dar cancha y posibilidades de práctica competitiva para los deportistas amantes de esta modalidad, un grupo de organizadores diseñaron una liga compuesta por cuatro eventos distribuidos por diferentes comunidades autónomas. La idea era excelente, un modesto pero continuo calendario veraniego en el que poder acumular varias carreras, todas ellas, además, con distancias paralelas a las de un triatlón sprint (¡que menos!), y casi todas, en modalidad de bicicleta de carretera. Personalmente me las prometía muy felices y tenía previsto intentar acudir a dos o tres de ellas. Pues de eso nada, la FETRI, no sé muy bien a través de qué estratagemas, ha paralizado dicha liga, queriendo hacer ver que el cuadriatlón es “suyo”, y como tal, no es para nadie, porque claramente no quiere que se desarrolle. En fin, como tantas otras federaciones deportivas españolas hacen en cuanto alcanzan un poco de poder… esta también se dedica a dar patadas al verdadero espíritu de la Ley del Deporte. Entérense señores, el triatlón, el cuadriatlón o cualquier otra expresión deportiva es (por ley) “propiedad” de los ciudadanos españoles (estén o no federados y lo practiquen o no). El gobierno cede las funciones de su organización a las federaciones (que son entidades privadas, ya bastante privilegiadas por dicha cesión), pero éstas han de cumplir con las funciones generales de la Ley del Deporte y entre ellas está la de promocionar (nunca limitar, castrar, entorpecer, etc.) la actividad deportiva de la o las modalidades contempladas bajo su tutela. Y la cesión es reversible y podría suspenderse en el caso de que una federación concreta no cumpla sus cometidos, haga dejación de funciones, etc.

En cualquier caso no pretendo que sea este un espacio de crítica civil así que regresaré a la narración de mi experiencia deportiva. El viernes víspera de la prueba, pasé un buen rato en la nave del Cantabria Multisport, acabando de arreglar el Surf-Ski que me iba a llevar para competir, e instalando unas cunas en la baca de mi coche. Todo ello con la necesaria ayuda de Keko y de Pedro. Durante la semana estuve dudando si llevar un barco más avanzado que ya he empezado a dominar, pero como no acabo de solventar la maniobra de volver a subirme desde el agua, sin ayuda, en caso de vuelco, al final me decidí por el veterano kayak que Román fabricó para Fermín Rodríguez hace ahora veinte años. Un bonito homenaje a nuestra ya alejada en el tiempo participación en Ibiza. Al coche le añadí el portabicis trasero, y totalmente pertrechado, con él subimos a dormir a nuestra casita de “montaña”, que nos acercaba mucho a Aguilar de Campoo (sede del evento).

 
Todo listo para salir a última hora de la tarde.


Nada más llegar a Pesquera, cena rústica en el Mesón, y a la cama a descansar. Mientras casi toda la Península sufría una tremenda ola de calor, una niebla fresquita nos envolvía en el pueblo y nos permitía dormir con edredón ligero. Todo un lujo que también disfrutábamos aquellos días en casa, en la costa. El alojamiento previo, en esta ocasión, distaba mucho de la suntuosidad del de la víspera del triatlón. Sin embargo, que quieren que les diga, me encanta nuestra modesta casita, refugio familiar del que gozo enormemente cada vez que consigo hacer una escapada allí. La diversidad de estándares de placer al que podemos aferrarnos las personas es, afortunadamente, amplísima, y no siempre directamente dependiente de cuestiones económicas. A la mañana siguiente el sol brillaba desde primera hora, iluminando bosques y prados. Nos pusimos en marcha y decidimos desayunar en Aguilar, tarde y abundante, para así evitar tener que comer, pues la salida de la prueba estaba citada a las tres de la tarde. Tras el desayuno nos acercamos a un cine para asistir a la reunión técnica en la que se nos dio la información necesaria para el desarrollo de la prueba. Fue un acto eficiente y rápido, pese a lo pesados que se mostraron algunos de los participantes, en un  alarde de sordera (sensorial o mental), falta de atención, caso omiso o afán de protagonismo. Desde allí nos fuimos a recoger el dorsal y el conjunto de elementos necesarios para la disputa: bolsa de box 1 (la prueba estaba configurada con dos áreas de transición diferentes), chip, gorro, etc. Por mi estrategia de carrera, personalmente no tenía que dejar nada en el box 2 ubicado en la plaza, así que con tiempo prudencial subimos en coche al pantano para dejar allí preparado el kayak y la pala, y regresar a disfrutar del resto de la mañana en el siempre agradable Aguilar. Es un pueblo que siempre me ha gustado y en el que he estado muchas veces. Me agrada su desordenado urbanismo central, sus plazas, el paso que el Pisuerga dibuja por su costado. Hay algún restaurante memorable y un antiguo convento en el que me encanta hospedarme si la localidad forma parte del itinerario de alguno de mis viajes nómadas. Los fines de semana la gente sale a la calle, llena sus bares y busca el sol, presente la mayor parte del año. En invierno para calentarse la piel, y en verano como fondo de iluminación del que disfrutar desde las abundantes sombras. Hay mucho románico que admirar dentro y fuera del casco urbano. Un lugar encantador al que regresamos tras nuestro breve paso por el embalse.

