viernes, 28 de agosto de 2015

35. HEREDEROS DE ROB ROY

"La canoa azul" Winslow Homer
(Museum of Fine Arts, Boston)



Cuando hace algún tiempo me puse a investigar sobre la vida de John Mac Gregor (Rob Roy) y su papel principal e iniciador en el turismo aventurero piragüista, en plena búsqueda de información me fui topando con algunas conexiones cercanas en el tiempo, que me fueron llevando por un intrincado mundo de aventuras y proyectos deportivos singulares, todos ellos con el kayak o la canoa como elemento común. Por lo que he podido ir leyendo, el final del siglo XIX y los inicios del XX, debió de ser una época de bastante dinamismo dentro del desarrollo de esta actividad deportiva, la cual, antes que nada, pareció crecer en su vertiente más viajera (precisamente la que a mí me atrae). En este capítulo pretendo presentar una muestra de lo que denomino herederos (casi directos) de Rob Roy. Son hechos, vinculados a personas y actividades concretas, que en algunos casos provienen directamente de la influencia de las aventuras de Rob Roy, y en otros, aunque ligeramente posteriores en el tiempo y alejados en la zona de influencia geográfica anglosajona, se mantiene un espíritu común, cierta inocencia pionera y altas dosis de valentía y decisión.

Baden Powell

Como la mayoría de gente sabe, Robert Baden Powell fue el fundador del movimiento Boy Scout. Aquello, en su día y su contexto, supuso toda una revolución de modernidad en la manera de entender la dinamización del ocio infantil y juvenil. Tal es así que dicho movimiento pervive con fuerza y carácter internacional (casi global podríamos asegurar; adelantándose en este atributo a muchas otras tendencias de la actualidad). Pese a las connotaciones que dichos movimientos puedan haber mostrado (o sufrido) en algunos países concretos, en momentos históricos precisos, al movimiento hay que otorgarle todo el mérito que se merece, y que es mucho. Enorme en mi opinión, pues configuró toda una corriente de educación y formación en un ocio activo, cooperativo y amante de la naturaleza, que permitía a millones de jóvenes desarrollar su potencial y colmar sus apetencias aventureras sin que tal posibilidad dependiera demasiado de su contexto familiar. Confieso que durante algunos años de mi infancia, yo mismo tuve la suerte de disfrutar de varios años de pertenencia a un grupo muy sano y activo de Boy Scout, nacido al abrigo de mi colegio, y a día de hoy, en el recuerdo, no tengo más que parabienes de aquella experiencia.

El movimiento Boy Scout, desde sus inicios demostró una clara y firme vocación de práctica y utilización de las actividades deportivas de aventura desarrolladas en el medio natural. La montaña, la orientación, escaladas, etc. Formaron parte evidente de sus contenidos. Y esto se hizo extensivo a otras muchas modalidades, como fue el caso del piragüismo. De entre todos los hermanos del fundador, el mayor, Warrington Baden Powell, fue un verdadero entusiasta de la práctica del kayak. Tal es así que ostento el cargo de vice-comodoro del Royal Canoe Club que fundó John Mac Gregor.  Ambos eran buenos amigos y amantes de la práctica de aquel piragüismo recién nacido. Warrington alcanzó bastante fama dentro del mundo de la canoa por su pericia al navegar, demostrada en numerosos encuentros, regatas y travesías. A causa de ello, su hermano Robert, le encargó el desarrollo de todo el planteamiento de una sección piragüista (y de navegación a vela ligera) en el seno de la organización Boy Scout. La mencionada popularidad de este “palista” fue claramente compartida con la de su embarcación más habitual: el Nautilus. Aunque en cierto texto histórico he leído algún comentario referido a la particular filosofía de viaje que Baden-Powell y otro compañero parecierón mostrar en su viaje por el Báltico en las embarcaciones Nautius e Isis (tendente a eludir algo su uso, siempre que hubiera medios de porteo a mano; dando una importante función de icono a sus embarcaciones, más que como medio de disfrute constante de las mismas), no está en mi mano juzgarlo o siquiera tenerlo en cuenta, lo que es un hecho es que el mayor de los Baden Powell fue un ferviente y permanente practicante, así como uno de los principales agentes difusores del desarrollo de esta modalidad deportiva en su época.


 Warrington Baden Powell ante su Nautilus (imagen de un foro).

Una réplica actual del modelo Nautilus (Jonathan & Chris Wren)

Robert Louis Stevenson

Que Stevenson escribió “La Isla del Tesoro” lo sabe mucha gente, es cultura general. Que también fue el autor de “La Flecha Negra” y “El extraño caso del doctor Jekyll y el Señor Hyde”, también es ampliamente sabido. Algo menos conocido por el gran público es el hecho de que este afamado autor fuera escocés o que empleara gran parte de su vida en realizar sorprendentes e interesantes viajes y en escribir crónicas sobre los mismos. Stevenson viajó por medio mundo. Por los mares del Sur, por Europa, por los Estados Unidos. Viajó en barcos, caminando y hasta en un carro tirado por una burra. Pero lo que realmente viene a cuento aquí, es que en 1878, publicó el que quizá fuera su primer libro de viaje: “An Inland Voyage” (“Navegar tierra adentro”). Esta obra, aún antes de ser leída, presenta varios atributos que la hacen interesante. Para empezar no sólo es el primer libro de viajes escrito por el autor, sino también su primera publicación de cualquier tipo. En segundo lugar, y aquí viene la clave de estar hablando de ello, narra las peripecias del autor en un viaje real que realizó en canoa, en compañía de su amigo Walter Simpson, por los canales de Bélgica y Francia.

