viernes, 1 de mayo de 2015

18. GIJÓN, 30 HORAS EN BICI

Retrato de Gaspar Melchor de
Jovellanos (F.  de Goya).
Museo del Prado.
Hace exactamente un año, durante todo el mes de abril, estuve participando de forma personal, casi unilateral, en la propuesta de “30 Días en Bici” que conocí a través de sus organizadores en Gijón, probablemente la ciudad española que con mayor entusiasmo ha acogido y asumido la idea. La pasada temporada llegué utilizar la bicicleta todos los días del mes excepto dos o tres que, o bien me pillaron de viaje hacia algún evento deportivo, o incluso patinando en alguno de ellos. El resto del mes utilicé la bicicleta para entrenar, pasear, desconectar, hacer recados o desplazarme a trabajar, según los casos, y di cuenta de ello tanto en uno de mis escritos, como en una página de Pinterest, cargando una foto de cada una de las jornadas. Sin embargo este año ha resultado todo lo contrario, no firmé el compromiso consciente de que apenas iba a poder cumplirlo casi ningún día. Y así ha sido, a punto de finalizar el mes, he cogido la bicicleta nada más que seis días, una verdadera ruina causada por una temporal sobrecarga de trabajo y compromisos de toda índole, y, esto no es negativo, la alternancia con otras modalidades de entrenamiento deportivo. Sin embargo, el destino ha querido que de alguna manera me haya vuelto a ver involucrado con el fenómeno de los “30 Días en Bici”, y precisamente en Gijón y con sus responsables en la ciudad asturiana. La experiencia no ha tenido nada que ver con los 30 días del mes, pero sí con Gijón, con la bicicleta y con una importantísima relación de intensidad vital / tiempo empleado. De hecho, reflexionado sobre ello, he llegado a la conclusión de que puedo considerarlo como “30 Horas en Bici (Gijón)”.


Salí de Santander un día para comer por el camino y regresé al día siguiente almorzando también por el trayecto. En medio, una sucesión de experiencias de lo más interesantes, casi todas ellas relacionadas con la bicicleta. Vivencias dignas de recordar. Otro regalo del destino propiciado por mi documental “Retrovisión”. Resulta que en el BIBE de Bilbao me presentaron a Carlos, alma mater de la organización del proyecto “30 Días en Bici” en Gijón. Teníamos amigos comunes allí, así que la introducción fue natural, esperada y con ganas de sintonizar. Aquel fin de semana dió pocas oportunidades para entablar mucha conversación pero de ello surgió una invitación por su parte para que proyectara el documental en las Jornadas de Ciclotursimo, que anualmente, en abril, organizan como otro acto añadido de los “30 Días”. Evidentemente acepté encantado y a lo largo de los meses siguientes fuimos concretando fecha, formato, etc. Gijón es una ciudad ciclista desde hace muchos años. Tiene carriles bici en abundancia y una significativa porción de la ciudadanía desplazándose en bicicleta a diario. A la vista del observador extraño no es un fenómeno que llame excesivamente la atención, pero es un goteo permanente y que ha ido empapando el ritmo y la costumbre de la ciudad, hasta hacer que las bicicletas formen parte cotidiana de la misma, de forma natural y sin crispaciones. Además, por lo que pude ver, no es cosa de jóvenes o de grupos concretos, es cosa de gente, sin más. Me consta que la gestión municipal ha tenido algo que ver, aunque sospecho que su implicación no ha sido tan determinante como en los casos de Sevilla o París. Y por lo que he ido indagando desde hace tiempo (no demasiado y sin método científico, lo reconozco), me parece que en este caso se han conjugado casualmente, cierta iniciativa administrativa, con una ya emergente tendencia ciudadana que se había ido generando de forma independiente (la cultura “fixie” formaba parte de ello, así como la aparición de algunos agentes, comercios, etc. en la misma dirección). En ese caldo de cultivo es donde se desenvuelve Carlos, todo un ejemplo de dinamismo social y de estimulación de interacciones entre personas y entidades, grandes o pequeñas. Su proyecto tiene que ver con eso. Con las bicicletas, pero sobre todo con la actividad, la sinergia, la innovación urbana y la alimentación del tejido cultural, ciudadano y enriquecedor. Por eso su proyecto se asienta en los medios más dinámicos de la Red, en la movilidad de las bicicletas y en la integración de la movilidad, con el deporte de las dos ruedas, los viajes, la cultura, la gastronomía, la diversión, el medio ambiente y cualquier cosa que se le pueda ocurrir y aporte riqueza al asunto desde un punto de vista humanista. Con tanto ingrediente apetecible, cómo no me iba a apuntar a la degustación.
Plaza Mayor de Gijón

