viernes, 27 de septiembre de 2013

39. ANECDOTARIO II



“No quisiera en forma alguna que nadie adoptara mi modo de vivir, pues, más allá de que antes de que aquél lo haya aprendido bien yo puedo haber encontrado otro distinto, prefiero que en el mundo existan tantas personas diferentes como sea posible, y que cada uno se ocupe de encontrar y proseguir su propio camino y no el de su padre, su madre o su vecino”.

Henry David Thoreau (“Walden”).

El final de la Challenge, que en el fondo era, en su creación, el objetivo primordial de la misma: la participación en l’Eroica, se me está haciendo largo y cuesta arriba. Hasta aquí todo ha ido sobre ruedas. Estoy encantado con la experiencia a todos los niveles. Pero el curso académico ha empezado de nuevo, el trabajo se me acumula, el clima se vuelve más incierto, se agolpan los asuntos y temas familiares, laborales, burocráticos y demás. Todo ello me va robando tiempo para ser constante en el intento de mantener cierto estado de forma física y me crea dudas. Tampoco he podido planificar bien el viaje. El trabajo me obliga esta vez a que sea en plan relámpago y a que los horarios (especialmente el de regreso) se amontonen contra el final del evento, metiendo presión, generando estrés y creando incertidumbre. Por si fuera poco he dejado para última hora las reservas de alojamiento y eso me complicará la salida de la ruta de madrugada. Son muchas cosas que he preferido voluntariamente posponer e ignorar hasta última hora, para poder centrarme a tope (como suelo hacer siempre) en quehaceres de trabajo importantes y que no pueden demorarse. Cuestión de responsabilidad. Pero no son disculpas, a todo ello hay que añadir algo más, algo puramente ciclista y que tal y cómo ha surgido, hubiera aparecido igual aunque estuviera de vacaciones. Me refiero a que ya estoy satisfecho de bicicleta. He montado bastante a lo largo de todo el año, mucho más que de costumbre, y desde luego muchísimo más que en los años más recientes. He disfrutado enormemente con ella, tanto en los eventos de la Challenge, como en los entrenamientos o salidas con amigos. Sin embargo, desde hace unas pocas semanas, ya no me apetece tanto salir a rodar. Estoy encantado de coger la bici para algún plan que tenga significado para mí (luego comentaré algún ejemplo), pero eso de tener que salir a hacer kilómetros, por el simple hecho de que aún tengo que mantenerme rodando durante horas, eso ya me sobra. No había pasado durante el año, probablemente por el “hambre de ciclismo” que tenía, pero ya lo he saciado. No me apetece nada repetir tramos que normalmente me tienen enamorado, porque ya los he cubierto unas cuantas veces a lo largo de los pasados meses. Y sobre todo noto una clave inconfundible de mi carácter… que me apetecen muchas otras actividades deportivas, que este año he dejado muy en segundo plano. Aún así, como es de esperar, no sólo no voy a abandonar, sino que he empezado a concienciarme de lo que queda, he empezado a organizarme y desde hoy, ya estoy dirigiéndome mentalmente hacia ello.