El resto de la soleada mañana lo pasé con Myriam sentados tranquilamente en una terraza de la Plaza principal de Aguilar, a la sobra de unos de sus elegantes y solariegos soportales. Al ser aquello una especie de fin de semana “ferial” en el que la FETRI se despachaba en pocas horas varias competiciones que le “sobran” y al que por tanto no acuden muchas de las personas más vinculadas con el triatlón “más formal” o tradicional, apenas vi caras conocidas. También es verdad que yo hoy en día me encuentro absolutamente desconectado del mundillo, pero me consta que muchos de mis conocidos de siempre siguen en activo, ya sea compitiendo, entrenando, organizando o en otras variadas funciones. Pero se ve que aquello no entraba dentro de su “espacio” de triatlón (valoración que comparto completamente). Aún así tuve un par de encuentros destacados. Primero a Rudy Amorrortu, colega de profesión y de mi misma edad, al que veo de vez en cuando y que desde hace años practica asiduamente piragüismo, cuadriatlón, e incluso triatlón. Aquella jornada nos encontraríamos en sucesivas ocasiones antes de la salida. El segundo fue una auténtica sorpresa. Me topé con Alfonso, a quien hacía del orden de veinte años que no veía, un antiguo compañero del colegio, del colegio mayor y compañero de piso en mi época de estudiante en Madrid. Toda una sorpresa y alegría. Allí estaba con su mujer, acompañando a su alto y espigado hijo, que participaría en el “triatlón cross”. El chaval por lo visto es muy bueno, y de hecho ha pasado dos años becado en la Residencia Blume. Su padre, mi amigo Alfonso, debe de sentirse muy orgulloso, pues siempre fue un gran apasionado del deporte en casi todas sus expresiones.

Ya pasado el medio día regresamos a la zona del embalse, aparcamos el coche donde no molestara, tomamos un pequeño bocado y empecé a preparar todo lo necesario: bicicleta, neopreno, etc. Bajamos hacia la zona de salida y fui a instalar mis pertenencias al lugar asignado de la zona de transición 1, pero al entrar en la misma me llevé un buen susto porque me dijeron que mi BTT no era apta para competir por culpa de un trasportín ligero (y romo) que tenía fijado a la tija. Lo peor es que no llevaba llaves allen, así que nos pusimos a buscar unas enseguida. Uno de los organizadores encargó que le trajeran unas, pero Myriam fue más rápida y me trajo unas prestadas por un equipo. Extraje el complemento con mucha rapidez y por fin pude instalarme en mi sitio. Se acercaba la hora de la salida, pero aquello no tenía visos de ir a empezar pronto. Todas las balizas instaladas por la mañana habían garreado y estaban posadas contra la lejana orilla opuesta del embalse. Francamente lejos. Además no se veía ninguna embarcación a motor en el agua. Los organizadores trataban de poner orden en la colocación de las piraguas. Por culpa de algunas contradicciones entre lo explicado en la reunión matinal y lo indicado por los responsables de área, los barcos yacían algo desordenados y tuvimos que recolocarlos un poco. La prueba se había declarado “sin neopreno”, pero poco antes me había enterado de que para los mayores de 50 años dicha norma no tiene efecto y podemos llevarlo siempre que lo deseemos, así que yo me lo puse (y vi que todos los “privilegiados” hicieron lo mismo). Hacía mucho calor. Aquello era Castilla, y la anunciada “ola” afectaba parcialmente a la comarca, no era cuestión de pasar mucho tiempo allí parados al sol, a las tres de la tarde y con el neopreno puesto, pero, inexplicablemente, seguíamos sin balizas y todo se retrasaba mucho. Al final, bastante tarde, una lancha neumática movió las señalizaciones del fondo para el circuito de piragua, colocó una amarilla para la natación y enviaron a un piragüista a mantenerse como referencia al lado de una diminuta boya naranja del tamaño de un balón. Por mucha prepotente FETRI, responsable del evento, y por mucho “Campeonato de España” que fuera aquello, las pruebas acuáticas resultaron una verdadera chapuza. Ambos recorridos se desplazaban a causa del viento, agrandándose a medida que transcurría la prueba, penalizando a los más retrasados. La primera baliza de nado resultaba completamente invisible, favoreciendo la desorientación. Y las instrucciones sobre el recorrido no estaban claras, se fueron improvisando a voces cuando estábamos ya todos listos para salir, con las gafas de nadar colocadas. Sinceramente lamentable.


 
Retratado con el escenario acuático al fondo. La imagen da fe del preocupante estado que presenta la reserva hídrica nacional a principios de este verano. (Foto: Myriam).

 
Panorámica de la salida. Piraguas en la orilla y participantes agrupados bajo el arco de salida, listos para comenzar a nadar. (Imagen: Myriam).