En lo que respecta al compromiso para el que fui invitado mi estancia allí resultó estupenda. Llegué con sol, pude olvidarme pronto del coche, me alojaron en plena Plaza Mayor en un hotel añejo, de esos que tanto me gustan, y pude tomar parte activa del “mes ciclista” porque los desplazamientos del día por la ciudad los hicimos con unas bicicletas prestadas por el propio hotel.  Lo de asistir a impartir una ponencia o lo que es casi lo mismo, proyectar un documental propio, a un centro cultural, en una ciudad que no es la tuya, en bicicleta, es, además de un lujo, una sensación muy especial de bienestar y de inmediata integración con el paisaje y paisanaje urbanos. Tras encontrarme con otro de los ponentes, mi amigo Víctor (promotor del GP Canal de Castilla), nos fuimos poniendo al día de nuestros más recientes escarceos sobre ruedas, mientras simultáneamente pedaleábamos hacia el Ateneo de la Calzada. La jornada se dividía en tres presentaciones: una a cargo de un representante de Con Bici Asturias, otra sobre el GPCC, y finalmente, la proyección de mi película. La verdad es que la asistencia fue reducida, pero a cambio, los participantes se mostraron muy interesados y ello dio lugar a bastante conversación al finalizar cada una de las charlas del programa. En lo que a mí respecta me llevé una impresión (subjetiva, claro está) de que el documental gustó y espoleó el interés. De hecho, generó bastantes comentarios una vez finalizado. Aprovechando mi estancia, hasta algunos amigos locales se acercaron a saludarme. Me hizo mucha ilusión y lamenté enormemente no haberlos podido dedicar más tiempo (en especial al día siguiente). La jornada finalizó con un apacible regreso nocturno en bicicleta, unas sidras, cena de picoteo con personas de interés y finalmente una activa tertulia tardía con Víctor y Carlos, dando cuenta de un digestivo. La cosa se alargó porque los temas resultaron verdaderamente amenos, y en mi opinión fue una excelente oportunidad para conocer mucho más de cerca y en primera persona, las ideas y los quehaceres que, en relación con la bicicleta, aborda tan interesante personaje. Por cierto que durante la cena pude disfrutar de la conversación con el actual presidente de la Federación Asturiana de Ciclismo, alguien que me causó muy buena impresión, y con una perspectiva del mundo ciclista muy diferente a las que acostumbran a exhibir los modelos federativos (de ciclismo) más habituales en nuestro país.

