viernes, 6 de junio de 2014

20. LA HISTÓRICA 2014

Camino Soria by Gabinete Caligari on Grooveshark


La convocatoria soriana es siempre una excelente oportunidad para reencontrarse uno con la esencia del ciclismo retro. No falla. Es una cita poco alejada de nuestra tierra, tremendamente amable y en esta ocasión, la primera prueba de marchas retro de mi segunda temporada. Pese a que soy poco dado a repetir eventos (naturaleza inquieta que a uno le caracteriza), regresar a Abejar para tomar parte en La Histórica, por segunda vez, ha sido todo un acierto.

Si bien nuestra idea inicial había sido la de ir a pasar el fin de semana completo a tierras sorianas, un par de compromisos nos hicieron cambiar de planes y reducir el viaje a una única noche fuera de casa, la del sábado. Sin embargo eso no sólo no desmereció en absoluto la fantástica percepción de fin de semana, desconexión y viaje, sino que nos obliga a mantener una deuda permanente con la sierra soriana que esperemos nos haga regresar a no mucho tardar (sigo empeñando en hacer cumbre en el Pico Urbión). Lo gracioso del caso y del cambio de planes es que nos permitió, el sábado por la mañana, asistir a una larga sesión de clase-entrenamiento de una actividad que si que resulta retro en sí misma: la esgrima. Por esos caprichos de la biografía personal, hace treinta años tuve la fortuna de iniciarme en tan peculiar y casi ancestral deporte (en la fina y elegante modalidad del florete). Me encantó. Quizá esa especie de gen o tara que me aqueja y se me manifiesta en un evidente apego a lo antiguo ya había empezado a germinar en mi personalidad. Pero, por razones obvias de ausencia de posibilidades y oportunidades para su práctica, apenas había vuelto a tener ocasión de tirar esgrima hasta hace muy poquito. Ahora ha sido con sable, lo cual implica variaciones técnicas notables y nuevos procesos de automatización gestual, pero lo principal permanece y el entretenimiento y disfrute pudieron regresar de nuevo. Total que después de andar cruzando los aceros, esquivando estocadas y filos, saludando con protocolo al contrincante y emulando los arriesgados comportamientos sociales de los caballeros (y marrulleros) de antaño. El montarse en una bicicleta clásica rodeado de forofos de los cuadros de hierro, casi se nos ha antojado como una modernidad.

En definitiva, que a la postre nuestro viaje empezó después de comer, a través de una ruta en la que apenas circulamos unos 12 kilómetros de autovía. ¡Cómo cambia la vida! Y con ella los anhelos y preferencias que uno tiene. Toda la edad adulta suspirando por vías rápidas que unieran nuestra siempre ninguneada (especialmente en materia de comunicaciones) región de Cantabria por parte de los sucesivos gobiernos centrales. Y a día de hoy, prefiero que no avancemos en dicha cuestión, que las carreteras reviradas, trabajosas, aéreas y enrevesadas nos sirvan en cierta medida de barrera psicológica disuasoria para evitar una afluencia de visitantes excesiva, insostenible y arrasadora. Por favor, que no se me interprete mal, bienvenidos sean los visitantes, todos ellos por supuesto, pero de pocos en pocos por favor, de manera que los podamos atender como se merecen, sin que se convierta aquello en un destino de ocio y turismo industrializado. En cuanto a las ventajas de las vías rápidas… pues será que me estoy haciendo viejo, pero el caso es que viajo mucho más entretenido conduciendo por las carreteras convencionales, especialmente si éstas discurren por parajes naturales y atravesando muy pocas poblaciones. Trato además de hacerlo sin prisas innecesarias ni estrés. Mi desempeño laboral no tiene nada que ver con los grandes desplazamientos por carretera y ninguna rutina de fin de semana me obliga a tener que repetir, semana tras semana o periodo vacacional tras periodo vacacional, una misma ruta en la que finalmente quieras que el trago pase lo más rápidamente posible. Total que viajar a Soria desde casa, por bonitas carreteras, sin apenas tráfico y sin prisa, en cierto modo se convierte en un componente más del entretenimiento. Más a la vuelta, gracias a que el sol nos dejó ver las conocidas, aunque nunca aburridas, estampas paisajísticas; mientras que a la ida alternamos chaparrones con algunos claros ilusionantes.