Finalmente dieron la salida desde el agua. No me coloqué bien y tuve que esquivar a algunos competidores. Además no veía nada y tuve que fiarme del grupo, algo que no me gusta demasiado, y por si aquello fuera poco, nadé mal, por el simple hecho de no hacerlo concentrado, económico, fácil y sin pelearme contra el agua. Una lástima, de hecho, en menos de la mitad de la distancia que en el triatlón de Mimizan, me cansé bastante más y obtuve peor rendimiento relativo. Los 500 m anunciados debieron irse a unos casi 700 a juzgar por los tiempos (el mío y los de los primeros). Dentro del colectivo masculino de grupos de edad (todos los participantes varones excepto los 10 calificados como Élite) salí del agua en el puesto 43 de 50 (“finishers” de “grupos de edad”, porque participantes totales, incluidos los retirados, hubo algunos pocos más), algo acorde con las malas sensaciones que tuve durante el segmento.

 
Primeros metros del segmento de la natación. Braceo intentando vislumbrar el destino (con gorro rojo, situado justo debajo de que lleva gorro verde). (Imagen: Myriam).

 
En plena transición 1: paso del nado al piragüismo. (Imagen: Myriam).

Finalizado el nado me quité el neopreno, las gafas y el gorro, y me enfundé un peto que había que vestir obligatoriamente durante el segmento de paleo. Mi kayak, que había quedado relegado a una segunda fila de reposo, ya tenía campo libre de embarque porque la mayor parte de los competidores iban por delante. Me monté con facilidad y empecé a remar teniendo que sortear varias embarcaciones cuyos participantes no acababan de gobernar con eficacia. Aquello me retrasó inicialmente pero enseguida pude enfilar la primera baliza de “apertura”. Apenas adelanté a algunos pocos al principio de este segmento. El resto del tiempo lo viví casi sin cambios en mi posición. El primer tramo estaba complicado porque había fuerte viento lateral con olas de cierta importancia. Agradecí la elección de barco, porque pese a su mayor lentitud, me aseguraba estabilidad plena. Sin embargo, tanto estrés originado por tanta brevedad de segmentos, hizo que no me llegara a concentrar en remar con una técnica decente, aprovechando una buena rotación de tronco. Error mío, lo sé, pero es que no entiendo las pruebas de resistencia tan minimizadas. El segundo tramo del circuito (casi triangular) era el más largo. En él las olas venían casi de popa, aunque aún con un poco de lateralidad. Rebasé a alguno más y fui adelantado por dos. Me encontré alguna embarcación volcada y no me veía recortar distancias con los que llevaba por delante. La segunda baliza era un despropósito, habían dejado la boya flotando junto a la orilla en el punto donde aquella había acabado tras su deriva, de forma que había escasos dos o tres metros de anchura para pasar entre ella y una roca puntiaguda saliente a ras de de superficie. Menos mal que por allí íbamos separados, pero no sé qué habrían hecho aquellos que navegaban agrupados. El tramo final también era largo aunque no tanto. El viento azotaba con fuerza, ahora en una dirección entre proa y el costado de babor. El desembarco se producía al otro lado de una pequeña península situada junto a la zona de salida, cuando me acercaba vi que casi no había sitio donde dejar el barco, pero un organizador me indicó un resquicio donde poder posarlo, y allí se quedó. Me es imposible valorar el rendimiento parcial del segundo sector porque los tiempos oficiales se han publicado aunando los tramos de kayak y bicicleta. Tratando de hacer memoria de los adelantados y los que me rebasaron creo que fue ligeramente mejor que la natación, pero tampoco demasiado bien, y, desde luego, con la penosa sensación de saber que lo podía haber realizado mucho mejor. Evidentemente sé de sobra, por mi experiencia de esta temporada, que siempre pierdo tiempo contra aquellos participantes que son capaces de remar en embarcaciones muy competitivas, sean estas K1 o Surf-Ski muy afilados, pero cuando revelo mi insatisfacción lo hago en referencia mí propia capacidad personal, la cual ya voy siendo capaz de distinguir.

 
Primeras paladas a bordo del veterano Surf-Ski, esquivando algunos participantes. (Imagen: Myriam).

Y llegó el momento de la bicicleta. Desde el box podía escuchar lo ánimos de Myriam, y, sobre todo, los gritos motivadores de mi amigo y compañero Carlos Cobo, que más tarde tomaría parte en el “triatlón-cross”. El recorrido empezaba en un arenal en el que prácticamente no se podía pedalear durante los primeros metros. Enseguida te podías montar, aunque otros pocos metros adelante te topabas con otro banco de arena, tras el cual, ya un lecho de piedras daba la tracción suficiente para avanzar cuesta arriba hasta alcanzar un breve tramo de carretera.

 
Segunda transición, momento en el que estoy a punto de montarme en la bicicleta. (Imagen: Myriam).