Más que hablar sobre mi viaje, sobre todo quiero explicar algunos hallazgos descubiertos a lo largo de aquellas horas en la ciudad costera asturiana. Se me antoja que existe un significativo paralelismo entre la historia del ciclismo de Gijón y la de mi propia ciudad de origen, Santander. En ambas el deporte moderno (el no rural) proviene con claridad de sus relaciones comerciales e industriales con el Reino Unido. Son ciudades, a las que, al igual que le ocurriera a Bilbao y otros puertos urbanos del Cantábrico, el deporte moderno llegó en el formato “Sport”, con su estilo, su filosofía, sus ideales, estética y modalidades. La nomenclatura no lo oculta, el Sporting, el Racing y el Athletic son ejemplos futbolísticos de ello, pero algo antes lo fueron algunas entidades ciclistas como la asociación Gijón Sport, la separata de prensa asturiana Cycling Club, el Cyclist Club santanderino, etc. Las fechas en las que van apareciendo diferentes hitos históricos en lo que respecta al desarrollo del movimiento ciclista en ambas ciudades también resultan parejas. El primer club ciclista gijonés del que se tiene noticia fue el Club de Velocipedistas que organizó carreras desde 1889; entre tanto, en Santander, en 1886 se funda la Sociedad Ciclista Santander, acto que tuvo lugar en el Café Suizo (aún existente). Los caprichos anecdóticos de la historia se encargaron que fuera precisamente en otro Café Suizo (en Gijón) donde en el año 1903 los hermanos De la Cuesta, junto con otros deportistas locales, constituyesen en 1903 el Club Ciclista Gijonés, probablemente la asociación deportiva que más hiciera por la promoción de este deporte en sus inicios. En ambas ciudades aparecieron varios velódromos a finales del siglo XIX, coincidiendo en el año 1888 obras en sus dos pistas más afamadas: la construcción del velódromo de La Albericia en Santander y la reforma de ampliación del Velódromo de Gijón en los Campos Elíseos. Gijón se nos adelantó al celebrar en 1908 un Campeonato de España en carretera. En mi ciudad no lo disfrutaríamos hasta 1919. Pero las similitudes vuelven aparecer en otro tipo de pruebas, pues la Vuelta a Cantabria por etapas nació en el año 1925 y la Vuelta Ciclista a Asturias en 1926 (hubo una primera edición en 1925 pero se limitó a una única etapa). En el terreno de lo administrativo, en ambas ciudades se implantaron las polémicas chapas de control de pago de impuestos sobre las bicicletas, especialmente contestada por los asturianos y dignamente negociada por los principales protagonistas del desarrollo velocipédico de la ciudad, a base de escritos, reuniones y ofertas de negociación.
Escapados en la I Vuelta a Asturias (1926)
(Foto: Constantino Suárez)

En ambas ciudades el ciclismo fue primeramente cosa de ricos y una actividad rápidamente bien acogida por la clase alta. En su seno, las figuras de los “sportmen” se hacían notorias, iniciando un cambio de actitud respecto al ocio, que pronto iría ganando adeptos y acabaría siendo imitada por el resto de las clases sociales, hasta hacer de algunos deportes, un patrimonio de entretenimiento y dedicación muy popular (fútbol y ciclismo en especial). En Gijón destacó la afición manifiesta del Marqués Luís Pidal y Mon, a quién era fácil poder en ver en bicicleta durante la década de los 80 y 90 del siglo XIX. Su sobrino, Pedro Pidal, Marqués de  Villaviciosa, sí que fue todo un arquetipo del concepto de “sportman” de la época, pues cultivaba una gran cantidad de aficiones deportivas. Podemos recordar, sin ir más lejos, que fue el primer hombre, junto con su guía Gregorio Pérez “El Cainejo”, en alcanzar la cumbre del Naranjo de Bulnes. A este respecto el Conde Saint-Sud, uno de los primeros exploradores de los Picos de Europa, nos relató que el 18 de julio de 1907, en la casa Velarde, en Bustio, disfrutó de una cena con los otros dos grandes protagonistas del amanecer alpinista de nuestros Picos:

“Schulze nos contó cómo había subido al Picu. En la cima del Naranjo de Bulnes encontró dos botellas, una con una tarjeta de visita y otra con vino. En la tarjeta, que era la del Marqués de Villaviciosa, se leía que el vino era para el primero que consiguiera una nueva escalada. El doctor bebió unos tragos y trasvasó el resto a su cantimplora. El Marqués confirmó que él mismo había subido una de las botellas y Gregorio la segunda. Para celebrar su victoria, bebieron una y dejaron la otra para su sucesor. Schulze agradeció a don Pedro el vino y, sacando de su cartera la tarjeta de visita, se la devolvió a don Pedro, quien, sorprendido, apenas pudo contener su emoción”.[1]
Campamento en Picos de Europa, con Pedro Pidal y el Conde
Saint-Saud (Foto: Gustavo Schulze).

