jueves, 12 de septiembre de 2013

37. PARIS



“Me considero anfitrión del mundo. Aquí se alojan viajeros no sólo de toda Europa, sino también de ultramar y de oriente. Nadie les pregunta sus creencias con tal de que respeten las de los demás. No necesitan exhibir salvoconductos, les basta el certificado innato de su humanidad. Se les recibe cordialmente y nadie apresura su marcha: no quiero parecerme a los reyes que conocemos ni tampoco a la propia vida, que suele ser inhóspita”.

Fernando Savater (“El jardín de las dudas” [palabras que el autor pone en boca de Voltaire])


La Challenge Retro 2013 va llegando a su fin. Esta semana me encamino a participar en la anteúltima prueba de las seleccionadas, y que me han llevado por diferentes comarcas españolas y a varios países europeos. Hace  ya  varias semanas  que me refería al comienzo de lo que entonces denominé “temporada francesa”, y este inminente evento, dará fin a dicha temporada, anunciando el cercano final de toda la Challenge.

El escenario lo merece: viajo a París. La cita es en una población situada a unos 40 km de la “ciudad de la luz”, al este o sureste de la misma. Allí pedalearé, pero la estancia y la visita en general la voy a vivir en París, y como siempre (en esto soy muy afortunado) viviendo la ciudad desde su centro. París me apasiona, es (a excepción de Madrid, donde viví como estudiante durante cinco años) la capital de país que mejor conozco y más haya visitado. La causa principal no es otra que una significativa vinculación familiar con unos pocos residentes, la cual aprovecho, sin hacer ascos, con frecuencia. Todo lo contrario, con gran placer. Así que ya he perdido la cuenta de las ocasiones en las que he estado allí. Y todas ellas me han aportado vivencias interesantes, y me han proporcionado emociones y sensaciones agradables, así como numerosos momentos de felicidad. Resumiendo, que me gusta mucho París y que me alegra poder disfrutar del privilegio de poder viajar allí en cualquier momento.



La segunda vez que visité París (la primera fue demasiado fugaz, aunque entrañable) llegamos allí en moto, cargados con maletas laterales, baúl y bolsa de depósito. Veníamos desde La Rochelle y Biarritz, y era el comienzo de un largo periplo que nos haría recorrer gran parte de Europa durante aproximadamente un mes. La estancia allí fue de lo más agradable y relajada, y dio mucho de sí. Nos alojamos entonces en un típico piso parisino en el Boulevard Malesherves, bastante céntrico, al norte, aunque siempre dentro del Peripherique. [Apéndice I: resulta que el tal Malesherbes fue un censor gubernamental. Pero de esos que nos hubieran venido bien a todos en cualquier caso histórico en el que la humanidad haya tenido que sufrir a un censor. Lo digo porque él fue pieza clave en conseguir que la Enciclopedia impulsada por Diderot, d´Alembert y compañía no fuese censurada, clausurada o abortada. O al menos eso parecía opinar Voltaire. La Enciclopedia fue una iniciativa del conocimiento humano sin paragón, una auténtica revolución en lo que a la divulgación cultural, científica, artesanal, profesional, tecnológica, etc. se refiere. Algo casi comparable en su día a lo que la irrupción de internet ha supuesto para nosotros en la actualidad. Todo ello además en un momento de efervescencia del pensamiento, la filosofía y la revolución ideológica en Occidente. Y todo ello con un estilo, elegancia, calidad y rigor impresionantes para la época. Lo puedo afirmar porque atesoro un facsímil de láminas del Tomo VII, de un tema que me gusta mucho, correspondientes a la edición de 1769]. [Apéndice II: precisamente esta misma calle es donde Coco Chanel (nacida en Saumur, ciudad que la homenajea cada año en la Velo Vintage), se instaló al llegar a París, en unpequeño apartamente en el que también ubicaría su primera tienda se sombreros]. A parte de recorrer y disfrutar sin prisas muchos de los barrios y lugares más conocidos de la ciudad (que siendo una actividad aparentemente simple, en París se convierte en una experiencia maravillosa en la puede el paseante pasar de los barrios más bohemios a la majestuosidad de los edificios y enormes espacios clásicos, a los detalles del canal, etc.), las circunstancias nos llevaron a pasar una jornada en el complejo de negocios de La Defense, tomado aquellos días por una especie de feria del deporte que había instalado todo tipo de equipamientos deportivos entre los imponentes edificios que homenajeaban (estaba de moda entonces) el desarrollo, el progreso, los grandes negocios y la modernidad arquitectónica. La paradoja se encontraba allí de forma fugaz: el citius, altius, fortius del deporte ante la misma tripleta filosófica de la arquitectura iconográfica del final de siglo XX europeo. Recuerdo todo aquello, porque visitando una especie de palacio de exposiciones, vimos en directo, en una pantalla gigante el final de la etapa del Tour de 1991, en la que Miguel Indurain se enfundó el maillot amarillo, creo que por primera vez, en lo que constituiría, a la postre, el comienzo de su incontestable reinado en el Tour de Francia.