Al igual que el año anterior nos alojamos en el Hotel Puerta Pinares. Y como en aquella ocasión el trato de su personal y las facilidades dadas fueron inmejorables. Es más, la cuestión requiere una breve reflexión. Como en tantos otros asuntos de la vida, la mayor parte de empresas proveedoras de servicios han ido ganando terreno con respecto a los usuarios, en el sentido de que son ellas las que marcan las costumbres de uso de los servicios (sistemas contadores eléctricos cambiados unilateralmente, obligatoriedad de contraer un contrato con alguna entidad bancaria privada para poder cobrar el sueldo, caprichos de la moda…). En el caso de la hostelería por ejemplo es norma universal el que las habitaciones se desalojen antes de las 12 de la mañana, independientemente de a qué hora las tomas coma usuario. Vamos, que los horarios de disfrute no dependen de los planes de viaje y actividad de los clientes, sino de la norma establecida por el gremio. Precisamente eso es algo que infinidad de veces supone un importante desajuste para los viajeros con intenciones deportivas (acudir a eventos deportivos lejanos). Pues en este caso, al hotel del que estoy hablando, hay que reconocerle y alabarle la postura de flexibilidad y adaptación, que nos ha permitido poder disfrutar con tranquilidad del evento deportivo y poder igualmente hacer uso del alojamiento para recoger y adecentarnos como es debido. Aprovechamos una vez más para darles las gracias desde aquí.

A Abejar llegamos a media tarde y nada más instalarnos caminamos hasta el pabellón para disfrutar del ambientillo previo, recoger los dorsales y curiosear por los puestos de venta de bicicletas usadas, piezas y complementos de ciclismo vintage. La barra con cañero nos pareció un complemento acertado del que hicimos uso, mientras ya nos fuimos encontrando con algunos de nuestros amigos y conocidos habituales. Si hay un valor que cuando empecé con esta afición por el ciclismo antiguo estaba ausente, pero que ha ido creciendo evento a evento, es el de permitir mantener en el tiempo, de forma moderada pero permanente, algunas relaciones de amistad que surgieron como consecuencia de estas pruebas y que perduran casi exclusivamente gracias a ellas. Por allí estaban Pedro e Isabel con toda su familia soriana, a la que fuimos saludando. Mari y Lucas, a quienes tampoco veíamos desde el pasado octubre en l’Eroica. Y por supuesto Roberto, con su simpática y optimista presencia de siempre, su actitud positiva y cercana. El “heroico” grupo de la pasada Eroica reunido al completo.

 Roberto, un servidor, Lucas, Javier y Pedro.


Al recoger el dorsal, de lo primero que te das cuenta es de que la generosidad de la organización del evento sigue vigente. La bolsa de regalos pesa. Camiseta, varios productos gastronómicos de la tierra, una botella de tinto de Ribera, etc. Así que una vez más, además de ofrecer una prueba bonita, divertida y bien organizada, nos darán de comer a la llegada y nos hacen regalos de verdad de bienvenida, “chapeau”. De regreso al hotel algunos encuentros con lectores anónimos del blog, que nos reconocen y saludan. Eso me hace una ilusión especial, porque puedo poner cara y humanidad presencial a las estadísticas de visitas. Escribir me gusta, más aún poder generar cosas sobre las que escribir, claro está, pero cuando te encuentras con gente que se ha tomado tiempo suficiente para leer tus textos, te sientes orgulloso y un poquito realizado. Así que muchas gracias desde aquí a quienes me habéis dicho algo al respecto, seguiré en la brecha. También saludamos a caras conocidas del año pasado o de otras citas del calendario retro, antes de dejar los presentes en la habitación y de organizar un poco el equipaje (el tándem ya había sido descargado, puesto en orden de marcha y guardado, antes que nada).