Marqués de Pidal y Vicente Regúlez por la Sierra de
Madrid en 1986 (Foto: Museo del Pueblo de Asturias).

Con anterioridad, en el año 1900 con ocasión de la Exposición Universal de París, se celebraron los segundo Juegos Olímpicos de la era moderna, y se hizo de una forma un poco particular, más en formato de exhibiciones públicas celebradas de manera inconexa a lo largo de varios meses. Una de ellas fue una prueba de tiro al pichón y en ella también tomó parte don Pedro Pidal, abatiendo 25 de las 27 aves que le correspondieron, lo cual le bastó para adjudicarse la medalla de plata. En la actualidad aún hay discrepancias entre la Academia Olímpica Española que da validez a dicha medalla en su palmarés histórico y el COI, que basándose en las consideraciones del historiador Bill Mallon, no incluye esa y otras pruebas celebradas en París como con derecho a reconocimiento olímpico oficial. Todo lo contrario que la medalla de oro en cesta punta conseguida por la pareja española Villota – Amézola, quienes sin llegar a disputar ni un solo encuentro (sus rivales franceses se retiraron por no estar de acuerdo con las especificaciones del reglamento), ganaron la primera medalla oficial (¡y de oro!) del olimpismo español, reconocida desde 1998. Resulta interesante despedirnos de la familia Pidal y seguirle un poco la pista a la pareja de pelotaris para descubrir un par de conexiones.

Francisco Villota Baquiola nació en Madrid pero en el seno de una familia acomodada de Mioño (cerca de Castro Urdiales, en Cantabria). Su afición a la pelota germinó mientras estudiaba en un instituto de Bilbao. Parece que era un “sportman” en toda regla, muy polifacético, como se llevaba entonces (y yo defiendo actualmente). Se sabe que entre otras cosas practicó el ciclismo, pero en especial la pelota y la vivencia de una clara pasión por el fútbol. De hecho, fue una de las personas que, en una reunión celebrada en la Sociedad Vasco-Navarra de Madrid con sus amigos vascos de la Escuela de Ingenieros de Minas, fundó el Athletic Club de Madrid en el año 1903, origen del actual Atlético de Madrid, inicialmente lanzado como filial del Athletic de Bilbao.

En cuanto a su pareja olímpica en el frontón, el vizcaíno José de Amézola, resultó llegar a ser el primer presidente de la Compañía Hullera Vasco-Leonesa, con instalaciones de producción en La Robla. Esto me hace especial ilusión, pues el ferrocarril de La Robla, “El Hullero”, es una especie de recorrido ferroviario olvidado, que sobrevive en estos tiempos actuales de optimización de costes, y nos permite “viajar” por el pasado minero de la Cordillera Cantábrica y recordar todas las vinculaciones comerciales y culturales que muchas de las provincias Cantábricas tuvieron, por mucho que haya quien se empeñe en olvidarlo. De hecho, el recorrido Valmaseda – La Robla, me parece un hermoso e interesante trayecto cicloturista, que ya completé hace años y que en tres o cuatro etapas, ofrece al viajero muchas posibilidades paisajísticas, gastronómicas, históricas y de arqueología industrial. El cicloturista puede además ilustrarlo con unos buenos libros de ambientación (que los hay) e incluso aprovechar el tren para el regreso de este viaje lineal. La Hullera Vasco-Leonesa tenía su mejor cliente en la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, popularmente conocida como “Norte” (evocador nombre en mi opinión), la que con el paso de los años acabaría siendo FEVE. Pero su desarrollo económico se vio catapultado con la creación del Ferrocarril de la Robla que le permitió poder vender su carbón a las industrias del País Vasco. La línea férrea, incluida toda su dotación de maquinaria, fue una empresa privada, puesta en marcha por accionistas variados, agrupados en la Sociedad del Ferrocarril Hullero de La Robla a Valmaseda, posteriormente denominada sencillamente Ferrocarriles de La Robla.