La influencia ejercida por Mac Gregor sobre Stevenson, proviene de la lectura del primero de los libros del segundo. Paro además, la presencia de Warrington Baden Powell, con sus viajes, sus promociones de la práctica del piragüismo y su fama, se hizo aún más directa y facilitó que Stevenson se viera seducido por la idea de recorrer diferentes territorios utilizando dicho medio de transporte. Apenas transcurre media década entre la ruta báltica de Baden Powell y el viaje descrito por Stevenson, aunque en medio también fue publicada alguna otra experiencia en canoa llevada a cabo por terceros.

La experiencia fluvial de Stevenson parece muy interesante al tratarse de una propuesta de viaje intensa que busca evitar en lo posible la ayuda externa y los sectores de porteo largos. Para ello se apoya en la utilización de los canales belgas y del norte de Francia. La ruta se inicia en Amberes, toma rumbo sur hacia Bruselas y Charleroi, para después navegar en dirección suroeste finalizando a unas 20 millas al norte de París. La idea resulta interesante aún a día de hoy, pues los canales en aquella parte de Europa ofrecen garantías, seguridad y una red amplísima de posibilidades de itinerarios. Por otro lado, la combinación de los aspectos deportivos, moderadamente aventureros y de enriquecimiento social durante el viaje, parecen una combinación de lo más rica a priori. Escribo esto en plena adquisición del texto de Stevenson, y a punto de iniciar su lectura. Así pues, no puedo adelantar nada sobre el desarrollo del viaje. Sin embargo, creo que la recomendación de su lectura resulta innecesaria, pues estamos refiriéndonos a un viaje en canoa, con el componente “retro” que le garantiza el haberse llevado a cabo en la década de los setenta del siglo XIX, y por si todo ello fuera poco, con la narrativa de un ilustrísimo autor de la literatura universal.

Frontispicio de una temprana edición
del libro de Stevenson.

Nueva Zelanda

En 1889 George y James Park cruzaron la isla sur de Nueva Zelanda con sendos kayaks de madera, desde la costa oeste, remontando el río Taramaku, atravesando el Harper Pass y más tarde descendiendo el río Hurunui y el lago Summer, hasta la costa este. A partir de allí, George se dirigió hasta Christchurch navegando por el océano.

En el año 2008, un sobrino nieto de aquellos aventureros, Steve Moffatt y su amigo Steve Gurney (especialista en kayak), decidieron repetir aquel viaje de 13 días y 330 km acarreando y navegando sendos kayaks. Especial mérito tuvo el primero de ellos, pues lo hizo con los materiales y recursos de la época de sus antepasados. Incluidas las ropas antiguas y una añeja vela como sistema de tienda para dormir y una embarcación de madera que fue construida como réplica idéntica de las que en su día utilizaron sus tíos. Entretanto, su acompañante disfrutó de las bondades del neopreno, el Gore-tex, la comida deshidratada… y un kayak hinchable, ideal para ser acarreado por la selva y la montaña. Ambas embarcaciones iban también equipadas con velas para la navegación marítima, pero al igual que en todo lo demás, cada una de ellas fiel a los modelos de sus respectivas épocas. El planteamiento, además de replicar una experiencia histórica cercana de gran valía, pretendía experimentar de primera mano las diferencias existentes entre los 120 años transcurridos desde un intento al siguiente.

Parte de la remontada inicial la hicieron a estilo “sirga”, con el equipaje colocado en los barcos, los cascos flotando en el río y los protagonistas tirando de ellos mientras caminaban por la orilla, portando un cabo suficientemente largo. Lo más penoso fue atravesar el “paso”, acción que les llevó dos días: uno para trasladar el pesado kayak de madera entre los dos, y otro para transportar el resto del material y el inflable. Hasta el quinto día no llegaron realmente a navegar, porque la parte alta del segundo río tenía poco caudal y muchas rocas. En aquella zona, la amortiguadora y flexible embarcación moderna resultó también mucho más ventajosa. Llegados al lago, ambos pudieron sacar partido al velamen y tomarse un cierto respiro. De vuelta al cauce del río, encontraron varios rápidos previstos, de los cuales algunos de ellos fueron bien negociados por el barco de madera, a excepción (por prudencia) de los tres más fuertes, que los pasó con cuerda. Entretanto, la embarcación inflable completó el recorrido entero a paladas. Cuando ya remaban por la parte más tranquila del río, Moffatt se vio enganchado en un árbol semi-sumergido. La situación se hizo peligrosa para él y su kayak, y Gurney debió echarle una mano para ayudarle a salir de la trampa y, poco a poco, recuperar la maltrecha piragua entre los dos. Los necesarios arreglos del casco se hicieron al viejo estilo, parcheando con piezas de madera, toda una demostración de competencia carpintera de ribera. El tramo marítimo se resolvió navegando a vela con el mar algo movido. Como percance final se produjo un vuelco del kayak de madera, al arribar a la playa con oleaje y el velamen desplegado. El barco volcó y piragua, vela, mástil y remero formaron un torbellino de materia que incluso provocó alguna herida sangrante en Moffatt. Al parecer la lección sirvió de práctica para conseguir que el resto de desembarcos playeros se superaran sin incidentes. El avistamiento de focas y la compañía de los delfines amenizaron su final. Ambos acabaron exhaustos pero encantados de la experiencia, y con un revalorizado sentimiento de admiración hacia los pioneros del deporte piragüista de travesía. Tanto es así, que posteriormente han investigado la realización pasada de numerosas travesías de lo más complicadas en su tierra y se están dedicando a replicar muchas de ellas.

Ambas historias me llamaron poderosamente la atención, porque, además del interés que por sí solas tienen, en lo que respecta a una práctica aventurera y nómada del piragüismo, constituyen un raro ejemplo de vinculación entre dos actividades similares separadas en el tiempo y en la historia, algo que precisamente este año, algunos hemos empezado a experimentar con nuestras bicicletas. Por otro lado, la segunda travesía se caracterizó por (en un 50%) utilizar material “retro”, pero dentro de una modalidad completamente diferente a aquella en la que yo acostumbro a hacerlo. Sin lugar a dudas, nos encontramos ante un caso que aglutina muchos de los atributos que tanto recreo, estudio y divulgo en mis textos.