Desde allí ya todo era rodado. Primero un descenso pronunciado pero sencillo con lecho de grijo, con sucesivas curvas cerradas hasta alcanzar una llanura bajo la presa. Tras ella, un duro ascenso que se podía resolver pedaleando, aunque tirando de desarrollos blandos. La cuesta iba aumentando la pendiente a medida que se aproximaba a su final. Luego un tramo de pinar a través de un sendero sin dificultad, pero incómodo por estar totalmente trazado de ladera. Pero al final se llegaba a una pista de concentración parcelaria y empezaba lo que ocuparía la mayor parte del recorrido: un escenario para rodar y rodar a base de toboganes de pistas anchas. La mitad del mismo planteaba una evidente lucha contra el viento, había espacio de sobre para adelantar y las bajadas eran rápidas y con margen de seguridad, mientras que las subidas no precisaban tirar de plato pequeño. Me pasaron muy pocos y adelanté a otros poquitos. A partir de un cambio de dirección muy marcado pudimos disfrutar de viento de cola, y los últimos kilómetros los pedaleé con el plato grande y coronas de las más pequeñas. Para acabar entrábamos zigzagueando velozmente entre las calles de Aguilar. El circuito de bicicleta, pese a ser de BTT, me gustó mucho, me pareció seguro y apto para demostrar rendimiento de pedaleo y no mera habilidad trialera. Tengo que decir que además estábamos completamente protegidos en los escasos cruces existentes y con completa y adecuada señalización durante todo el recorrido. Resumiendo, la parte de tierra del evento fue perfecta. Como ya he comentado, los errores afectaron al agua. En cuanto a mi rendimiento parcial, no es fácil de valorar por la circunstancia antes comentada, aunque creo que en esta ocasión el ciclismo me fue algo mejor que en Mimizan. En la suma del piragüismo y la bici alcancé el parcial 37º de los 50 indicados.

La última transición fue un suspiro. Acertadamente había optado previamente por colocarle a la bicicleta pedales con calapiés, para pedalear con las mismas zapatillas de la carrera a pié, al ver que las distancias iban a ser tan reducidas. Así que llegué al box, me quité el casco y las gafas, colgué la bicicleta y salí corriendo sin más. Quizás empecé demasiado fuerte, o tal vez sería el calor reinante, pero el caso es que los tres kilómetros se me hicieron más duros que los 10 de Mimizan, a pesar de que los segundos presentaban algunas cuestas de bastante pendiente. Aún así la peleé y conseguí remontar unas pocas posiciones y tan solo ceder una. Aunque corrí por debajo de 5 minutos por kilómetro, no lo hice tan rápido como en Francia. Mi parcial fue el 35º, algo mejor que en el resto de los segmentos, pero tampoco mucho más allá. El circuito era inicialmente urbano, para posteriormente dar vueltas y revueltas por un parque al borde del río. Agradable pero muy caluroso. La verdad es que estaba deseando llegar a meta. Cuando lo logré, el cronómetro del arco de llegada mostraba un tiempo de 1h 28’ 20”.

 
Entrada en meta. (Imagen: fotoyos.blogspot).

Mientras me avituallaba con fruta, agua y coca-cola, me dio por pensar que no parecía coherente desear distancias más largas si llegaba tan cansado tras un rendimiento que además me había resultado poco satisfactorio. Creo que la explicación se me ocurrió enseguida. Para empezar, cuanto más corta es la distancia más rápido corre el grueso principal de los participantes. Y tú mismo lo intentas por contagio. Pero eso es algo factible para la gente más joven. Los veteranos, por regla general,  fisiológica y de salud, nos adaptamos a ritmos aeróbicos moderados que somos capaces de mantener por largo tiempo, pero no entrenamos (ni deberíamos hacerlo) intensidades que nos acerquen a una progresiva mayor implicación del metabolismo anaeróbico. Otra cuestión interesante es que al sucederse tantas transiciones con bastante menor tiempo de trabajo entre ellas, al menos a mí (en mi debut en esta modalidad), me causa cierto estrés y me distrae de tomarme las cosas con relativa calma y concentrarme en la ejecución. En cuanto a los resultados, se da un dato muy curioso, finalicé el 38º de 50 hombres (sin los “élites”), lo cual me trae al pairo, pero me parece más que suficiente teniendo en cuenta que la mayoría eran de grupos de edad inferiores. Lo llamativo es que dentro de mi grupo de edad (50-54), quedé el 7º de los siete que finalizamos. Esto vuelve a sugerir que el multideporte es un territorio en el que la veteranía se desenvuelve muy bien comparándola con el conjunto de edades restantes. El tiempo del ganador absoluto (élite) fue de 1h 02’ 19”; el primero de “Grupos de edad” (de esos 50 referenciados) 1h 09’ 14”; y el 1º de mi grupo de edad 1h 17’ 45” (me ganó con holgura en todo excepto en la carrera). El grueso de participantes me pareció escaso, creo que debido al planteamiento del evento (BTT, distancias ultracortas, etc.) y al hecho de que la inclusión del piragüismo reduce ostensiblemente el ánimo, motivación y/o capacidades de la población “popular”. Probablemente por ello, la vivencia fue un tanto solitaria. El contacto con otros deportistas fue escaso, salvo la salida de la natación. Durante el piragüismo puede ver al resto de competidores pero la mayoría bastante alejados unos de otros, y la bicicleta fue mayor mente solitaria. Y durante la carrera a pié final apenas establecí contacto visual con un puñado de deportistas. Ello, teniendo en cuenta que se trataba de recorridos cortos, se debía a que no llegábamos a 100 el número total e participantes entre todas las categorías de ambos sexos (incluidos los relevistas). Ante dicho panorama, el evento, al menos dentro de mi nivel de rendimiento, se quedó, prácticamente en una lucha individual, un reto personal. No lo señalo como una pega, ni muchísimo menos, pues es así como me gusta tomarme estas cosas, pues además considero que no estoy en edad (ni ganas, ni actitud) para competir contra los demás. Pero claro, como reto se me quedó bastante corto. Aún así, la experiencia me gustó mucho, la disfruté y me sirvió para ratificar mi idea de que prefiero el cuadriatlón al triatlón. Además de parecerme un deporte mucho más completo. Y por cierto, pese a la fatiga final, tengo que decir que con gusto me hubiera calzado los patines para completar unos kilómetros más, tras la carrera.