Pero pese a que todas estas conexiones aristocráticas que he iniciado en Gijón y han acabado llevándonos por diferentes caminos del norte, hayan servido como ejemplo del papel que la clase más pudiente tuviera en desarrollo inicial del ciclismo en Gijón y otras ciudades del norte, la bicicleta acabó resultando accesible para la mayor parte de la población, y afortunadamente se popularizó muchísimo, tanto en la esfera deportiva como en el plano de la cotidianeidad. En concreto, en Gijón, la familia De la Cuesta puede ser considerada como el principal agente catalizador del fenómeno ciclista. Aún siendo una familia originalmente acomodada, pronto se hizo protagonista en la fundación de sociedades velocipédicas deportivas, puso en marcha una instalación de entrenamiento y enseñanza con velódromo propio, y asumió un papel de liderazgo en las constantes relaciones reivindicativas ciclistas ante el ayuntamiento y demás autoridades. Tuvieron claro desde el principio que el acceso popular era vital para el interés de la bicicleta y que las puertas de clubes, instalaciones, calles y demás, deberían estar abiertas y accesibles a la mayor parte de la población y sin barreras económicas disuasivas. En concreto, dos de los siete hermanos De la Cuesta, Jesús y Marceliano, fueron los “representantes” de esta familia en el universo ciclista gijonés. Ambos compitieron asiduamente y a nivel profesional, Jesús fue además un propagandista del ciclismo y desarrolló una importante labor como vendedor y fabricante de bicicletas. Marceliano fue todo un “sportman” multifacético, muy activo en la vida de clubes y asociaciones de diferentes modalidades y con una larga carrera de vinculación al fútbol, además de su dedicación ciclista. Por cierto que entre los méritos del primero debemos mencionar la puesta en marcha de excursiones ciclistas no competitivas por la región asturiana.
 Los hermanos De la Cuesta: Jesús y Marceliano (Foto: familia
De la Cuesta).

Carnet de asociado de Marceliano.

Pero lo que más me sorprendió de este descubrimiento ciclo-histórico fue encontrarme con la existencia pasada de Cuesta y Cía, una empresa fundada en 1901 para fabricar bicicletas y montarlas con componentes extranjeros. Poco a poco su capacidad de desarrollo avanzó, y cuatro años más tarde diseñaron su propia bicicleta, caracterizada por una robustez acorde a las necesidades de adaptación a las carreteras españolas. En 1910 construyeron 124 unidades y la cifra aumentó progresivamente hasta alcanzar una producción de varios miles. Sin duda fue la primera fábrica de bicicletas del norte de España, hasta que en Eibar se pusieran a ello en los años veinte (en alguna medida incluso aprovechando la experiencia asturiana). El poderío económico de las marcas eibarresas, apoyadas por el capital de la burguesía vasca y unas notoriamente mejores condiciones de fabricación (electricidad, sector metalúrgico más desarrollado, etc.), harían que en Cuesta se decantaran por una producción más selecta, buscando una alta calidad e incluso la fabricación personalizada. La verdad es que lo poco que he podido encontrar de documentación al respecto, y admirar directamente, al observar detalladamente dos ejemplares expuestos, me ha bastado para hacerme una idea de la apuesta técnica de la firma. Se hace alusión a sus manillares abiertos y cómodos y a su característico plato con las letras CUESTA dándole forma, pero quizá deberíamos tener más en cuenta el hecho de que sus cuadros fueran hechos a medida, a menudo utilizaran tuberías de importación y se acabaran con pintura esmaltada al fuego. Pero además de todo esto, su inspiración en fabricantes británicos como Brampton, BSA y otros, queda clara porque optaron por cambios de tres velocidades en el interior del buje, al estilo Sturmey-Archer. Este detalle que pudiera parecer poco importante, en especial para los aficionados al ciclismo deportivo en España, a mi me parece transcendental desde hace décadas (desde mis primeros viajes ciclistas al extranjero), a partir de haber comprobado que en la mayoría de los países del norte de Europa, la tecnología ciclista aplicada a las bicicletas en general (exceptuando las de carreras desde mitad del siglo XX), se decantaba por los cambios internos de buje y los frenos de tambor, mientras que la versión “mediterránea”, en cuanto a componentes, lo hacía por el cambio de coronas con desviador y los frenos de pinza y zapatas. Así pues, estamos ante un caso singular, en el que una marca española apostaba por estilo de fabricación más propio de países como Inglaterra, Holanda, etc. Una pena que la empresa no haya sobrevivido hasta nuestros días.
 Detalle de un plato Cuesta