 Ambos Steve paleando en sus kayaks (imagen Blog de
Steve Gurney).

 Pasado y presente viajando juntos (imagen Blog de
Steve Gurney).

Asturias

Dionisio de la Huerta Casagrán, barcelonés de ascendencia asturiana veraneaba en Infiesto. Y fue precisamente dirigiéndose hacia la estación en Barcelona, iniciando su traslado veraniego, cuando en los almacenes El Siglo, descubrió una piragua plegable. Corría el año 1929. Sin dudarlo, adquirió el artefacto y se lo llevó a Coya, con idea de disfrutarlo durante el verano por los ríos salmoneros del norte. Al poco de llegar a destino ya pudo divertirse con la embarcación en la presa del Molino. Días después, con sus amigos Benigno Morán (médico) y el “guaje” Manés Fernández (este último a bordo de una piragua de fabricación casera y dotada de flotadores laterales), decidieron acometer una excursión por el río Piloña, desde Infiesto hasta Coya. Unos 5 km en dos horas y media. La experiencia les “prestó” tanto que decidieron darle continuidad con una nueva tentativa, en este caso navegando hasta Arriondas en compañía de Alfonso Argüelles y de nuevo Manés Fernández, mientras algunos amigos los seguían en autocar. Aquello fueron ya siete horas de remadas y achiques, solventadas con bocadillos y culminadas porque se les hizo de noche en Soto de Dueñas.

Al año siguiente la experiencia se repitió por parte de los tres últimos protagonistas enumerados, descendiendo el Sella desde Infiesto hasta… Ribadesella o Soto de Dueñas (según las versiones de la historia consultadas). Aquella excursión constituiría a la postre, el I Descenso del Sella. En 1931 el final ya quedaba situado en Ribadesella y la salida en Soto de Dueñas, conformando un recorrido de 25 km que completaron en cuatro horas y media. Finalmente, en 1932 quedó instaurado el recorrido definitivo (el que se mantiene hasta la actualidad) entre los puentes de Arriondas y Ribadesella, de 19 km de longitud. En aquella ocasión se reunieron ya hasta trece palistas provenientes de diferentes puntos de Asturias, celebrando la primera edición competitiva del mítico descenso. Tras el parón provocado por la Guerra Civil, la competición se reanuda en 1944, adquiere carácter internacional en 1951, y va creciendo en popularidad, participación y organización año tras año, además de alcanzar el estatus de Fiesta de Interés Turístico internacional.

Esta bonita historia de origen local, me parece un inspirador ejemplo de cómo, algunas iniciativas personales, o de nivel de reducido grupo de amigos, con el paso de los años, el acierto, fidelidad y apego a su celebración, pueden llegar a transformarse en algo grande. Cuando el evento (oficial o privado) cumple con el objetivo de entretener y hacer disfrutar a sus protagonistas, tiene posibilidades de prosperar, o cuando menos, mantenerse vivo en el tiempo, aunque sea sólo a una escala “micro” y particular. En ocasiones, el boca a boca o la promoción premeditada, consiguen incluso darle divulgación y generar un creciente éxito de convocatoria y participación, como la historia del Descenso del Sella nos demuestra. La cuestión es que en muchas ocasiones, las competiciones de mayor encanto histórico y deportivo, suelen estar vinculadas a comienzos aventurados e ideas brillantes, lanzados por individuos emprendedores (no me refiero a un punto de vista económico sino de dinamismo humano). En su día expuse que John Mac Gregor fundó el primer club de kayak conocido. Aquí explico el nacimiento de la afamada prueba internacional del Sella. Y me gusta mostrar estas anécdotas porque en el fondo, algunos de mis amigos, o yo mismo, cuando abordamos aventuras “temáticas”, re-editamos quedadas, “replicamos” hazañas deportivas ajenas del pasado, u organizan (ellos) eventos formales, estamos haciendo lo mismo que aquellos admirados valientes de antaño, a los que tanto admiro y a los que tanto debemos, nosotros y muchos más. Don Dionisio, en realidad, fue una especie de Henri Desgrange del piragüismo, con otras motivaciones y otro carácter, pero un efecto multiplicador comparable una vez conocido el desenlace final.

 Imagen de Casagran con sus amigos en alguna de aquellas
históricas excursiones fluviales.(imagen: blog de Acebedo).

El Nilo.

Los libros de portadas amarillas de Editorial Juventud siempre ejercieron cierta fascinación sobre aquellos de nosotros dados a soñar con  grandes expediciones, insólitos viajes y singladuras oceánicas. Aunque la gran mayoría de los títulos que, a lo largo de varias décadas, ya fueran en tapa dura o blanda, han ido proponiendo una interesante oferta en esta línea, se hayan enmarcado en el ámbito de las travesías oceánicas a vela, rebuscando en su catálogo, de vez en cuando aparecen algunos títulos que se salen, de forma sugerente, de ese patrón. Así di hace ya bastantes años con un par de ejemplares que motivaron una compra inmediata. Uno era “Operación Impala” (1963), en el que tres motociclistas catalanes narraban su experiencia recorriendo el continente africano desde El Cabo hasta Túnez (pasando por Nairobi y todo el este continental) en unas Montesa Impala. Y el otro, “Por el Nilo en Kayak” (de John Goddard), en el que se cuenta la experiencia viajera vivida por tres piragüistas recorriendo prácticamente completo el mágico río africano. La odisea se inicia en el año 1950, con unos kayaks de tipo expedición, desmontables, que además de recordar ligeramente al mismísimo Rob Roy, utilizan la “patente” o diseño habitual de los dos principales fabricantes actuales de desmontables.