Hace dos días he rodado tres horas. Hacía mucho calor, pues septiembre, como suele ser habitual por aquí, nos está regalando algunos días veraniegos deliciosos, y aún el agua del mar está muy agradable para el baño. Sin embargo algunos detalles inesperados me han sorprendido y han interrumpido mis cavilaciones de rodador solitario. Hoy me he encontrado con claridad con las primeras imágenes otoñales. Tengo que recordar que la temporada  la empecé en pleno invierno. Que en entradas pasadas del blog, di cuenta de alguna excursión de esquí de montaña, de una irrepetible ascensión al puerto de Alisas en una mañana soleada con medio puerto cubierto de una gruesa capa de nieve, e incluso de que a finales de marzo, inauguraba la Challenge Retro 2013 con la Pendle Witches en la que atravesé varias millas de paisaje completamente nevado. Después vino la primavera y con ella las imágenes y tramos de frondosidad verde y de vergeles surcados por carreteras sinuosas. Una primavera que me emocionó y empezó a llenar el calendario de eventos. Hasta ahora he pedaleado por el verano, su calor, sus puertos y sus montañas. Pero de repente ya está  aquí el otoño, y esta semana he transitado por algunas carreterillas estrechas y solitarias en las que mis finas ruedas se han encargado de ventilar y hacer volar por el aire los primeros montones y acumulaciones de hojas secas. No tengo preferencias por las estaciones del año. Todas me agradan, todas me aportan felicidad. Pero hay algo de especial que tiene el otoño que me encandila. Tiene mucho que ver con la transformación del colorido de las hojas de los árboles, cuando va mutando del verde hacia los ocres, marrones, amarillos, naranjas y hasta rojos en algunos casos excepcionales. Cuando pienso en otoño siempre evoco las dos actividades que más me impulsa esa estación a poner en marcha: caminar por el monte y sus bosques, sólo o acompañado, aunque eso sí, siempre con mi perro Macallan alrededor, husmeando todo y pendiente de mi paso; y circular por carreteras muy rústicas, estrechas y nada transitadas, levantando hojarasca al paso de las ruedas de mi bicicleta o incluso de la moto, mirando de reojo de vez en cuando, o por el retrovisor, cómo revolotea la nubecilla marrón que se desprende del asfalto. Para lo primero, el senderismo, me da igual el tiempo que haga, hasta me hace ilusión tenerme que cubrir con un cortavientos, un jersey de punto o una visera; para el disfrute de las carreteras, me decanto por los días soleados que de vez en cuando nos regala esta estación.

Si antes comentaba que cierto gusanillo de aprensiones previas a la cita más importante de la temporada, me estaba alterando un poco el ánimo, quizá se me entienda mejor al explicar una reciente anécdota. Durante el final del verano apenas he utilizado mi Razesa negra clásica que tras su restauración denomino “Randoneur I”. Tras la exigencia de algunos eventos y sus viajes, especialmente la exigente “In Velo Veritas” y “El Tour de Trois”, la bicicleta quedó muy tocada y debí aparcarla hasta tener tiempo para darla un buen repaso. Una pena porque es la bicicleta con la que más kilómetros he hecho este año, con bastante diferencia sobre todas las demás, y siempre (hasta Basilea) con un comportamiento impecable. El caso es que tuve que desmontar el buje delantero, limpiarlo entero, engrasarlo y me percaté de que las pistas de rodadura estaban algo dañadas, por lo que esa rueda ahora tan sólo tiene la función de adorno estético y salidas cortas no demasiado alejadas (2 a 3 horas). No hay problema, a la Toscana llevaré una rueda en correcto estado que no tiene mucha diferencia de aspecto. Aún así la bici quedó a la espera hasta que cierto día me puse manos a la obra. Desmonté gran parte de los componentes, cepillé o lije parcialmente el cuadro, lo pinté casi completamente de nuevo y le coloqué unas pegatinas Razesa que había encargado. Sustituí una roldana dentada del desviador trasero porque una de las originales había pedido tres dientes. Recoloqué las manetas de los frenos y los ajusté. Remplacé la cinta de manillar, muy sucia y dañada por una nueva de aspecto de cuero muy bonita, e incluso instalé una bomba clásica con soportes de metal y cuero, que “pega” perfectamente con el cuadro negro. La bicicleta quedó lista y preciosa para disfrutar de nuevo de mis salidas y de l’Eroica, así que me puse a rodar en ella de nuevo. Hace tres semanas salí por las inmediaciones, por un recorrido habitual que tengo, de unas dos horas en las que encuentras de todo: ascensos, descensos, muchas curvas, repechos cortos pero intensos, bastantes baches, etc. Hay que cambiar de marcha y frenar muy a menudo. Todo iba bien hasta que ya casi llegando a casa, en plena subida, de pié sobre los pedales ¡zas! Sin percatarme absolutamente de nada, me encontré desplomado contra el asfalto, como si un rayo me hubiera fulminado. Afortunadamente no me hice daño y heridas muy leves. Al levantarme enseguida constaté lo que había ocurrido, la cadena se había partido de improviso, seguramente cuando más fuerza hacía sobre el pedal izquierdo, quedándome en ese instante sin apoyo, yendo a parar al suelo sin remedio. Total, rasguños en la cinta de manillar nueva (es lo que más rabia me ha dado), desconfianza y comprar una cadena nueva por si acaso, que aún no he instalado en la bicicleta. Espero hacerlo este fin de semana, así como probar la bici de nuevo, de cara al viaje claro. Por un lado me dio por pensar que esto de las bicicletas antiguas podría suponer un riesgo extra por las averías, pero la verdad es que después de toda la caña que la he dado este año, considero que simplemente ha sido mala suerte. Peor fue lo de Luís León Sánchez justo en la primera pedalada de salida de la prueba de CRI en los Juegos Olímpicos de Londres, tras tantos años de esfuerzos y preparación. En este sentido precisamente las máquinas retro ciclistas, parecen desde luego mucho más agradecidas, fiables y sostenibles económicamente que los aviones, barcos, coches o motos antiguos.