Rincones...


En París uno puede disfrutar de muchos placeres y escenarios culturales e históricos. Precisamente la música no parece ser de lo más destacado por el resto del mundo. Salvando a los clásicos, los intérpretes y compositores franceses son por lo general unos grandes desconocidos para el público español. También para mí, aunque algunos músicos galos me gustan y procuro escuchar lo que allí valoran y escuchan algunos sectores de la población, cuando tengo la oportunidad de hacerlo. Pero vamos, que no es música precisamente lo que más trato de buscar cuando visito el país vecino. Sin embargo, de nuevo las circunstancias han hecho, que en dos de las ocasiones en que he visitado París, haya podido asistir a sendos conciertos de música moderna. El primero completamente “indy”, de Mister Crock (el grupo en el que mi sobrino Marc ejerce de baterista). Fue en un local retirado y de lo más discreto y “underground”, aunque su música, bastante ecléctica, no lo sea en absoluto. Lo pasamos bien, sobre todo por la compañía, el ambiente juvenil y alternativo, y el apego emocional al músico de la familia.





El otro concierto ya fueron palabras mayores. Nada más y nada menos que Patricia Kaas, en La Villete, ante miles de espectadores en un conciertazo importante. Y además fuimos en moto, nos cruzamos media ciudad en sendas motos grandes, cada pareja en una para asistir a un concierto nocturno repleto de fans. La cantante apenas es conocida en nuestro país. Sin embargo un ídolo para miles de seguidores que la veneran en Francia desde hace ya décadas. A mí me encanta, especialmente cuando canta el repertorio de toda su época inicial, que resulta más bien cabaretero. Aquí enlazo un par de videos de dos de sus canciones más famosas, para que los lectores puedan juzgar por sí mismos. Imagínense a esta mujer, cuando aún no había cumplido los 20 años, seduciendo a grupos de rudos mineros de provincias en locales pequeños en los que lo buscado era la evasión del duro trabajo y la bebida. Con su voz poderosa y rasposa cuando se hace necesario, y su sentido musical los encandilaba a todos. Por lo visto así es como empezó.

Y otro...

 


De mi experiencia personal previa en París podría estar escribiendo párrafos y más párrafos, y lograría, sin lugar a dudas, aburrir a todo el mundo. Sobre su historia, su importancia clave en la historia europea y mundial, más, pero estaría perdiendo el tiempo, pues millones de personas habrán escrito más y mejor al respecto. Sin embargo algo me apetece contar, y para no perderme he decidido comentar levemente algunos asuntos relativos a la ciudad, que sin ser los más típicos, tópicos, importantes o destacables formalmente, personalmente me llamaron la atención en su día o aún me hacen recordarlos. Empezaré por los parques. París tiene varios parques. Uno de ellos es enorme: el Bois de Boulogne, al que se accede relativamente fácilmente desde el centro oeste de la ciudad (también me alojé de gorrón en un excelente piso justo enfrente de la embajada rusa, limitando prácticamente con el parque al que hago referencia ahora). El Bois de Boulogne se llena de ciclistas los domingos, por supuesto de esos que pedalean despacio o  de familias en bicicletas, pero también de auténticos pelotones nutridos, que generan ataques, escapadas, sprints, etc. Por allí he paseado una vez en barca de remos, hemos cenado en plan “chic” en una ocasión, en un antiguo chalet (ahora restaurante), al que se accede también en bote; he jugado al tenis en un típico club al estilo antiguo y he asistido casi accidentalmente a un fiestón de coches clásicos que la firma Louis Vuitton acostumbra a celebrar cada año y en el que actores y gente de la farándula parisina entregan premios a los propietarios de los bólido mejor conservados o restaurados. Pero por encima de todo, lo que más he hecho en este extenso parque es correr, trotar sesiones largas de entrenamiento de resistencia con mi cuñado y anfitrión. Trotar por el bosque, junto al Sena, por caminos, alrededor de estanques, cerca del hipódromo… Aquello es el gran pulmón de esparcimiento de los parisinos durante los fines de semana. Por la noche mejor no acercarse… todas las grandes ciudades tienen su lado oscuro.