La aventura no tiene desperdicio: rápidos, laberintos fluviales, sucesivo contacto con diversas tribus y naciones indígenas, animales… En ella los hipopótamos cobran un especial protagonismo por el enorme peligro que supone la navegación ante su proximidad. Sin duda estamos ante una hazaña importante, más destacada aún si tenemos en cuenta la fecha de su realización y los materiales disponibles entonces. Quizás la vorágine de proyectos aventureros que se ha disparado en la sociedad actual durante las últimas décadas, pueda hacernos pensar que estamos ante una “aventura más”, pero no es así, las cosas hay que conocerlas y situarlas en su contexto temporal y geográfico. En la actualidad, quien más y quien menos, ya son miles de personas las que se embarcan en supuestas “grandes aventuras”. Pero los seguros, la inmediatez de la administración diplomática, la tecnología, las telecomunicaciones, los materiales y la “superpoblación” de aventureros, han desvirtuado tanto este fenómeno que ya resulta casi imposible vivirlo en las condiciones de siglos anteriores. De hecho, hoy en día, algunas grandes hazañas (como por ejemplo ascender al Everest) se han convertido en planes medianamente asequibles, previo pago a una entidad especializada que se encarga de su organización y desarrollo. El tema da mucho juego para debates y discusiones, en las personalmente procuro no entrar. La cuestión es que la historia de los tres palistas en el Nilo, está fuera de toda la polémica generada por los nuevos tiempos.

Cuando leí el texto hace años, disfruté mucho con ello. Aunque es difícil, para un piragüista sencillo y modesto, hacerse una idea de las dimensiones de todo aquello: geográficas, de duración del viaje, de gravedad de los peligros, etc. El constante salto desde anécdotas reseñables a detalles dignos de mención, es más que suficiente como para hacerte una buena idea de lo que aquella vivencia pudo llegar a ser. Y al menos en mi caso, espoleó la imaginación y las ganas de embarcarme en alguna experiencia similar aunque de dimensiones domésticas y viables. Esta lectura fue, sin duda, uno de los detonantes de mi actual afición al piragüismo viajero.

 Los tres protagonistas posando en sus kayaks
(imagen: libro de Goddard)

 Una parada en la selva (imagen: libro de Goddard).

Peregrinación

No nos hace falta ir muy lejos para dar con personas lo suficientemente aguerridas como para que se les ocurran ideas descabelladas en las que nuestras queridas embarcaciones ligeras se conviertan en eje clave del proyecto. En 1950, 16 palistas, a bordo de tres K-4, salieron de Palma de Mallorca y se plantaron en Roma. Así, por la buenas. La travesía tuvo algunas escalas en Mallorca, otra en Menorca y alunas más en Cerdeña y Córcega, ya que el trazado realizado fue en línea casi directa, atravesando el Mediterráneo sin el abrigo de la costa.

Se trataba de una peregrinación en Año Santo, compartida por estudiantes del SEU, apoyados por un barco de avituallamiento y en la que recorrieron 1070 km. Las embarcaciones se construyeron en madera contrachapeada y forradas de lona exterior para mayor impermeabilización. Su diseño fue responsabilidad  de José Sans Gironella, quién veraneante habitual de Laredo, se apoyó en gran medida para ello en los consejos aportados por los carpinteros de ribera de la villa marinera cántabra. La fabricación se realizó en unos talleres cedidos por el Ejército del Aire. Las piraguas iban equipadas con una pistola de señales, dos cantimploras de agua, una brújula, cuatro chalecos salvavidas, una linterna, cuatro bolsas impermeables, cartas marinas, sacos estancos, silbatos y algunos cabos. Las tripulaciones contaban con cuatro palistas de reserva para poder intercambiar eventualmente alguno de los puestos de paleo.

Las noticias de esta aventura me llegaron tras un par de saltos “internaúticos” que acabaron haciéndome “amerizar” en un blog en el que un hijo de los protagonistas en la descomunal remada, cuenta la historia reconstruida, tras una labor de investigación retrospectiva. Todo ello amenizado por bastantes fotos y un par de videos procedentes del NO-DO. La odisea tuvo un estilo organizativo muy propio de la época franquista, pues desde sus inicios tuvo la fortuna de contar con la simpatía de las fuerzas militares, lo cual les facilitó enormemente las cosas y les brindó todo el apoyo logístico necesario, además de espiritual (que en aquel momento venía necesariamente adherido a cualquier favor institucional). En todo momento contaron con barco de apoyo: primero un pequeño yate, después un remolcador y finalmente un buque de guerra, hasta que los propios italianos tomaron el relevo en la cobertura. La escolta les brindaba alimentos, bebida, asistencia médica, cierta protección contra viento, reposo para los relevos y hasta misa diaria en el caso de barco grande. Aún así, la empresa no resultó fácil en absoluto. Sufrieron fuertes vientos, oleajes, castigo del sol y todo tipo de dolencias propias del esfuerzo continuado. Tal fue el sacrificio que hubo momentos en que la acumulación de males y la fatiga provocaron que las piraguas avanzaran sin su tripulación al completo. Pero nunca fueron remolcadas ni obviaron tramo alguno del recorrido. La etapa más larga, entre el archipiélago Balear y Cerdeña, supuso la sucesión ininterrumpida de la navegación en periodos diurnos y nocturnos, en la que la luna llena facilitó ligeramente las cosas.

La protección institucional del proyecto tuvo otros y pros y algunas contras. La dependencia de mandos y medios ajenos, provocó retrasos excesivos en algunas de las escalas, así como ciertas concesiones a las agendas de determinadas personalidades. Eso, por ejemplo hizo que tuvieran que remontar el Tíber contra la corriente de una crecida, estando a punto de echar al traste el éxito de la hazaña a orillas de su final. Por otro lado, los apoyos dispusieron de los materiales, traslados de los kayaks en barco desde Valencia a Palma, vestuario para las recepciones oficiales y la audiencia Papal, vuelo de regreso de las tripulaciones, etc.