Lo que no cabe ninguna duda es que desde hace semanas estoy “entrenando” (rodando) mucho menos que el resto del año. De hecho, demasiado poco en mi opinión. La pereza de pensar en itinerarios por los que salir desde casa está haciendo que cuando surge la ocasión coja desvíos diferentes que me llevan por tramos de enlace que desconozco de forma que me salen recorridos parcialmente improvisados. Eso está bien, pues gracias a estas libertades y anárquicas decisiones, estoy descubriendo algunos tramos muy interesantes, agradables y solitarios. Es un aliciente añadido que compensa el ánimo ya algo desgastado. Para seguir adaptado al asiento y al pedaleo y minimizar todo lo posible la reducción kilométrica, procuro hacer recados o desplazamientos cotidianos en bicicleta. Son pocos, pero algo es algo. Para ello utilizo cualquier bici, la que más apropiada me resulte en ese momento o para ese desplazamiento. Un baño en la playa, ir al cajero, a la tienda… lo que sea, mejor en bici que en coche o andando. Son pocos viajes y menos kilómetros, pero el caso es subir y bajar al sillín. O mejor dicho a los sillines que son varios diferentes. Esta semana he podido salir dos días a rodar (de los tres que esperaba poder conseguir), pero uno de ellos al menos ha supuesto algo de estímulo. Fueron tres horas, pero con recorrido muy variado, e incluyendo una ascensión corta (unos 5 km) pero que pasa de ser dura al inicio, a muy dura en su final. Mi hermano y yo lo llamamos el “Mortiroluco”. El tramo final es una pista asfaltada con oleadas de rampas de muy duro porcentaje en la que te retuerces mientras casi no avanzas. Sufrí. Demasiado además. Pero me lo tomé como una bendición para mantenerme aún un poco en forma. Eso sí, el tramo de pista tiene luego su recompensa con un cresteo algo aéreo, de esos en los que la pendiente de las alturas cae a tu vista… por ambos lados de la carretera. Me encanta esa sensación, es una perspectiva de desplazamiento poco frecuente, y quizá por ello tan atractiva. La disfruto mucho, tanto en bicicleta como caminando por las montañas o sobre todo esquiando. Insisto en que no es fácil de encontrar tramos así, pero los metros que duran… dan gustirrinín.
 