De vuelta al centro del pueblo, caminando siempre entre sus calles tranquilas de fachadas de piedra y sólidas construcciones sencillas preparadas para resistir los diferentes rigores de cada estación del año, podíamos ver algún que otro preparativo. En un garaje particular acababan de poner a punto una flamante Zeleris roja que estaba como nueva. Me acordé de la de mi incansable amigo Jesús, la cual funciona a la perfección pero muestra a las claras su edad (desde una óptica puramente estética). Txema Santisteban me puso al día de su bicicleta, una Bianchi de principios del Siglo XX que le compró a un casual compañero de ruta en l’Eroica al acabar el recorrido y que él ha ido mejorando durante el invierno. La bicicleta es preciosa y con detalles muy interesantes (freno delantero por rozamiento con la cubierta, llantas de madera, y piñón de tres coronas sin cambio, con un sistema para no perder demasiado tiempo cuando decides parar y utilizar otra corona, por ejemplo al pié de una verdadera cordillera). Por si fuera poco, todo el cuadro en un azulado tono “Bianchi”. Enhorabuena, en esta reunión esa bici ha sido la que más admiración me ha provocado, sin que por otra parte el atuendo le fuera a la zaga en idoneidad.

 Txema Santiesteban con su Bianchi



Entretanto apareció mi amigo Enrique Aja con su “yerno” Juan. Nos saludamos y mantuvimos un buen rato de conversación. Con Enrique la tertulia está asegurada en cualquier momento y lugar. Lo mejor fue la primicia de que el 14 de septiembre, en Solares (Cantabria), se celebrará la primera marcha retro oficial de nuestra región, organizada por él. En esto de los eventos cicloturistas tiene mucha experiencia, así que estoy seguro de que será un éxito. Algo se está moviendo en la atmósfera del ciclismo añejo, porque ya se empiezan a escuchar rumores de posibles citas en Zalla y Asturias. Me alegro mucho, al final como no se coordinen los promotores tendremos hasta coincidencias de fechas, pero como la cosa cuaje en el Cantábrico, creo que el crecimiento del fenómeno va a ser exponencial, porque pocos territorios han mostrado tanta actividad ciclista deportiva a lo largo de toda la historia del ciclismo, como por aquellas lluviosas y montañosas tierras.

 Con Enrique Aja (sus gafas son históricas, la primera irrupción de
Oakley en el Tour de Francia, de la mano de Greg Lemond).



Para cenar nos sumamos a la económica sugerencia de la “hamburguesada” popular. Cañas y hamburguesas reuniendo de nuevo a los anteriormente citados “heroicos”, y muchísima conversación. Tantos meses sin vernos da para mucho. Proyectada sobre la pared del frontón la película “La bici de Ghislain Lambert” intentaba con poco éxito reclamar nuestra atención. No nos engañemos, la cinta lo merece, es una entretenimiento ideal para disfrutar en casa, porque además de su cómico ritmo, refleja fantásticamente bien la época del ciclismo de los años 60-70, sin embargo, ante una compañía tan esperada y tan pocas veces disfrutada, lo primero es lo primero y la sociabilidad humana, supera, afortunadamente, al ocio pasivo de pantalla (¿podrán decir esto en el futuro nuestros descendientes?). Pero si alguien aún no la ha visto, que se busque la vida porque respecto a nuestra común afición, es un peliculón. La conversación fluía con todo tipo de temas, mientras desde el fondo el bullicio cada vez más festivo y exaltado del nutrido grupos de Aranda se hacía más y más patente. Esa gente sí que monta una participación colectiva jovial y juerguista noche y día, saludos desde la reposada mirada de los de la generación de Perico y compañía, aquellos que nos criamos siguiendo en la prensa a Fuente y Ocaña, da gusto ver que este tipo de “movidas” cuaja entre la gente joven.

Myriam y yo nos retiramos a una hora prudencial, tras una semana bastante cargada de asuntos laborales, familiares y de otras índoles. Y aunque al día siguiente el madrugón probablemente no podría calificarse como tal, a nosotros nos lo pareció, prueba de que el reposo nos hacía falta. En el hotel volvimos a tener el siempre agradable aunque fugaz encuentro y saludo anual con José Joel Lusson, a ver si en al futuro nos tomamos el tiempo suficiente para tomarnos un café o un vino y poder así cambiar impresiones. Un buen desayuno variado y completo para compensar la desequilibrada dieta nocturna y a los sillines camino del pabellón. La mañana estaba fresquita pero prometía una jornada seca y de sol. ¡Genial! Porque las previsiones se habían mostrado bastante inciertas hasta ese día.