Hay detalles de esta historia que nos ayudan a darle el mérito que tiene y que es enorme. Si bien los participantes activos en ella eran jóvenes con un estilo de vida deportivo para la época (en una España algo tercermundista), no podemos considerarlos como deportistas profesionales o con dedicación preferente al entrenamiento. De hecho, alguno de ellos no sabía ni nadar. Una parte muy importante del colectivo de tripulantes eran pucelanos, lo cual no es un demérito (ni mucho menos), pero si el hecho de que los ensayos y pruebas previos se hubiesen llevado a cabo únicamente en algunas prácticas de remada en aguas de la Casa de Campo… nos podemos imaginar el cambio que supondría bregar contra corrientes, marejadillas, tramontanas y demás, en pleno mar Mediterráneo. A mí desde luego esta gesta me parece memorable, me ha sorprendido dar con ella y no he dudado en otorgarle aquí este simbólico título de heredera de Rob Roy.

Los kayaks embarcados entre Valencia y Palma
de Mallorca (imagen: recopilada por Alejandro
Sans).

Inicio de la travesía en Palmade Mallorca
(imagen: recopilada por Alejandro Sans).

 
Exitosa llegada a Roma (imagen: recopilada por Alejandro
Sans).

Por no mencionar al perro…
Voy a cerrar el asunto con humor. Con un guiño cómico y satírico. Dando cuenta de un viaje novelado que ignoro si está basado en hechos reales o es simple fruto de la irónica imaginación de un literato. Jerome K. Jerome, escribió en 1889 una novela titulada “Tres hombres en una barca (por no mencionar al perro)”. Se trata de un relato de viaje, del género de humor del absurdo, en el que partiendo de caracterizaciones autobiográficas (de él mismo y de dos de sus amigos) y una experiencia anterior (de su propia luna de miel en barco), el autor describe un caótico viaje en barca de de remos, realizado por tres jóvenes amigos, ociosos y ridículos. El proceso se convierte en un sinfín de peripecias disparatadas, aderezadas por una constante sucesión de discusiones, puyazos y faenas que los tres implicados se infligen sin cesar. El escenario es el curso del Támesis entre Kingston y Oxford, el periodo transcurre durante varias jornadas estivales, y el guión cristaliza en un absoluto disparate.
Ni siguiera el tipo de embarcación o acción motriz propulsora pueden encuadrarse dentro del concepto del piragüismo (kayak o canoa), sino  del remo de banco fijo en un bote. Pero aún así, la experiencia fluvial me parece cercana, así como la ubicación temporal, que coincide aproximadamente con los meritorios desempeños de Mac Gregor, Baden Powell, Stevenson y tantos otros prestigiosos precursores del turismo acuático. Las hilarantes situaciones descritas, tengo claro que surgen del ingenio del escritor y de una necesaria experiencia previa en lo que supone desplazarse por un río a remo. De eso no me cabe la menor duda. Sin haber pasado antes por ello, no creo que se tenga conocimiento de causa suficiente como para crear determinadas escenas. No me atrevo a recomendar la lectura de la obra, porque no es un humor apto para todos los públicos, ni mucho menos. Su estilo cómico, es solo para incondicionales, es de esos, tan-tan absurdos, que lo mismo hacen desternillarse a algunos lectores, que quedarse pasmados con cara de sentirse burdamente estafados a otros. Yo formo parte de los primeros. Lo bueno es que se trata de una muestra cómica de la época, coetánea de las canoas Rob Roy y de la práctica viajera fluvial de entonces.

 Fotografía antigua de los verdaderos personajes que sirvieron
de inspiración para la novel (autor incluido). (Imagen:
publicada por K. Hentschel)

 Ilustración sobre la obra (Paul Rainer).
La herencia ha quedado pues repartida, justa o injustamente, como tantas veces ocurre con los bienes materiales de muchas familias. La cuestión es que en este caso es inmaterial, y por lo tanto aprovechable para sucesivas épocas. En nuestra mano está el sacarle partido, cada uno en la medida de su interés y posibilidades. Por mi parte, hace ya tiempo que lo estoy haciendo.




viernes, 21 de agosto de 2015

34. ROB ROY



"Mujer en barco con piragüista". PA Renoir
(The Bridgeman Art Library)

“En la vieja Europa llamábamos ‘buena educación’ al conjunto de disciplinas que iniciaban a los jóvenes en un concepto aristocrático y desinteresado de la vida: la epopeya griega, el latín, la historia del arte, la lectura de los místicos alemanes, el aprendizaje del laúd, y todos esos saberes que no producen ningún beneficio material a quien los cultiva, pero que animan a los hombres a empresas maravillosas. Por eso la paideia griega cultivaba en los muchachos la areté, la valentía, la nobleza y el buen gusto, antes de iniciarlos en otras materias prácticas. Con las mismas enseñanzas los antiguos alumnos de Cambridge o de Oxford crearon un imperio y demostraron ser más eficaces en la paz y en la guerra que los políticos profesionales, educados en un concepto utilitario de la vida. Creo que no se ha meditado bastante este hecho que tiene enorme trascendencia histórica y que permitía a las clases más refinadas enfrentarse a la vida con una iniciación caballeresca y valiente, más esencial que muchas enseñanzas que imparte la escuela moderna”.

Mauricio Wiesenthal (“El esnobismo de las golondrinas”).