El sacrificio de tanto entrenamiento ha venido provocado por muy diferentes causas. Además de las responsabilidades comentadas (laborales, familiares, etc.), recuerdo cuatro planes que frustraron igual número de salidas, pero de los que no me arrepiento en absoluto. El primero fue un delicioso paseo en kayak, por el tramo más costero del Río Miera, con mi octogenario padre, en una embarcación doble con un coeficiente de marea de más de 90, aprovechando la pleamar y disfrutando de un día soleado estupendo. Mereció la pena en todos los sentidos, dimos una remada sosegada, agradable y no demasiado larga. Ideal para disfrutar los dos y hacer algo diferente en nuestras vidas cotidianas. También en plan acuático, una tarde quedamos algunos pocos miembros de nuestro modesto y local club de aventura, orientación y aire libre, para bucear (sin bombonas). Es una actividad en la que me prodigo muy poco, aunque me gusta cuando las condiciones son buenas. Precisamente este verano aún no me había estrenado por aquí, así que no lo dudé. Bajamos a las pozas que hay bajo unos espectaculares acantilados costeros. El día era perfecto: cielo completamente despejado, calor y nada de viento; con la marea más bien baja y el mar muy tranquilo. Disfruté muchísimo porque la visibilidad era magnífica y la fauna y flora submarinas se mostraron muy generosas esa tarde. El paso rozando los “bosques” multicolores de vegetación sumergida me recordó precisamente paisajes otoñales de superficie ¿un anuncio? Quién sabe. Lo pasamos muy bien, y conseguí que este verano no se marchase sin ninguna inmersión.

 "Las Pozas" desde el acantilado.

Zona de inmersión.

Tercer plan: un festivo me fui con parte de la familia a la feria de ganado de Santiurde de Reinosa (“mi pueblo” familiar y el escenario de mis veraneos infantiles). El ambiente fue estupendo, la selección de vacuno local espectacular, con varios rebaños de tudancas (la raza más emblemática de Cantabria) hermosísimas y muy lucidas. Pudimos entablar conversación con dos productores de vino blanco de la región (asunto en el que Myriam y yo estamos muy interesados de unos años a esta parte) y conocimos al segundo productor de cerveza artesana de Cantabria (“La Cervezuca”). De paso, cargamos con algunas botellas de cada cosa. Pero además de todo eso, es toda una alegría que cuando deambulas entre los feriantes y ganaderos, algunos se te queden mirando y te identifiquen por el aire familiar, para acto seguido entablar una conversación aderezada con anécdotas, historias antiguas y la clara sensación de que tu regreso al pueblo genera cierta alegría e ilusión entre sus vecinos. Y eso es algo que te despierta el apego a tu tierra, a tus orígenes y al pueblo.

 Cabaña de tudancas de Tomás Cuevas (Santiurde de Reinosa)

Uno de los bueyes tudancos de "Carnicería Cuca" (Santiurde de Reinosa)


Finalmente, lo más reciente de todo ha debido ser nuestro viaje de un día a la localidad guipuzcoana de Oñate. Hace muchos años estuvimos allí de boda. Y además de pasárnoslo genial, tuvimos la suerte de poder disfrutar de una edición de concurso internacional de perros pastores ovejeros que allí se celebra anualmente. Aquello me dejó tan impresionado que durante años le he contado la experiencia a mucha gente y la raza Collie Border se ha convertido para mí en uno de los iconos de lo que es el perro ideal [me encanta ese perro, pero no he tenido nunca ninguno, básicamente porque hasta ahora he tenido tres perros y medio en mi vida (el medio fue una perra “ratonera” de esas que surgen por “generación espontánea” y constituía parte de la finca rural en la que estuvimos viviendo algunos años) y mantengo la teoría de que habiendo los problemas que hay con los abandonos, los criaderos clandestinos, etc. No estoy dispuesto a gastarme el dinero en perros. A todos los hemos querido mucho, creo que han sido o son animales muy sanos y felices, y nos sentimos muy orgullosos de su carácter y comportamiento. Así pues, los que van pasando a formar parte de nuestra vida familiar, son todos regalados o acogidos. Y en tales casos, no siempre existe la posibilidad de encontrar la raza que a uno en principio le haría más ilusión]. La cuestión es que 24 años después, ahora con mi hijo Jacobo nacido y bastante crecido, caracterizado por una auténtica pasión y facilidad para el trato con caballos y perros, nos volvimos a plantar en Oñate para asistir al 54 Nazioarteko Artzain Txaxurren Txapelketa. Como en la ocasión anterior, salió un día espléndido aunque demasiado caluroso. Disfrutamos de todo el concurso. La fase clasificatoria con 12 equipos formados por pastores de diferentes comarcas de pastoreo y sus respectivos animales, así como la fase final con los cuatro primeros clasificados. El concurso, desde que tengo perros, se me hace mucho más meritorio. Me parece increíble que los pastores consigan adiestrar de la manera en que lo hacen a sus perros, que parecen actuar con verdaderas dotes de inteligencia. Me sorprende la cantidad de lenguaje a la que los canes son capaces de atender, y todo ello en la distancia. Pero lo mejor de todo es que puedo percibir con claridad, las diferencias de nivel y competencia que demuestran los diferentes perros concursantes. De vez en cuando aparece alguno tan especial que realiza todos los ejercicios sin necesidad de mirar a su dueño y da muestras de incipientes capacidades de toma de decisión e interpretación propia del comportamiento de las ovejas, ya que se anticipa a algunas de las órdenes que recibe. Tal fue el caso esta vez de Xintxo, un magnífico ejemplar de collie border, entrenado por Jean Paul Irikin. Ambos ya hicieron una demostración impecable durante la fase clasificatoria que completaron en primera posición. Pero en la fase final, además de completar también el ejercicio, marcaron un tiempo espectacular de menos de tres minutos, cuando el periodo reglamentario, que sólo para unos pocos suele ser suficiente, alcanza los siete minutos. Sin duda no estamos ante una modalidad a la que me vaya a hacer asiduo espectador, tal y como lo demuestra el haber asistido a dos competiciones en 24 años. Sin embargo, es un espectáculo, como tantos otros de carácter singular, al que recomiendo asistir alguna vez en la vida, tanto si tienes perro como si no.