Sin embargo, aún siendo mucho más modesto y pequeño, a mí casi me gusta más el conjunto de los Jardines de Luxemburgo, situado cerca del Boulevard Saint Germain. El barrio en sí es muy bonito, mucho menos turístico que otros lugares del centro de la ciudad y lleno de vida urbana local y de sabor. Y el parque responde a su vecindario. Tiene una zona de estilo palaciega, con filas de pasillos y espacios de diseño geométrico y delimitación botánica, y un amplio estanque circular donde una ocurrente idea artesanal entretiene a los niños (y da de comer a alguna persona). Se trata del alquiler de veleros de madera que navegan al viento y son corregidos de rumbo y puestos en marcha de nuevo por sus “patrones” con la ayuda de un bastón y desde el borde. Bonito, barato, sostenible, original y muchas cosas más. Los barcos navegan escorados con elegancia aprovechando eficazmente la leve brisa, mientras los chiquillos corren alrededor del estanque ejercitando sus músculos y educando sus habilidades perceptivas. En los jardines hay canchas de tenis, petanca, etc. Mesas para jugar al ajedrez protegidas del sol y o de la lluvia por marquesinas, e incluso los domingos, hay clases de “Jeu de Paume” (modalidad histórica precursora del actual tenis) que tratan de recuperar el origen de la modalidad. También hay una zona frondosa con arbolado de gran porte, mucho seto, bancos tranquilos, estatuas clásicas y zonas verdes donde poder ponerse a leer, estudiar, comer, sestear, etc. con calma y paz. Se ve gente que sale de trabajar con su fiambrera y se va allí a comer, lectores de aire libre y todo tipo de vecinos que huyen por unos minutos de las calles. Pero todo ello con atmósfera de disfrute público y ciudadano de un parque que es de todos y que sirve a todos. Sin renunciar a su estilo, su belleza, su historia… y sin nuevos derroches ni desembolsos de las arcas públicas.




Permítanseme un par de apuntes artísticos. ¿Sólo dos? ¿En París? Sí, solamente dos. Ni Louvre, ni nuevas galerías, ni nada. Tampoco grandes exposiciones antológicas como la que visité de Toulouse-Lautrec (que más tarde complementé gratamente, muchos años después, en el museo que el pintor y cartelista tiene específicamente dedicado en Albi). No, mis dos preferencias son el museo d’Orsay, el cual me resulta sencillamente fascinante en contenido y continente, y nunca me aburro de volver a visitar en dosis moderadas. No sólo su tan reconocida colección de impresionistas, que es fantástica. Es que tiene mucho más que ver y con lo que disfrutar: obras de épocas y estilos de pintura muy diferentes, algunas esculturas, además de otros contenidos más singulares, como por ejemplo los espacios dedicados a los muebles de estilo “art nouveau” (modernismo). También el inmueble, la elegante estación construida para la Exposición Universal del 1900, reacondicionada, pero conservando sus relojes, su marquesina de vidrio y metal, el diáfano espacio de los andenes y plataformas, el salón de baile del antiguo hotel, etc. me parece fascinante de por sí. Merece la pena emplear tiempo (y ocasiones) en la visita de este museo. No empacharse, disfrutarlo en dosis. Y como detalle, el enorme cuadro mural de Sorolla, del carro de bueyes sacando un bote del mar: qué luz, qué dimensiones, qué detalles… ¡qué maravilla!. Y allí me alojo en las últimas ocasiones, no en el museo, por supuesto, pero sí, literalmente a unos 15 metros de distancia de una de sus fachadas. [Aprovecho para otro apunte que me seduce: recordar lo que la exposición universal de 1900 supuso para París, para Europa y para el Mundo. De su ejecución proviene la citada estación, y por supuesto la Torre Eiffel, el Petit y el Gran Palais y el puente Alejandro tercero. Arquitectura modernista, arquitectura de vidrio y metal, desafío estructural y tecnológico. Aquello debió ser todo un apogeo de vanguardias artísticas y culturales, coincidiendo también con las décadas postreras del impresionismo pictórico. Aquel escenario dinámico haya sido quizá una de las épocas más bonitas de haberse podido vivir. Por si fuera poco, dentro de su programa de actividades se incluyeron los segundos Juegos Olímpicos de la Era Moderna.