Sirva esta cita de anticipo y presentación preliminar de un personaje al que voy a dedicar unas cuantas líneas: John Mac Gregor (1825-1892). Este caballero inglés, de orígenes escoceses, es comúnmente considerado como el inventor (occidental) del piragüismo viajero y turístico. Pero vayamos por partes. Antes de llegar al meollo del asunto echemos un vistazo a algunos detalles de su biografía. Fue el mayor de seis hermanos, en el seno de una familia acomodada cuyo padre fue un militar que se movió por varios destinos. Siendo nuestro protagonista aún un bebe (entonces único hijo), la familia, a bordo del buque Kent, sufrió un azaroso naufragio del que milagrosamente salieron con vida (los primeros madre e hijo), al ser rescatados por otro barco cercano. Quizás dicho preludio marcara parte del carácter de Mac Gregor, quien ya se caracterizó durante su juventud por embarcarse en aventuras habitualmente relacionadas con los espacios naturales, la montaña y el mar. Estudio leyes en el Trinity College de Cambridge, por lo que, pese a su gran afición por las ciencias y los mecanismos, desarrollo su labor profesional como abogado especializado en patentes (muy centrado en las de propulsiones náuticas entre otras). A lo largo de su vida simultaneó denodados esfuerzos y dedicación a varios ejes bien diferenciados: una labor filantrópica social, gran fervor religioso, su profesión y los viajes. La primera tuvo como especial función el desarrollo de programas formativos y la organización de proyectos para escuelas públicas dedicadas a la reinserción social y educativa de niños y jóvenes en riesgo de exclusión social y delincuencia. En este sentido sus ideas se convirtieron en diferentes programas de inserción mixta (educativa y laboral) para los más jóvenes. Como complemento, en un momento en el que la guerra de Crimea y otras situaciones de política internacional se habían encargado de instaurar cierta sensación de peligro en su país, se enroló en un grupo civil de formación militar de reserva: la London Scottish Rifle Volunteers, en la que alcanzó el rango de capitán. En lo religioso fundó sendos grupos de oración, uno de abogados y otro de voluntarios de la reserva, pero además mantuvo una infatigable producción escrita, se posicionó activamente en las discusiones religiosas contra papistas y otros grupos, e incluso se dedicó a la predicación de calle. La escritura formaba parte de su quehacer cotidiano, y como muestra de ello quedó mucha correspondencia, numerosos artículos en revistas de diversa índole, sus diarios, libros de patentes y, sobre todo, sus afamados libros de viajes. Cada cierto tiempo se embarcaba en diferentes viajes de gran interés histórico, cultural, etnográfico y casi explorador. Un primer largo viaje por oriente próximo, sur de Europa y norte de África sirvió para consolidar esa afición, aunque pasara gran parte del mismo sufriendo variados malestares de salud. Él trataba de registrar todo aquello que le parecía importante en sus cuadernos, llegando incluso a practicar con su flauta las diferentes melodías étnicas que iba conociendo, para después transcribirlas en partituras. Un segundo viaje de carácter mucho más deportivo le llevó a los Alpes, donde entre otras cosas coronó el Mont Blanc, continuando después por el sur haciendo lo propio con el Etna y el Vesubio. También realizó un largo viaje por España, que lo dejó verdaderamente fascinado. Tuvo contacto personal con el mismísimo David Livingstone (el afamado explorador) para quien sirvió como ilustrador en el libro “Viajes e investigaciones en África del sur”. De su periplo por los Estados Unidos y Canadá surgió otro libro. Su interés por los fenómenos de la emigración le llevó a recorrer Europa, Rusia, Grecia, y a navegar por el Volga hasta Nijni (viaje que le proporcionó cierta reconciliación “ecuménica” con otras profesiones de fe contra las que tan beligerante se había mostrado anteriormente). También le llamaban la atención las minas y la espeleología, a las que dedicó cierto tiempo durante un viaje por Suecia y otros lugares. El Danubio, islas griegas, Malta, Túnez, Argelia, etc. fueron algunos otros destinos por los que viajó camino de una inmersión en la cultura árabe. Los primeros viajes los realizó acompañado, aunque posteriormente alternaría diferentes compañías con el viaje en solitario, modalidad de la cual fue gran aficionado.

John Mac Gregor con el uniforme de
London Scottish Rifle Volunteers.
(Foto en E. Hodder).

Su posición social le permitió disfrutar también de situaciones placenteras como la fundación del Guiter Club y unas lujosas y ociosas vacaciones a bordo del yate Beagle, propiedad de uno de sus aristócratas amigos. En todo caso, su principal biógrafo de época: Edwin Hodder, en 1884 lo describía como un gran deportista:

“Él era un hombre de tipo robusto, fuerte, musculoso, atlético, y lo suficientemente sabio para saber que sin la práctica adecuada el secreto de su fuerza se desvanecería. El primer día que surgía el hielo, podía aparecer con sus patines y desplazarse a lo largo del mismo con tan sorprendente vigor que los extrañados viandantes le preguntarían quién era, y generalmente obtendrían la réplica, ‘¡John Mac Gregor, el hombre de las escuelas públicas y los limpiabotas!’. Desde su juventud fue un experto nadador – en el gimnasio podía defenderse contra cualquiera; comprendió ‘el noble arte de la autodefensa’, y fue un boxeador formidable, y en el río podía propulsar un par de remos con mayor habilidad y fuerza que cuando remó en el ‘ocho’ del Trinity”.