 Algunos concursantes preparados para comenzar.

 Kim, excelente competidor, lástima de la mala fortuna.

 Los ganadores: Jean Paul Irikin y su fiel Xintxo.



Para cerrar voy a comentar uno de esos planes mixtos que integran vida social o familiar con pedaleo ciclista. La semana pasada organicé un pic-nic en bicicleta. Me hizo especial ilusión que aunque no pudieron acudir algunas personas cercanas, habituales a este tipo de citas, y varias de las cuales además, poseen alguna de mis restauraciones de “Delmer Bikes”, de las seis personas que participamos en la excursión, tres llevábamos “bicicletas Delmer”. El pic-nic consistía en un paseo moderado por carreteras secundarias o rurales. Gracias al tren de cercanías había la posibilidad de incorporarse en diferentes puntos del recorrido, tanto a la ida como a la vuelta. Eso sí, resultaba imprescindible llevar la comida y la bebida a lomos de las máquinas. Así nos fuimos reuniendo poco a poco, hasta alcanzar el bonito pueblo de Liérganes. Siempre a ritmo especialmente pausado, remontamos el Miera unos kilómetros hasta cruzarlo por un puente de cantos rodados y recorrer una pista asfaltada de ribera para llegar a un paraje en el que el río, entre grandes árboles, forma dos estupendas, amplias y profundas piscinas naturales. En ese atractivo, tranquilo y sugerente enclave nos instalamos. Unas cervezas frías de nevera portátil y… al menos dos de nosotros nos dimos un fugaz, osado y revigorizante baño. Tras eso, llega el ansiado almuerzo al más puro estilo “british”: blanco frío de la costa del Cantábrico, pudding de bonito, emparedados vegetales, embutidos de Zamora, quesos, tortilla de patatas, torta de Barros, tinto de Ribera de Duero, quesada pasiega… toda una sucesión de manjares de las que fuimos dando cuenta sin prisa y con deleite. Lo único que no llevamos fue café. Pero eso fue un acto premeditado, para forzar una estratégica parada en Liérganes a la vuelta, para disfrutarlo en una terraza del caso antiguo y hacer del regreso algo más progresivo. Para este tipo de planes no sólo no me da pereza sacar la bicicleta, sino que no paro de concebirlos. A esto es lo que llamo salidas ciclistas significativas. Que incluyen dentro del plan algo de valor añadido: una reunión singular, un puerto inédito, un viaje, etc.

jueves, 19 de septiembre de 2013

38. LA PATRIMOINE



"Las ciudades, comprendí, son manifestaciones físicas de nuestras creencias más profundas y de nuestros pensamientos muchas veces incoscientes, no tanto como individuos sino como el animal social que somos. [...] Nuestros principios y nuestras esperanzas son a veces bochornosamente fáciles de descrifrar. Están ahí, en las fachadas, los museos, los templos, las tiendas, los edificios de oficinas y en cómo esas estructuras se relacionan entre sí o, a veces, en cómo dejan de hacerlo. [...] Ir en bicicleta entre todo esto es como navegar por las vías nuronales colectivas de una especie de enorme mente global. Es realmente una excursión por el interior de la psique colectiva de un grupo compacto de gente".