En la plaza la gente iba llegando con sus monturas y sus indumentarias. Mucha alegría, simpatía, ganas de pasarlo bien y colorido. Un infatigable acordeón que todavía resuena en mi cabeza cada vez que cierro los ojos (como cuando de pequeño salías del cine tras ver una película impactante), animaba la mañana dando ritmo y cobertura sonora al colorido ambiente cada vez más nutrido. Los elegantes descapotables y un impecable 600 posaban orgullosos dispuestos a darnos cobertura, en especial el 4L del mecánico, quién con un humor y paciencia incuestionables supo soportar una jornada bastante laboriosa por cierto. Y una modesta Vespa 200 cargada hasta la saciedad de diferentes líquidos reconstituyentes reposaba también discretamente, quizá concentrándose en lo que la esperaba de recorrido. Las fotos se cruzaban, los saludos se repartían sin tacañería, y las bicicletas iban gozando de la alabanza muchas veces silenciosa de los numerosos admiradores que allí nos íbamos concentrando. Re-encuentro con los conocidos de la víspera y saludos a los recién llegados. Como siempre Tomás ¡faltaría más! Pedro Zelaya, más lectores eventuales, personajes del año anterior y… una demoledora ausencia, Mari y Lucas habían tenido que ausentarse a causa de una repentina y desagradable situación que a todos sus amigos nos ensombreció bastante la jornada. Nuestros renovados ánimos desde aquí, y deseando encontrarnos de nuevo cuanto antes.




Una vez sellado el carnet de ruta, todos nos fuimos colocando bajo el arco de salida, y con ganas y sin prisa fuimos saliendo agrupados por las calles de Abejar rumbo al oeste. El recorrido era el mismo que el año anterior, aunque con un importante cambio, pues un largo e importante tramo de carretera bacheada y pistas sin asfaltar ha sido recién pavimentado, convirtiendo su paso en un placentero paseo de turismo natural entre pinares de relieve cambiante. Una gozada para los sentidos y para el alma. El ambiente era festivo, el talante colectivo divertido y las paradas de reagrupamiento las justas y creo que más breves que el año anterior (mejor). Muy buena proporción de gente joven, lo cual me alegra, teniendo en cuenta que la experiencia trata de recuperar las máquinas, estética, espíritu, leyendas y personajes de una época deportivo-cultural obsoleta. La proporción femenina, como ocurre con cualquier evento ciclista presente o pasado (salvo los “tweed rides”), minoritaria. En cierto momento las chicas se animaron a posar todas juntas y ahí se vio que realmente no eran demasiadas, aunque su personalidad, aderezo y simpatía hicieran que durante la ruta parecieran ser muchas más.




En el agradable rincón de Muriel Viejo sellamos nuestra tarjeta por segunda vez. El tramo siguiente es precioso, allí el grupo se estira hasta romperse y se puede rodar más espaciado, algo que se hace necesario porque la carretera, además de algo sinuosa y con perfil muy cambiante, tiene un firme que requiere cierto tacto y precaución, especialmente con un parque móvil de bicicletas cuya efectividad de funcionamiento es muy diferente a la de la actualidad. Lamentablemente, en una curva cerrada y en descenso, un participante acabó enredado en alambre de espino en un talud por debajo de la carretera. Todos lamentamos el hecho, entonces, durante el resto del día y aún hoy. Afortunadamente, pese a las magulladuras, heridas y un hombro dislocado, nuestro compañero de ruta se mantuvo fuera de mayores peligros, según posteriormente nos informaron los organizadores. ¡Ánimo! Y hasta otra próxima ocasión, nos puede pasar a cualquiera.