 Retrato de John Mac Gregor.
(Imagen en E. Hodder)

En definitiva, sirva todo lo anterior para presentar a un personaje de su tiempo, claramente proactivo, multidisciplinar y caracterizado por involucrarse en sus proyectos personales con gran afán. De todos esos proyectos, los que verdaderamente interesan aquí son los que tuvieron que ver con el piragüismo como modalidad viajera, lo cual, dicho sea de paso, es lo que confirió a su persona verdadera fama histórica e internacional. En 1865 se empeñó en diseñar y hacerse construir su primera piragua. Tanto a esa como a sus sucesivas embarcaciones las bautizó con el nombre de “Rob Roy”, pseudónimo que él mismo asumía en ocasiones y que empleaba como homenaje a quién consideraba su más honorable antepasado. La idea del diseño de la embarcación se le había ocurrido en 1848 al observar con detalle una canoa india ¿hinchable? que le mostrara Archibald Smith. Sin embargo, cuando definitivamente se puso a ello, se basó más en las canoas que había conocido en Norteamérica y en las de doble pala de Kamchatka. El primer modelo medía 4,57 metros de largo, 76 cm de ancho y pesaba 40,8 kg. Estaba construida en roble y disponía de un pequeño mástil desmontable y algunas velas pequeñas. Tenía una cubierta de cedro (algunas referencias nos hablan de un material flexible al estilo de una lona o piel impermeable) con un orificio de 1,2 metros para el piragüista. Nos encontramos pues ante la primera concepción “occidental – civilizada” de un kayak, aunque claramente influenciada por los modelos esquimales. He de reconocer que cuando busqué imágenes del modelo, su aspecto me resultó muy familiar. No en relación con las piraguas a las que estoy acostumbrado a ver en la realidad, sino con respecto a las imágenes de libros de grandes aventuras en piragua realizadas durante el siglo XX, en las cuales, gran parte de sus protagonistas utilizaban embarcaciones claramente inspiradas en la Rob Roy. El componente de formas y medidas de tal diseño, así como la construcción mixta rígida y flexible, se replica también en los modelos de los dos fabricantes actuales más prestigiosos de kayaks desmontables de expedición (Keppler y Nautiraid, especialmente en sus unidades iniciales). La construcción y materiales son ya completamente diferentes, pero no su forma, aspecto del casco y bañera, concepto, etc. Aunque él en todo momento definiera a su embarcación como canoa, visto desde la perspectiva actual, se trataba indiscutiblemente de una piragua o kayak, tanto por sus dimensiones y forma, como por ser casi totalmente cerrada, tener orificio de único asiento y manejarse con doble pala (novedad de la época en Europa). Incluso empleaba un cubrebañeras ajustado al orificio de la cubierta.

Una Rob Roy original del propio Mac Gregor, expuesta en el
National Maritime Museum of Falmouth.

 Perfil, planta y sección de una Rob Roy.
(Imagen: Adrien Nieisen)

 Ejemplar superviviente de una Rob Roy de la época.
(Imagen: intheboatshed .net)

Mac Gregor fue el referente total del piragüismo turístico. Aunque sus viajes en general podrían catalogarse sin reproches como recorridos de aventura, él mismo los consideraba como turísticos. Aquellos primeros viajes fueron, tras muchas reflexiones previas, los que le animaron a probar su canoa como un medio inigualable y perfecto para recorrer el mundo con una filosofía turística propia de las personas más avanzadas (en cuestiones culturales) del siglo XIX. Tanto en su país, como en los territorios que fue visitando durante sus viajes, se le pudo considerar como un raro personaje. Y aunque él mismo pensara que su modelo de desplazamiento podría ser (y probablemente sería) progresivamente más y más utilizado por los viajeros de vocación, el tiempo ha demostrado que no ha sido así. Pues a día de hoy, las embarcaciones ligeras apenas se usan para hacer turismo. Son muy frecuentes en determinados parajes, para actividades deportivo-turísticas “de día”, pero es raro encontrar gente que las emplee como medio de desplazamiento itinerante durante varias jornadas seguidas.

Su viaje en piragua más interesante, desde mi punto de vista, es el que relata en su libro “A Thousand Miles in the Rob Roy Canoe (On the Rivers and Lakes of Europe)”. Ya que su siguiente relato se corresponde con una evolución de embarcación mucho más grande que podemos situar a caballo entre canoa y velero (“The Voyage Alone in the Yawl Rob Roy”). La lectura del volumen referido a su primer viaje resulta muy amena e ilustrativa de las vicisitudes que sucedieron durante tan largo viaje. Resulta especialmente envidiable la pasmosa facilidad con la que en aquella época, un transeúnte podía hacer derecho de uso de navegación por las aguas interiores de todo el continente, sin necesidad de encomendarse a autoridad alguna (los supuestos avances en libertades, no son tantos como nos quieren hacer creer actualmente). Por otro lado, los ríos entonces no presentaban la proliferación actual de enormes presas que (al menos en nuestro país) condicionan muchísimo la logística de su franqueo en embarcación ligera. Mac Gregor era una persona pudiente, algo que se concluye fácilmente de su biografía, y su viaje estuvo organizado de forma que iba comiendo y durmiendo utilizando los servicios de hospedaje y manutención que iba encontrando por los ríos y lagos (posadas, casas particulares, albergues, hoteles, etc.). Tuvo que recurrir a numerosos porteos, unos de larga distancia y otros de escaso kilometraje. Los primeros los solventó a base de vapores (barcos) y ¡trenes! (me da la risa floja pensar en esta posibilidad en la actualidad), mientras que para los segundos contrataba carros tirados por ganado local. Además algún pequeño porteo manual a solas o con la ayuda del paisanaje local, entre el que por cierto, causaba enorme revuelo cada vez que aparecía en las diferentes localidades por las que viajó. En algunas, avisadas previamente por vecinos de lugares previamente visitados por el viajero, se llegaron a formar verdaderas multitudes de recepción o despedida.

Ilustración del propio autor-viajero, navegando a vela.
(Dibujo: J Mac Gregor)

El relato es muy aconsejable para quienes, como yo, tengan una concepción viajera, turística y ociosa del piragüismo. Salvo las diferencias en cuestiones administrativas y logísticas entre ambas épocas, el resto, la solución de los problemas de navegación, la percepción propia del viaje fluvial y hasta las numerosas reflexiones paisajísticas y sociales, resultan sorprendentemente cercanas e imaginables en la actualidad. Se parecen mucho a las experiencias que, en infinitamente menor escala, yo mismo haya podido vivir al viajar de forma itinerante por algunos ríos. El autor cuenta todo el viaje, día a día, sin abusar de extensión en los detalles. Lo hace con buena capacidad narrativa, ya que, en un texto corto, ofrece un análisis humano de sus encuentros, descripciones paisajísticas claras, y las anécdotas o circunstancias de navegación, embarque, atraque y superación de dificultades más reseñables. Lo suficiente para explicar bien y sin necesidad de aburridos enfoques técnicos, el diverso repertorio de maniobras y formas de navegación que fue utilizando (incluida a vela). Por si todo esto fuera poco, el relato se ve amenizado por la inclusión de algunas escenas gráficas dibujadas por el propio autor, así como por un constante tono de humor, fino y elegante, que surge en oleadas bien dosificadas.