David Byrne ("Diarios de bicicleta")



Regreso muy contento de mi viaje a París y de mi participación en l’Patrimoine. Tanto, que si no se me pasa el “subidón” quizá sí que definitivamente me apunte a unas clases de francés para empezar en octubre. He hablado más que nunca en ese idioma, y veo que podría avanzar bastante con unas lecciones de refuerzo, algo imprescindible dado mi lamentable nivel y mis enormes ganas de mantener conversación en él.

París me recibió lloviendo. Los viajes (sobre todo el de regreso), como siempre me pasa con los aeropuertos y sus conexiones, un rollo total, y eso que era vuelo directo y apenas tuve que cargar con la bici pocos metros entre los cambios de transportes. Pero llevo muy mal que nos obliguen a hacer colas de espera en todas partes, siempre de pié y en demasiadas ocasiones retrasando los tiempos que los usuarios prevemos con margen suficiente. El tratamiento de los pasajeros del transporte aéreo, en tierra, se está haciendo cada día más desagradable. Y esto afecta a todo tipo de compañías y precios “turista” de las mismas. Pero el caso es que la Alan y yo llegamos bien y sin contratiempos, tanto a la ida como a la vuelta. Una vez en “casa”, un descanso, un relax y a disfrutar del epicentro de París, del evento, de la familia local y de mi estancia. Mi sobrino y su novia me tenían preparada una cena suculenta y nutritiva, y con un buen vino tinto, nos pusimos al día de las últimas noticias familiares de allí y de aquí. Mis estancia empezaba directamente con el evento, para el que me tocaba madrugar, así que no alargamos demasiado la velada.


El domingo amaneció completamente despejado ¡un respiro!. Madrugué, aunque la bicicleta la había montado por la noche y todo el equipo lo había dispuesto anticipadamente también. Desayuno y a la calle, a cruzar el Sena y el Louvre pedaleando por las calles semidesiertas, hasta llegar a la Opera y buscar la estación St. Lazare del RER por detrás. Qué sensación tan agradable y maravillosa recorrer el centro de París en bicicleta, sintiéndome libre y seguro a la vez, con conocimiento de hacia dónde iba, como un vecino deportista más. En la estación me encontré con los primeros ciclistas, con los que además entablaría ya un contacto que duraría hasta el regreso. Eran Mario, un ciclista italiano maduro, de muy buena planta y larga melena (un Cipollini Vintage), y su pareja Laura, una chica muy simpática, estilizada y agradable. Pronto se subirían otros ciclistas (la mayoría muy jóvenes) al tren, y en la parada siguiente Ángela, elegante ciclista de paisano, italiana también, amiga de los anteriores y con un español fluido debido a su pasión por el tango. Esta pandilla es un grupo de italianos que reside en París desde hace unas dos décadas, y que por razones que se me escapan mantienen una relación muy estrecha con los organizadores del evento y con aquellos participantes que comenzaron a vivirlo desde su primera edición (esta era la tercera). Durante el trayecto hablamos en francés, italiano y español, y me sentí a gusto e integrado. El evento lo organiza una tienda-taller de la que más tarde hablaré, que se llama La Bicyclette y de la cual un señor algo mayor y con buena pinta, llamado Lorenzo, es el alma.