En el tándem rodábamos a gusto, el artefacto siempre llama la atención y se encarga de que socialicemos más de lo habitual porque el resto de la gente siempre se siente animado a comentarte algo cuando pasas a su lado, eres adelantado o compartes algunos kilómetros. Lo normal es que vayamos muy lentos subiendo, con respecto a los demás, bastante rápido en los tramos rectos en descenso (algo inevitable si no quieres acabar con las zapatas en dos días), con extremadas precauciones en las curvas y muy favorecidos en el llano o contra el viento. No es cosa nuestra, son las leyes de la física las que imponen tal comportamiento. Bastantes nos recordaban del año anterior, es fácil acordarse de lo que resulta menos habitual. Salvo una salida de la cadena en Calatañazor, el comportamiento de la fiel máquina que nos acompaña desde hace ya más de dos décadas fue perfecto, sin averías, ni pinchazos, ruidos o disfunciones. En un momento dado un manillar desconocido irrumpió inesperadamente entre los aros del mío, y el conjunto de los tres ciclistas (ya multitud) acabamos en el suelo. Teniendo en cuenta que eso sucedió llegando al reagrupamiento de Calatañazor (cuesta arriba y a punto de detenernos), no pasó nada. A mí hasta me dio tiempo de bajarme en marcha, Myriam cayó de lado haciéndose un simple moratón y el joven ciclista del contacto parece que sólo se llevó el susto y un sincero pesar de culpabilidad del que espero fuera capaz de deshacerse enseguida. Respecto a la bicicleta, unos rasguños en la cinta del manillar del copiloto (heridas de guerra). Por lo demás, la bici del joven era preciosa, creo recordar que una Zeus roja flamante, como de estreno. Espero que pueda darle mucha vida, ya que la bicicleta lo merece.

 Acercándonos a Calatañazor.



Tras remontar el “pavés medieval” de la afamada localidad que tuvo el mérito de seducir al mismísimo Orson Welles hasta que hizo de ella el decorado real de algunas escenas de su película “Campanadas a medianoche”, allí nos esperaba el clásico avituallamiento soriano a base de chorizo frito, torreznos y vino o cerveza a elegir, dieta que por su evidente contenido en grasas resultaría más propia para esfuerzos aeróbicos de larga duración que los aeróbicos de duraciones medias o algo más cortas. Aunque eso, en realidad, metidos en faena, con hambre y ganas de comer… ¿a quién le importa? Máxime cuando 60 km para algunos supone duración tirando a breve, mientras que para otros un reto de resistencia casi eterno ¿o no?. Por si a alguno le pareciera poco, el ofrecimiento final de una especie de contundente pastel energético, garantizaba que por falta de “fuel” no iba a quedar la cosa para poder regresar a Abejar. Por supuesto que en estas y otras paradas los acompañantes que viajaban en vehículos a motor (especialmente en el autobús) se nos unían al palique, así que allí conocí a un reciente ciclista retro de Donosti y a su mujer Isabel, con quienes entablamos una interesante conversación que promete ser la semilla de una más que probable amistad ciclista.

 Llegando al avituallamiento.



De nuevo en marcha nos fuimos dejando caer a cola y casi en plan de sobremesa nos colocamos a la vera de Enrique Aja y de Juan para iniciar una divertida y entretenida tertulia que con la única interrupción del ascenso al Collado del Sabinar, nos duró varios kilómetros hasta el momento en que la carretera de tierra hiciera su aparición. El ascenso nos lo tomamos con calma, poco a poco, tal y como recomendamos para cualquier pareja de tándem. Con cadencia y paciencia fuimos remontando algunas posiciones cuyos “corredores” lucían desarrollos claramente perversos para la época actual y a sufridos/as ciclistas que habían tenido que echar pié a tierra ante la repentina y quizá inesperada emboscada orográfica. Superada la dificultad nuestra tertulia se retomó y las carcajadas se sucedieron. Conociendo a Enrique desde hace ya muchos años, la TVE me había demostrado anteriormente que si había que poner en fila a un pelotón él tenía capacidad, oficio y agallas para hacerlo, pero después de esto, he corroborado que si lo que hacía falta era ralentizar a todo un aforo sobre ruedas, tiene ingenio, personalidad y repertorio para tenerlos entretenidos, distraídos y tranquilos a todos, los kilómetros que haga falta.

Curva de noventa grados a la derecha. Los últimos kilómetros son sobre pista de tierra, el tándem requiere atención y ya nos disponemos a ir a lo nuestro. El firme es llevadero, no presenta dificultades y dispone de dos rodadas claras y suficientemente anchas aunque hay que estar atento para evitar algunos baches y trazar con cuidado algunas curvas. Una chica que rodaba cerca nuestro se descontroló intentando evitar un bache, acabando en la cuneta con un mal golpe en un mal sitio. Ánimos también para ti. Poco tiempo después reagrupamiento final en la ermita campestre y llegada colectiva a Abejar con la ruta concluida. Era ya la hora de comer, así que aparcamos la bicicleta, sellamos el libro de ruta y nos sentamos con una fresca caña de cerveza junto con algunos de nuestros amigos y haciendo también un hueco para Javier (de Valladolid) con quien en tantas citas retro y concentraciones de clásicas nos hemos encontrado. Repusimos energías con una sabrosa paella, flan y más contundentes dulces por si alguno se quedaba con hambre. Por supuesto un rico café de puchero, antes de atender a la entrega de premios y al dilatado sorteo de regalos, amenizado por el incansable acordeón.