 Un tandem Cuesta de aproximadamente 1919.

Detalle de una bicicleta cuesta con cambios en el buje.

Mi estancia en Gijón fue de lo más aprovechada. La mañana siguiente a la jornada de la proyección, desayuné disfrutando, dejé el equipaje y todo preparado en el coche, y me dispuse a aprovechar la mañana por el casco antiguo de Gijón. Tenía dos objetivos claros. El primero fue acercarme hasta el Antiguo Instituto Jovellanos, en el que en su patio interior, resguardado por una espléndida cubierta acristalada, me esperaba la exposición “La Bici en Gijón”, de la que he extraído parte de la información que acabo de explicar. La exposición era modesta pero interesantísima, con algunos ejemplares de bicicletas de la colección Rafael Occiuzzi que he tenido la suerte de admirar en mucha mayor extensión en Medina de Rioseco en anteriores ocasiones, y dos joyas supervivientes de fabricación Cuesta. Pero además, un enriquecedor complemento expositivo a base de documentos y reproducciones gráficas, con suculenta información sobre la historia del ciclismo local, algo que sin duda me enganchó poderosamente y me animó a plantear este escrito. Por si la visita hubiera sido poco, me regalaron un ejemplar de un libro-folleto (en mi opinión libro con todas las de la ley) sobre el asunto de la exposición, que su lectura y consulta me han entusiasmado[2].
Exposición en el Antiguo Instituto.

El callejeo matinal me animó mucho, especialmente al comprobar que entre algunas antiguas librerías destacables y otros negocios de los de siempre, están apareciendo nuevos comercios con vocación de singularidad y especialización: una sombrerería, una tienda especializada en papel y cartonaje de calidad, etc. El mismo Carlos y sus socios han encontrado su hueco allí, instalando su tienda-taller para bicicletas, “Ciclos Esplendor”, un local añejo con aire nostálgico en lo material y dinamismo juvenil en lo humano. Fue un placer hacer una breve visita y comprobar que en esta ciudad haya un lugar especializado en el que poder encargar algunos apaños singulares o peculiares para tu bicicleta, sin que te miren mal, ni se extrañen de que solicites algo diferente al “sota-caballo-y-rey” de la presión del mercado actual. Mi enhorabuena, os deseo lo mejor.
 Ciclos Esplendor: la fachada.

Ciclos Esplendor: el interior.