El tren nos dejó en Tournan, y ya en los andenes éramos un nutrido grupo de ciclistas “antiguos”, que juntos nos encaminamos a nuestro destino en Favieres-en-brie, en una mañana que ya era soleada aunque bastante fresca. Fueron entre 3 y 4 kilómetros de paseo muy tranquilo hasta el pueblo en donde teníamos la cita. Allí el ambiente empezaba a tomar forma. Una especie de pabellón cívico local, estaba dispuesto para la recogida del dorsal, la bolsa de tela y el pasaporte de ruta. En la barra del fondo me tomé un café y charlé tranquilo con mis amigas. Pude dejar los enseres sobrantes en este lugar y después, fuera, mientras esperaba la salida, observar al detalle a los participantes, sus monturas y su indumentaria. He de decir que para una participación de aproximadamente unas 200 personas, el nivel de bicicletas y atuendos era excelente. Se nota la presencia de muchos parisinos que cumplen con el concepto que desde fuera tenemos de ellos en cuanto a la estética… bicicletas muy cuidadas y muy “chic”. Había interesantes bicicletas antiguas originales, tanto de carreras como de utilización variada (tándems, de niño, de transporte…); pero sobre todo me llamó la atención la gran cantidad de bicis de carreras o deportivas de chica, no demasiado antiguas,  que habían sido restauradas o personalizadas recientemente, mostrando unos diseños y acabados perfectos, sencillos y de una elegancia óptima ¡chapeau!. En cuanto a las ropas, dos tendencias: corredores de los 50-80, como siempre en todas las citas, compartiendo evento con “ciudadanos” normales y corrientes de los años 20-50. Una nota a favor importante: un elevadísimo porcentaje de participación femenina que si bien no llegaba a la mitad, se le acercaba bastante.


 El organizador Lorenzo y uno de sus colaboradores.



Poco a poco aquello se fue llenando de gente y al cabo del tiempo se procedió a la salida del grupo del recorrido más largo (65 km) en el que me incorporé. Un Volkswagen gris deportivo, descapotable e impecable nos llevó neutralizados hasta las afueras del pueblo donde dio la salida oficialmente con un banderazo tricolor. Aquello, como ya pasara en Anjou el día del centenario del Tour, desató la vocación competitiva de unos cuantos, que pusieron el pelotón de lo más estirado y nos llevaron con el gancho puesto durante algunas decenas de kilómetros (nunca entenderé este peculiar proceder que normalmente muere por sí mismo con la llegada de alguna subida significativa o la progresiva acumulación de kilómetros. Lo digo, porque tal y como otras veces me ha ocurrido, me costaba seguir a gente a la que posteriormente adelanté sin esfuerzo y a los que ya no volví a ver en todo el recorrido hasta finalizado el evento, cuando ya me encontraba instalado en las actividades post-recorrido). Afortunadamente enseguida me relajó comprobar que todo estaba señalizado en el suelo con marcas fosforito, por cierto, ligeramente retrasadas, de forma que sólo las detectabas cuando ya estabas en el giro o en el cruce y te habías visto obligado a frenar bastante antes, al no saber hacia dónde ir hasta encontrarte allí mismo. Con la mencionada rapidez llegamos al primer control de firmas con ligero avituallamiento. Un poco de bizcocho y en ruta de nuevo. Algo más tranquilos y disfrutando de una parte del recorrido más bonita, alternando carreteras rodeadas de frondoso arbolado, con tramos de campo abierto, bosques o pueblos pequeños. Todo muy tranquilo y agradable. Se sucedieron algunas subidas a lo largo del recorrido, con pendiente suficientemente exigente, aunque todas ellas breves. Un segundo control con nuevo bizcocho, y en mi caso un zumo. De allí salí sólo y algunos kilómetros después me uní a Jean Philippe, un agradable compañero del que ya no me separaría hasta el final, ameno y paciente en la conversación conmigo, y de ritmo muy similar. Juntos rodamos por nuevas carreteras y por un bucle bacheado y estrecho que nos metió en un ambiente quizás aún más rural, hasta que la ruta, poco a poco, regresaba hasta su origen. En los tramos finales coincidiendo con la espesura de unos bosques, nos topamos con un “grupetto” que venía despistado de una confusión, y con ellos llegaríamos hasta el final. Bastante temprano, debido a las prisas iniciales y a las breves paradas en los controles.