 Cuadro de Sorolla en el museod'Orsay (foto Internet)



La otra “píldora cultural” es pequeña y llevadera. Un palacete ajardinado y céntrico (el antiguo Hotel Biron), no alejado de la ribera sur del Sena, aloja un museo dedicado en exclusiva al escultor Rodin (y lógicamente también en parte a su atormentada y sufrida compañera temporal Camille Claudel). Las obras son espectaculares y llenas de fuerza. Y es agradable, diferente y recomendable disfrutar de un museo mucho menos concurrido, de un tamaño más que asequible y dedicado prácticamente en exclusiva a la escultura, a las tres dimensiones, a una mirada atenta y diferente del arte, al que casi siempre acudimos predispuestos a observar en 2D, como quizá de forma demasiado abusiva nos han acostumbrado a hacer los colegios y universidades, durante siglos, con sus pizarras antes y sus pantallas ahora; la televisión, el cine y tantos otros dispositivos actualmente.

Sigo con mis vivencias urbanas. En verano puedes cruzarte gran parte de la ciudad patinando. Sí, yo lo he hecho, de forma legal y sin grandes dificultades, pese a no ser un experto. Muchas de las carreteras y túneles de la orilla norte del río están cerradas al tráfico durante el verano, y se preservan para el uso de bicicletas paseantes y patinadores. Todo ello conecta con la playa artificial y lúdica que se monta en la orilla y que se llena de gente con ganas de disfrutar de ambiente playero y veraniego en la capital francesa. Desde un poco más al este de Notre Dame, hasta más allá del Trocadero (yo me alojaba entonces en un clásico y envidiable piso en la plaza de Víctor Hugo; un barrio señorial y de “categoría”, bastante tranquilo, del pude disfrutar, una vez más por causas ajenas a mi convencional nivel de vida), puedes patinar utilizando esas carreteras clausuradas, el borde asfaltado del río y carriles-bici dispuestos por algunas calles. Cruzar sobre tus pequeñas y rápidas ruedas esta enorme y elegante ciudad da una enorme sensación de libertad y alegría. Recorrer, por ejemplo los Campos Eliseos, patinando sin riesgos, a tu aire, como si París fuera por unos momentos tu ciudad y te tomases toda la confianza del mundo para deambular por ella como un ciudadano fijo más. Muy recomendable. Con el paso de los años, desde hace relativamente poco tiempo, la ciudad ha ido experimentando una importante transformación en los hábitos de movilidad urbana. Tras valientes acciones institucionales se ha logrado algo que parecía impensable para esta capital: la implantación extensiva de una utilización cotidiana de la bicicleta que abarque a todo tipo de edades y condiciones sociales. A ello contribuyó la fuerte apuesta por un servicio municipal de bicicletas (casualmente el mismo que tiempo después se implantó Santander), el fomento de su uso a través de diferentes campañas municipales, la creación de una red muy extensa de carriles-bici y, recientemente, la calificación de muchas calles y barrios como de utilización ciclista (lo cual implica una serie de medidas variadas y sorprendentes que no vamos a tratar aquí para no abusar). En cualquier caso, nada parece imposible después de ver lo que está pasando en París al respecto. Todo ello coincidiendo ahora además, con una ola de proliferación de subculturas y tendencias urbanas que incluyen a la bicicleta (en sus diferentes estilos) como uno de sus iconos representativos.


 En uno de "mis" barrios.

Patinando junto al Sena.

Al comentar anteriormente mi estancia en las inmediaciones de la Bois de Boulogne, he recordado que una de nuestras estancias allí coincidió con la celebración de la XII Degustación de Whisky de Malta del Clan Pagüenzo, organización que tengo el gusto y orgullo de presidir desde su fundación hace ya diecinueve años. El Clan es una institución no registrada. Clandestina podríamos decir, aunque no sería exacto definirla así ya que no se dedica a nada ilegal, ni se esconde. Lo que pasa es que es voluntariamente ajena a todo tipo de regulación pública, pues considera que ninguno de los modelos previstos por la legislación española (nada imaginativa en lo relativo al asociacionismo y cargada de prejuicios característicos en las democracias infantiles o adolescentes como la nuestra) permiten ubicar a nuestro Clan en ellos, sin perder parte importante de su esencia. Nuestro Clan no tiene estatutos, pero si reglas y tradiciones no escritas pero compartidas por todos sus miembros. Tampoco hay junta directiva, y menos aún procesos electorales o asambleas. Alguien lo fundó y cuando haga falta dejará el legado de su responsabilidad a quién crea mejor indicado para su preservación. Sin embargo el Clan crece y no ha fallado en la organización de su prácticamente único evento anual en ninguna ocasión. En el total de  nuestras sucesivas fiestas de degustación, se han disfrutado ya más de 80 whiskys diferentes, la mayoría de ellos de malta (de vez en cuando admitimos algún ejemplar de otro tipo por cuestiones temáticas, comparativas, monográficas, o de otra índole). Pero no me ocupo más del tema, tan sólo quería destacar que precisamente fue París, el lugar que acogió una de nuestras reuniones. Una bien recordada por cierto, en la que disfrutamos de la compañía de una nutrida delegación de invitados locales que por una vez tuvieron la oportunidad de conocer nuestro Clan desde dentro.