Me tocaba marchar. Más bien coger el coche, porque antes de despedirme definitivamente de la ciudad, quería saldar otra deuda pendiente. Una calmada visita al Jardín Botánico del Atlántico, situado al sur de La Laboral. ¡Menudo acierto! En mi vida, poco a poco, he ido visitando y recorriendo algunos jardines diferentes. No es algo que anteriormente buscara conscientemente, pero una accidental acumulación de experiencias de este tipo, finalmente me ha proporcionado cierto criterio y cada vez mucha mayor sensación de placer el visitarlos. Así pues, en la actualidad, si cuando viajo me entero de que en el destino hay algún jardín o parque interesante, intento incluir su visita en mi programa personal. Pues lo de este jardín botánico me ha dejado marcado, es una auténtica maravilla. Una preciosidad caracterizada por el buen gusto y por la gran variedad de propuestas. No me siento capacitado para relatar la experiencia de todo su recorrido, pero puedo asegurar que hay trayectos y rincones sublimes. Por ejemplo un largo paseo recto sobre tarima, con una espectacular hilera de robustos troncos a un lado y una colorida sucesión de camelias al otro. Lo dicho, esto no se puede describir, hay que ir allí y disfrutarlo con calma y sosiego. Prueba de que el paraje me dejó verdaderamente impresionado, fue el hecho de que una vez de vuelta en casa, me diera por preguntarme de dónde había salido aquello y me pusiera a investigar un poco. Se trata de una iniciativa pública relativamente reciente. Sin embargo, en el centro de su extensión se partía de un jardín ya existente, que denominan “El Jardín de la Isla”. Quiere la causalidad (o quizás no) que aquel proyecto fuera un encargo de Florencio Valdés, importante hombre de negocios gijonés, fundador del periódico El Comercio, mecenas cultural y muchas cosas más. Entre sus principales iniciativas estuvo la fundación de la Sociedad Compañía de Tranvías de Gijón en 1889. El asunto viene a colación porque la primera línea (hacia La Guía) acercaba a los ciudadanos al Ensanche, donde estaban ubicados tanto la plaza de Toros, como… ¡Los Campos Elíseos!, precisamente el emplazamiento del principal velódromo de la ciudad. Por otro lado resulta rocambolescamente casual que el epicentro de la competición ciclista primigenia en Gijón estuviera ubicado en un lugar con idéntico nombre que aquel en el que cada año finaliza el Tour de Francia. Al parecer la demanda del tranvía (inicialmente propulsado por tracción animal, a base de mulas), era bastante estacional, porque respondía principalmente a las épocas en las que las gentes se desplazaban por motivos de ocio y entretenimiento a esa zona tan dinámica de la ciudad. Cuando uno se embarca a escarbar un poco en la historia y vincula pequeños nodos de interés, parece que la red se teje sola, y uno puede llegar a hacerse una idea de que el cambio de siglo gijonés, debió de ser, cuando menos, entretenido.
 Detalle del Jardín de la Isla.

 Jardín de la Isla.

Pasillo de las Camelias.

Jardín Botánico Atlántico (un molino).

Tras este viaje relámpago a Gijón me ha quedado claro que tengo que hacer más caso a Asturias. Nunca me ha defraudado, es una comunidad autónoma vecina con la que simpatizo mucho, y está bien cerca. Quizá sea eso precisamente, junto con su similitud con mi “tierruca”, las culpables de que vaya dejando siempre pasar demasiado tiempo sin regresar de visita.





[1] CONDE SAINT-SAUD: “Por los Picos de Europa. Desde 1881 a 1924”. Ayalga. 2ª edición. Salinas, 1995.
[2] MATO DÍAZ, A.: “La Bici en Gijón. Del Velocípedo al Carril Bici (I)”. Divertia Gijón – Ayuntamiento de Gijón. Gijón, 2015.

2 comentarios:

  1. Hola de nuevo José. Me ha encantado el artículo. Tuvo que ser romántico el ver de cerca el despertar de la bicicleta en el norte.
    Hay un par de párrafos en que indicas fechas (1998) que cronológicamente debieran ser anteriores. El origen de los velódromos y el reconocimiento de la medalla de Villota....
    En todo caso se vé que te lo curras. Enhorabuena!

    ResponderEliminar
  2. Hola Javier, me alegro de que te haya gustado, y gracias por el aviso del baile de fecha. Efectivamente, en cuanto a lo de los velódromos es 1888 y no 1988 (ya está corregido). En cuanto a lo del reconocimiento la medalla, aunque parezca mentira no es un error, hubo una revisión en 1998 por parte del COI, encargada al mencionado historiador, de las que esa y otras muchas medallas pasaron a reconocerse muy recientemente pese a haber sido conseguidas un siglo antes.

    ResponderEliminar