En cualquier caso no soy de los que se quedan rumiando resultados. Disfruto de las experiencias y lo que me aportan. Prueba de ello es que recogidos todos los bártulos, ya en casa, tras una tarde de competición, a la mañana siguiente me encontraba participando en un campeonato de Maratón de piragüismo. 16 km con tres porteos. Asumido finalizar en los últimos puestos de la clasificación. Pero con ganas de afrontar un esfuerzo de cierta magnitud. Aunque eso es ya otra historia… Es muy posible que mi paso por el multideporte (triatlón y cuadriatlón) haya llegado a su fin esta temporada. Han sido un par de pruebas, una de cada modalidad, y a otra cosa. Lamento que así sea en el caso del cuadriatlón, pero es que no encuentro más oportunidades a la vista. De las dos únicas que hay, una me queda muy lejos, y la otra coincide con un plan al que no quiero renunciar de ninguna manera (son 375 km patinando contra otros 18 de “gimkana”). La cuestión radica, al menos en lo que a mí respecta, en actuar. Practicar todas estas actividades que tanto me gustan, y hacerlo en forma de viajes, retos o incluso, como en el caso de esta crónica, competiciones. El acierto se fundamenta en no confundir las motivaciones, saber quién es uno, dónde está y a qué se dedica (a qué juega cuando juega). Al final, los eventos se convierten en oportunidades, en forma de escenarios, en los que puedo dar rienda suelta a las actividades que me gustan. De forma organizada y “protegida” por alguna entidad. No sé qué me deparará el futuro, pero por el momento, y ya empiezan a ser varios años, la combinación del quehacer documental y creador sobre el deporte (mis escritos) con su práctica variada (la acción) me genera una gran satisfacción a la que no estoy dispuesto a renunciar.



Ahí pensaba yo que había quedado la cosa, pero muy poco tiempo después me encontré con el primer fin de semana de vacaciones con toda la familia ocupada en diferentes planes individuales (muchos de ellos deportivos). Y así, sin pensarlo apenas, decidí añadir una cita más a mi escueta incursión multideportiva de la temporada. Me lancé en pos del “Cuadriatlón de la Cerámica” en Talavera de la Reina. Al menos hubo tres desencadenantes finales que me animaron a ello (aparte de la mencionada circunstancia familiar): uno, que se trataba de distancia Sprint (más largo pues que el de Aguilar) y con bicicleta de carretera; dos, que ofrecían piraguas de alquiler, evitando así el tener que acometer un viaje largo con el barco en el techo; y tres, que la reciente ola de calor había remitido y anunciaban unas temperaturas más que llevaderas. Y sin pensarlo más, en una modalidad de viaje ultracorto, salí un sábado a la hora de comer y regresé el domingo al anochecer. Vaya por delante que aunque cada vez me motivan menos los largos desplazamientos en coche, este viaje se me hizo llevadero y, además, me despertó muchos recuerdos y emociones. La banda sonora escogida fue la acertada para mi estado de ánimo y el paisaje encontrado: Americana Music, La Chiclana, Antonio Molina, Katie Melua… Me decanté por un itinerario rápido a base de autovía en un 70-80%, para convertirse en carretera nacional en el tramo final. De esa forma evitaba Madrid, vías más concurridas en pleno fin de semana de “operación salida”, más kilometraje, y algún que otro peaje.