 Ilustración de un porteo.
(Dibujo: J Mac Gregor)

Las anécdotas de un viajero piragüista por la Europa del 
Siglo XIX (Dibujo: J Mac Gregor).

Dentro de las múltiples reflexiones que Mac Gregor incluye en su libro de viaje, se me han hecho especialmente cercanas e interesantes algunas relativas a su filosofía de viaje y su personal ética de turista. También otras que tratan de explicar, justificar y argumentar la bondad de decantarse por un kayak como medio de transporte. Gran parte del valor añadido que reconozco en su libro es que todo ello pueda haber sido pensado y puesto en práctica, con total naturalidad en pleno siglo XIX. La obra está ya libre de derechos de autor y disponible legalmente (en inglés) en varios formatos digitales[1].

Portada del libro.

Su viaje empiezó en el Támesis, el cual recorrió en cierta medida para después tomar un tren hasta Dover y un posterior barco hasta Ostende. Ya en el continente, tomó un tren hasta empezar a navegar en el Meuse, pasar por Holanda, cursar parte del Rhin por Colonia, Coblenza, Frankfort, Friburgo, etc. para trasladarse después al Danubio e incluir posteriormente un periplo por varios lagos suizos (Constanza, Zeller See, Zurich, Lucerna…) antes de regresar al Rhin, después utilizar el Mosela, Marne y Sena hasta alcanzar París antes de su regreso porteado (tren y barco) a Inglaterra.

Su primer viaje en canoa, así como la publicación del mencionado libro, procuraron a Mac Gregor gran fama y popularidad, las cuales se tradujeron en una gran proliferación de presencias suyas en diversos foros de divulgación. Sus “correrías” se hicieron bien conocidas a ambos lados del Atlántico Norte, lo que originó que su experiencia creara escuela y se convirtiese en un catalizador de la afición deportiva y turística del piragüismo, tanto en Gran Bretaña y norte de Europa, como en los Estados Unidos y Canadá, donde dicha afición engarzaba fácilmente con las propias costumbres previas de los pioneros. Dentro de esta corriente, labor o función de Mac Gregor, que podríamos calificar como de promocional, hay que destacar un hecho importante. Me refiero a la fundación del primer club de piragüismo (canotaje) del mundo en 1866, el Royal Canoe Club, ubicado a orillas del Támesis y dedicado inicialmente a la promoción del canotaje y el “kayakismo”, en aguas tranquilas, en sus versiones de ocio, turismo, velocidad y maratón. Posteriormente,  tal y como ocurriría con gran parte de las asociaciones deportivas de la época, su vocación se fue haciendo cada vez más competitiva, llegando incluso a ostentar la representación olímpica del piragüismo británico. La fundación de clubes de kayak fue un fenómeno bastante extendido por las zonas de influencia antes mencionadas, y a ellos se debe el desarrollo inicial del piragüismo en todas sus versiones e interpretaciones “occidentales”. Existe numerosa documentación relativa a las actividades y propuestas llevadas a cabo por algunos de estos clubes, y con la mirada actual podemos calificarlas de envidiables, modernas, sugerentes y atractivas. Organización de grandes travesías, concentraciones, campamentos específicos, escuelas de formación, regatas, desarrollo de material de navegación basado en el conocimiento compartido de los usuarios, etc. Y aún en el siglo XIX e inicios del XX, he podido acceder a bastante material gráfico sobre la implicación femenina en estas prácticas deportivas. Así pues, el piragüismo formó también parte importante de ese maravilloso cóctel que elaboraron conjuntamente: la época dorada del asociacionismo deportivo altruista, la pasión por las actividades deportivas al aire libre y la irrupción del concepto de “sportman” dentro de la sociedad.

Otra ilustración (Dibujo: J Mac Gregor).

John Mac Gregor fue un claro ejemplo de “sportman”, con todo lo que ello implicaba, que era muchísimo más de lo que es ahora. Fue además el padre del piragüismo occidental y deportivo. Pero también fue un viajero excepcional, que parecía hacer fácil lo que muchas veces se nos hace difícil o cuesta arriba a los demás: organizarse un poco, planificar una ruta, ponerse en marcha y disfrutar del viaje como proceso vital. ¡Y todo ello en canoa o kayak! ¡Bendita ocurrencia!, gracias a ella, estamos ahora aquí, escribiendo o leyendo sobre viajes en piragua y disfrutando de las paladas en mares, ríos, lagos o canales. Para mi suponía una deuda atrasada el sumergirme un poco en la biografía y textos de John “Rob Roy” Mac Gregor. Al hacerlo, he disfrutado de sus jornadas plácidas en el Danubio, de su navegación a vela en los lagos suizos y del paso por algunos rápidos del Rhin. También me han llegado los aromas de sus cenas y pantagruélicos desayunos en los poblados de las riberas belgas, holandesas, alemanas… y diversión al recrear las peculiares situaciones y encuentros personales que el viajero narra en su relato. Por mi parte no puedo más que sentirme enormemente agradecido a este personaje, y de paso, tratar, de forma adaptada a mi contexto personal geográfico y temporal, de emular sus experiencias o seguir, aunque sea modestamente, la estela dejada por sus “Rob Roys”.




[1] http://www.gutenberg.org/ebooks/40238