Tartán exclusivo del Clan Pagüenzo.

No estoy contando todas mis andanzas por París. Son bastantes, y algunas de ellas poco tienen de especiales o merecedoras de ser rememoradas aquí. Prácticamente todos buenos recuerdos, pero claro tan sólo interesantes para mí o mis allegados. Como señalé al principio, hoy es un breve ejercicio de flashes de la memoria, fogonazos que recuerdo con intensidad y que de una u otro manera me pueden parecer singulares. En este sentido, los alrededores de París también me han deparado alguna que otra vivencia interesante. Versalles lo conocí en una de mis primeras estancias. Probablemente esté considerada como una de las visitas de periferia más destacadas, sin embargo a mí no me llenó especialmente. La verdad es que hacía un calor tremendo, y resultó ser algo demasiado previsible, demasiado parecido a lo que tantas veces había visto en las películas o documentales, y sin ningún componente “mágico” o especial que le diera un valor añadido a mi paseo. No sé si estoy siendo capaz de explicarme… ¿bonito? Si mucho, pero se trató de una visita turística sin más. Algo muy diferente a lo experimentado en la zona de Maissons-Laffitte por ejemplo. Se trata de una zona ubicada al oeste de la capital (en el bosque de Saint Germain), sembrada de extensos bosques y plagada de picaderos, e instalaciones para el entrenamiento y la competición de caballos en diversas modalidades ecuestres. Los caballos me gustan, y allí, aunque brevemente, tuve la ocasión de disfrutar de una sesión de enseñanza técnica, en una época en la que practicaba, digamos que regularmente, ese deporte. Otra zona interesante de las inmediaciones de la gran ciudad es Fontainebleau. Está bastante más alejada, a unos 50 km del centro de la ciudad. Se trata de un lugar cuidado, frondoso, que alterna casas esparcidas, un núcleo urbano pequeño, algún canal y mucho espacio verde. Un lugar muy tranquilo, apetecible y agradable. Allí llegamos a visitar, guiados por un reciente ex alumno, la sede del afamado INSEAD, instituto en el que se imparte uno de los máster MBA más prestigiosos de Europa además de pionero. Las instalaciones son modernas, lo mejor es su equilibrada comunión con el entorno rural y campestre en el que se localizan. Pero evidentemente, lo más atractivo resultaba imaginarse allí participando de tanta producción e intercambio de conocimiento. Mucha envidia (sana por supuesto). Con ocasión de la Patrimonie me toca pedalear por otra zona de extrarradio parisino, veremos a ver lo que me depara la cita.

Y eso es todo por hoy, parte de “mí” París. Cada cual tendrá el suyo, y los parisinos no digamos. A mí “el mío” me llena mucho cuando puedo disfrutarlo o cuando lo recuerdo, premeditada o espontáneamente. Un puzle de sabores, sensaciones, emociones e infinidad de recuerdos, preferentemente visuales. En unos días vuelvo allí, lo estoy deseando, y en este caso con la bici a cuestas. Ya os contaré.

2 comentarios:

  1. Hello José,
    here are some pictures and video from the Patrimoine 2013 :
    http://www.youtube.com/watch?v=a73f7kWTwzI

    http://www.flickr.com/photos/vcsenlis/sets/72157635541367091/

    Have fun at L'Eroica next month!
    David
    vcsenlis.com

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  2. Merci David...
    I've seen your nice video, the pictures and your club blog. I really enjoyed a lot in La Patrimoine,nice atmosphere. I didn't feel alone at any time. Next friday My report will be published here in the blog.
    Best regards José.

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