Aunque mis reencuentros emocionales fueron muchos, obviaré mencionar los más cercanos a mi hogar, y empiezo por referirme al Canal de Castilla, presente durante una buena parte del recorrido. Hacía ya más de un año que lo había navegado en kayak con mis amigos. Al pasar por Medina del Campo, y ver la imagen de su castillo recortada en el cielo despejado, me sonreí al recordar que en cierta ocasión pernocté allí por motivos laborales. Pero fue al abandonar la autovía en Adanero, cuando me introduje en esas típicas carreteras españolas de interior que, en ocasiones, parecen introducirte de lleno en escenas de “road movies” de cine independiente norteamericano. A medida que la ruta pasaba de un paisaje de meseta a otro de cordillera, las curvas aumentaban en frecuencia, los pueblos se acodaban en el paisaje y los recuerdos se me iban haciendo más y más nítidos. Recuerdos de sendos viajes que hace años realicé a Gredos. Memorias de ciclismo de carretera, equitación campestre, baños naturales y montañismo. La luz era la misma, la que yo recordaba, la que parece calentar las rocas redondeadas y colorear los troncos de los pinos de la sierra. El descenso del Puerto del Pico me pilló por sorpresa y, de repente, me encontré trazando, al volante, las mismas curvas que ya, bastantes años atrás, había negociado en bicicleta, descendiendo en dirección sur, para regresar ascendiendo por el puerto de Serranillos. Desde allí, el viaje continuó con la misma ausencia de tráfico de la que pude disfrutar durante todo él, y ofreciéndome un variado catálogo de rincones, pueblos, paisajes de monte, etc. prácticamente hasta Talavera de la Reina.

 
Castillo de Mombeltrán con parte de la Sierra de Gredos al fondo.

Talavera lo tenía prácticamente borrado de mi mente. Siempre la recordaba vinculada por cercanía al embalse de Cazalegas, en el cual, durante mis dos últimos años de estudios en Madrid, realicé sendos cursos de monitor de navegación a vela ligera y windsurf. Pero durante aquello, jamás llegamos a pisar la ciudad. Pero al llegar, empecé a recordar que en realidad, hacía algunos años menos, pasé una noche en la ciudad, a causa de una invitación que me cursaron para dar una conferencia sobre triatlón escolar. ¡Se me había olvidado completamente!.

Nada más llegar me instalé en el modesto hotel elegido y descansé un poco, haciendo tiempo para que pasara el calor. Después recorrí bastante ciudad paseando, introduciéndome en su casco céntrico, que poco a poco iba ofreciendo cada vez más ambiente de velada veraniega. Al cabo de un rato elegí un local muy agradable para cenar. Acerté de pleno y pude disfrutar de la comida, y hasta de alguna compra gastronómica extra para llevarme de regreso a casa. Al salir, las calles estaban aún más llenas de gente. Había música al aire libre y personas de toda edad y condición paseando bajo la agradable temperatura nocturna. Un clásico de todas las poblaciones españolas de interior que siempre olvidamos los que habitamos en la costa, y que a mí me encanta redescubrir cada vez que viajo hacia la Meseta en época estival. Parece un empeño orgulloso de la población por esmerarse en vivir unas vacaciones veraniegas, que, probablemente, la mayoría aún no están disfrutando plenamente, pero gustan de “hacer como que sí”, hasta que una libertad completa les permita escaparse eventualmente a la playa, la montaña, el extranjero, etc. Al menos a mí, aquella noche, aun estando a solas, me hicieron sentirme verdaderamente en vacaciones de verano. Por si fuera poco, ya cerca del hotel, paseando por una alameda en la que hasta los urinarios públicos recordaban un palacio nazarí de la Alhambra (algo impensable de hallar en el norte peninsular), me topé con el final de un certamen de música de bandas al aire libre. Me senté y disfruté de algunas piezas variadas entonadas por la diversidad instrumental de 50 pares de pulmones soplando. Finalicé la encantadora noche con un paseo junto al Tajo, muy cerca del escenario principal de mi cita deportiva del día siguiente.

Al cuadriatlón llegué con tiempo sobra. De todas formas había sitio más que suficiente para aparcar. Porque era en una zona espaciosa y porque íbamos a ser muy pocos participantes. Preparé mi equipo, saludé a unos pocos conocidos recientes y gestioné el asunto de mi piragua de alquiler. Aunque me habían hablado de una “Struer”, me entregaron lo que yo toda la vida he entendido que es una “combi”, algo más estable, rechoncho y lento. Además, una de las palomillas de su reposapiés estaba atorada y no pude regularla bien del todo, teniendo que remar con las piernas demasiado estiradas. Pese a ello, el barco me hizo buen servicio, su timón funcionó a la perfección y puestos a disfrutar de la carrera, cumplió de sobra con su cometido.