 Parte del "equipo heróico": Pedro, Roberto y nosotros.



Dado por finalizado el encuentro nos despedimos de quienes pudimos, es lo que tienen las prisas por evitar regresar a casa demasiado tarde. Muchos se nos quedaron sin el consabido apretón de manos, pero están en nuestra memoria y esperamos volver a verlos, especialmente sobre ruedas, en futuras ocasiones. Lo primero era regresar al hotel, preparar el tándem para el viaje, instalarlo en la baca del coche, ducharnos y cargar el equipaje. En recepción, una vez más amabilísimos… ¡volveremos!. Después acercarnos ya con el coche al agazapado supermercado de Abejar y localizar allí a Isabel (esposa de nuestro compañero ciclista Pedro y oriunda del pueblo), quien nos acompañó a comprar el consiguiente bote grande de boletus deshidratadas, para poder degustarlas en casa en alguna cenita regada con Ribera y acompañada de frescas endivias (el queso azul o las anchoas ya las pondremos nosotros). Más despedidas y en ruta.

Fatigamos no quedamos, 60 km no suele representar un esfuerzo ciclista excesivamente duro, especialmente si el perfil no incluye puertos importantes. Aunque eso depende de cada cual, su estado de forma, la bicicleta que llevara, etc. Pero de lo que estoy seguro que ninguno de los participantes pondrá en duda, es que si hay que elegir quién fue la persona que más ejercicio hizo y que más tiempo estuvo ahí, en la brecha, dale que te pego, sin descanso y atento al pelotón, tanto mientras éste rodaba, como en las paradas e incluso en los prolegómenos, tal figura no fue otra que ¡el acordeonista! Un aplauso.





El viaje de regreso nos lo tomamos muy tranquilamente, la bonita tarde invitaba a ello. Si el fin de semana había comenzado con un “viaje al pasado”, a los tiempos en los que las diferencias y discrepancias de honor se solventaban con duelos a hierro, finalizaba cruzándonos por tierras burgalesas con un largo rosario de coches de época y vintage  restaurados, seguramente procedentes de alguna concentración. Y ya puestos, paramos a tomar un café en uno de los lugares más añejos del itinerario de vuelta: el Balneario de Corconte, donde el edificio, los jardines, salones, decoración y mobiliario te hacen también volver algunas décadas atrás y pensar que has estado pedaleando con Ocaña, Bahamontes, Pérez Francés e incluso Loroño o Berrendero.

La temporada ha comenzado para mí. En pocas semanas tengo tres citas internacionales seguidas, en tres escenarios con gran sabor ciclista legendario pero muy diferentes entre sí: Flandes, el Peak District y las inmediaciones de  Anjou. Dos de ellas serán muy exigentes, en especial las temidas 100 millas (con mucho recorrido no asfaltado) británicas. Pero todo ello serán nuevas historias de las que daré cumplida cuenta a su debido tiempo. Mientras llegan, aprovecho para felicitar a Alberto Faricle y a todo su equipo de colaboradores, porque en La Histórica siempre nos hacen sentir muy a gusto. Confío en que acierten a dar continuidad a su propio estilo.




2 comentarios:

  1. Hola, Jose. Soy Carlos, he coincidido contigo en la Monreal y la Retrovisor, aunque apenas hemos charlado más que alguna palabra. Me encantan tus crónicas y te felicité por lo que escribiste sobre Vicente Trueba. Leyendo esto de la Histórica no dudo mucho de que acudiré, si no me surge ningún inconveniente. Un saludo,

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  2. Gracias Carlos, confío en que nos volvamos a encontrar y podamos charlar más. gracias por leer el blog y me alegro que te guste. Desde luego que acertarás yendo La Histórica, porque el recorrido es muy bonito, y el ambiente inmejorable. Una buena oportunidad para ir aumentando la nómina de conocidos.

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