Al recoger la bolsa de competidor, la organización cometió algunos errores y hubo a varios a los que nos las dieron confundidas y tuvimos que rehacer todo un poco cuando el inicio de la competición ya se acercaba. En cierto modo aquello logró que la espera se hiciera algo más corta, un lapso de tiempo que nunca me gusta demasiado y siempre deseo que pase lo más rápidamente posible. El esquema de la prueba se apoyaba en dos zonas de box separadas apenas 50 metros entre sí y alfombradas para poderlas recorrer descalzos. Primero se hacía la natación con salida desde el agua. Este sector finalizaba en un box de orilla, que había que ignorar corriendo hasta el otro. Allí se cogía la bicicleta con salida y llegada en ese segundo box. Otro trote corto y descalzo permitía regresar al box de ribera para acometer el tercer sector (piragüismo), y al acabarlo, allí mismo se calzaba uno las zapatillas para empezar a correr. Todo práctico, bien pensado, fácil de preparar y muy cerquita del coche. Nada que ver con las experiencias pasadas.

La mañana, pueden ustedes creerme, se había presentado fresquita. Tanto, que hasta poco antes de la hora de salida, no sobraba una prenda extra vestida sobre una camiseta. Unos minutos antes nos reunieron para las explicaciones técnicas finales y, poco a poco, nos preparamos para la salida, algunos afortunados como yo, disfrutando de ese pequeño privilegio que consisten en poder utilizar el neopreno en cualquier condición, por eso de la edad. Como la salida de la natación se daba desde el agua, tuvimos que nadar un poco contra corriente hasta acercarnos a las boyas que indicaban la línea de partida. Entre individuales y una posta de relevistas seríamos unos 40 deportistas en total, por lo que la salida fue bastante cómoda, al igual que casi todo el trayecto nadando. La orientación también se vio facilitada al tener sendas referencias de orillas cercanas. No dispongo de datos, pero creo que nadé bastante bien dentro de mí particular nivel. Tranquilo y centrándome mucho en la técnica, y no en una pelea absurda contra el agua. Aprovechando la corriente a favor, y acercándome mucho a la orilla durante el regreso en contra. Salimos del agua por una escalera y la transición daba el tiempo justo para quitarse la parte de arriba del traje.

 

Buen ambiente momentos antes de la salida. (Imagen: Organización).




Primeros metros nadando. Me aprecio en la parte superior izquierda, con el codo doblado y manga de neopreno. (Imagen: organización).


 
En plena primera transición. Estoy en pié con el gorro número 26 y rodeado por otros participantes. (Imagen: caesarobriga.com).

 
Finalizada la transición troto en busca del segmento ciclista. (Imagen: lavozdetalavera.com).

La bicicleta era con rueda libre. Durante un primer tramo rodé en solitario hasta que un veterano me pasó y aproveché para ponerme a su rueda. Así estuve unos kilómetros y luego me pidió tirar delante. Lo hice hasta que llegamos a un repecho de unos 2 km que ascendimos marcando yo el ritmo hasta que él pasó adelante y se me hizo demasiado duro de seguir. Era evidente que estaba más fuerte que yo. Lo malo no era haber tenido que dejarlo marchar, sino que rodar en la segunda mitad de puestos era hacerlo generalmente de forma individual, mientras nos cruzábamos con los más rápidos, la mayoría de los cuales se agrupaban en conjuntos de dos a cinco unidades. Tras el ascenso pedaleamos algunos kilómetros en llano, hasta dar un giro de 180 grados y regresar por el mismo camino. Allí pude ver a los escasos participantes que llevaba por detrás. Dos me alcanzaron y pude tomarlos rueda durante algo más de un kilómetro antes de quedarme a solas de nuevo. Pronto llegó el descenso y tras él el conocido regreso, que por cierto incluía (y eso me hizo cierta ilusión “turística”) el paso por el histórico Puente de Hierro (inaugurado en 1908). Su existencia contrasta con el moderno puente De Castilla-La Mancha, una obra atirantada que se inauguró en 2011 y que se ha convertido en un reconocido emblema de modernidad, tal como debió serlo de de hierro un siglo antes. Por cierto que el moderno se veía claramente durante gran parte del recorrido ciclista.

 

Un tramo del segmento ciclista con otro competidor detrás. (Imagen: Organización).

De la bicicleta me bajé descalzo y enseguida pude embarcarme en el kayak. El circuito se repetía varias veces, dando una ciaboga cerrada río arriba en una isla vegetal y navegando corriente a favor hasta las tres boyas de la natación en una segunda ciaboga bastante abierta. En medio, las dos boyas blancas de la línea de salida del nado hacían las funciones de separar las calles. Un poco antes del paso por la isla el calado mermaba hasta el punto de que se daban un par de paladas contra la arena del fondo. Pese a lo lento del barco, creo que remé bastante bien, centrado en el trabajo de tronco y en el empuje de brazos adelante. Me doblaron pocos barcos rápidos, adelanté a todos los botes lentos, y creo que incluso recuperé tiempo con respecto a algún que otro Surf-ski. Salí del agua con buenas sensaciones, aunque con la pierna derecha algo dormida.

 
Durante el segmento en piragua. (Imagen: organización).

Tras la transición de carrera otro competidor algo más joven se me puso al lado y juntos corrimos una y media de las dos vueltas de que constaba el recorrido. Hacía calor, pero nada exagerado, algo bastante llevadero. La única pega que encontré fue la falta de costumbre, ya que desde Aguilar había abandonado toda práctica de carrera, natación y bicicleta, pues no pensaba volver a competir en multideporte a corto plazo y me veía obligado a tener que patinar ante un viaje francamente exigente que acometeré en breve. Mi contrincante jadeaba bastante, pero se esforzaba en mantenerse conmigo, aunque en algunas ligeras ascensiones le costaba más. En el último cuarto aceleró y decidí no seguirlo. No sé si hubiera podido o no, pero la verdad es que no me apetecía nada y mi filosofía en este tipo de andanzas es claramente personal y muy poco competitiva con respecto al resto. Imagino que le alegré el día porque desde atrás le pude ver como volvía la cabeza para asegurarse de que no le atacaba por sorpresa.

Momento de llegada a meta. (Imagen: organización).

Al llegar a meta marqué un tiempo de 1h 51’ 14”. A falta de conocer los tiempos parciales me hace pensar que fueron relativamente rápidos dentro de mi arco de rendimiento. Con respecto a los rivales supongo que nadé lo habitual en mí, perdí un poco en bicicleta, avancé algo en piragua y me mantuve corriendo. Lo que pasa con tan escasa participación es que, en realidad, uno apenas encuentra muestra suficiente de competidores en cada gama de rendimiento. Quedé el 24 del total, pero eso dice bien poco. El primero, Enrique Peces, es una excelente referencia, y empleó 1h 23’ 54”, sacando 10’ a sus más inmediatos seguidores. Entre estos hay varios que participaron en Aguilar de Campoo y he podido comprobar en lo que me aventajaron entonces y ahora. Uno de ellos me ha sacado menos tiempo para una prueba de mayor duración, otro casi lo mismo y un tercero me ha sacado tres minutos más, pero en cualquier caso parece una renta no proporcional con el aumento de tiempo de prueba. Este ligero análisis me hace pensar que, en efecto, mis sensaciones aciertan al sugerir que mi desempeño aquí fue mejor que el logrado en Aguilar. En cualquier caso es algo que únicamente tiene un valor testimonial de auto análisis, en esa “competición” que, si acaso, me pongo en exclusiva conmigo mismo. Además, cada prueba de multideporte es un mundo que integra factores diversos que las hacen difícilmente comprables entre sí.

Como éramos tan pocos, se dio la circunstancia de que incluso tuve que subir al podio para recibir una medalla correspondiente a mi categoría (veteranos 2). Esto de multiplicar las categorías no me parece mal cuando son pruebas de participación masiva, pero en casos como este, en el fondo, resulta bastante ridículo. De hecho subí al cajón para recoger un premio por quedar segundo, de un total de dos participantes en la categoría. Sí, sí… segundo y último a la vez. Y lo que es peor, el ganador de veteranos 3 (más mayor aún), también me ganó. No me estoy quejando del premio, simplemente quiero dejar claro que no me gusta presumir de logros que pueden un esconder un mérito dudoso. Eso sí, la medalla la agradezco porque tiene la originalidad de estar hecha de cerámica. ¡Auténtica cerámica de Talavera! Y eso sí que me parece un bonito recuerdo con apego a la tradición y a la artesanía local.

 
Foto de pódium de “veteranos 2”, menos mal que quienes hacían las entregas posaron también, que si no nos quedamos solos. (Imagen: caesarobriga.com).

Creo que con esto, definitivamente, ahora sí, puedo dar por concluida mi “temporada” de multideporte. No ha estado mal, la he disfrutado mucho. Y precisamente, este cuadriatlón castellano manchego me ha aportado muy buenas sensaciones en el sentido de lo que es la verdadera esencia del cuadriatlón. Me dio tiempo a sentir más cada segmento, a desempeñarlo y a pensarlo. El orden de las disciplinas me da lo mismo, aunque introducir la bicicleta entre las dos pruebas acuáticas me resulta mucho más descansado, al proponer alternancia de grupos musculares y eludir la siempre sacrificada transición ciclismo-carrera. Definitivamente me gusta más competir en carretera que en BTT, aun siendo consciente de que quizás me perjudica de cara al resultado. Pero ya he dejado claro que mi motivación en este tipo de entretenimientos no son los resultados sino el proceso. Y sí, cómo no, volví a echar de menos un sector añadido de patinaje al final.

El ambiente del cuadriatlón es agradable. Es muy minoritario, y por tanto, se conocen casi todos. Hay camaradería, y eso es algo que se agradece. Mi experiencia ha sido tan efímera que no me ha dado tiempo de entablar verdadero contacto, aunque ya he dado con algunos participantes a los que he vuelto a ver y con los que puedo establecer conversación directamente. Eso me gusta y quién sabe, quizás el año que viene vuelva a hacer alguna nueva incursión.

 
“Recuerdo de Talavera”, mucho más bonito y original, esta medalla, que cualquier detallito cerámico adquirido en una tienda de “suvenires” para turistas.