 Jean Philipe, compañero de ruta

 Grupetto en los últimos kilómetros


El ambiente en la llegada era de lo más festivo, junto al escenario del pabellón cívico (decorado con motivos ciclistas antiguos) tocaba un trío de jazz primitivo muy sureño. En la barra me pedí una cerveza artesana y biológica Malteni (este interesante patrocinador cuyo nombre es una réplica del equipo Molteni en el que militó Eddy Merckx, al que han cambiado la “o” por la “a”, quizá en un guiño hacia la malta que ignoro si utilizan para su elaboración, presenta una interesante gama de tres tipos de cerveza: blanca, cuya vitola es el maillot arco iris de campeón del mundo; rubia, con el maillot amarillo, desde luego; y tostada, con el maillot del Molteni) que estaba muy rica y me fui al exterior a disfrutar del sol y del ambiente que crecía y se animaba con la llegada de los ciclistas. El grupo de jazz me siguió. Ni cortos ni perezosos, cargaron el piano sobre una especie de patinete de ruedas grandes y lo trasladaron afuera, para seguir al aire libre con el repertorio que a todos nos hacía mover los pies y golpear nuestras calas contra el suelo disimuladamente. El aperitivo dio paso a la comida en la cual fue muy agradable comprobar que no estaría sólo. Jean Philippe se sentó a mi lado y así lo hicieron sus amigos. Por su parte Ángela me llamó por si quería sentarme con ellos, todo un detalle que agradecí, aunque ya no me resultara necesario. Comimos ensalada y una contundente “cassolette”. Entre tanto mis compañeros charlaban en un francés que me costaba demasiado seguir, mientras a ratos, un miembro de la organización animaba el ambiente con premios alternándose con el trío que tocaba su repertorio, de nuevo dentro del edificio. Las mesas estaban dispuestas en filas alargadas, dando al local una atmósfera bulliciosa y cálida. Con mis compañeros de mesa empezamos a hablar de mi blog, de mis eventos, de los videos y fotos que David elabora de los eventos ciclistas en los que participa, etc. Alternábamos francés e inglés. Es curioso porque en cierto momento nos dimos cuenta de que pese a que el único no residente de París o las inmediaciones era yo, allí estábamos unos franceses, un americano, un japonés, una griega y un español. Tras la comida vino la tómbola, y como siempre me ocurre, no me tocó nada. Una pena porque había regalos muy atractivos como el maillot de lana Malteni, unas bolsas bandoleras de piel fantásticas o la Peugeot restaurada del final (que de haberme tocado no sé cómo hubiera podido traer a España en el avión).

 Cerveza Malteni "rubia".




Varios de los comensales que estaban sentados conmigo se despidieron pronto, tras una cerveza final. El resto quedamos tomando café, y después, tras las siguientes despedidas, me fui con “las italianas” para darles las gracias por el detalle de la invitación a la mesa. A eso siguió más música exterior y finalmente un grupo amplio pedaleamos de nuevo hacia la estación para realizar el itinerario de regreso. Desde la estación de llegada a París, rodé de nuevo por las calles, ahora más llenas de gente, pero igualmente agradables para la bicicleta, con la que vas tan contento del escenario que recorres, que hasta el adoquinado se te hace llevadero. El resto del día supuso descanso, ducha, reorganización de equipaje y material, y lectura hasta la hora de cenar, esta vez con un poco más de familia.

Concluido el evento, los dos días siguientes me dediqué a la ciudad. Pero eso sí, el lunes con importantes connotaciones ciclistas, pues la casualidad hizo que en París se estuviera celebrando esos días el Salón du Cycle, el cual aproveché para visitar la primera mañana. Tomé un metro directo hasta la Porte de Versalles, donde está la feria de muestras. Allí en uno de sus grandes pabellones se ubicaba el Salón. Era una exposición bastante grande, aunque por la destacada ausencia de varios fabricantes mundiales, me dio la impresión de no ser uno de los eventos más importantes de este sector a nivel internacional, y supongo que ni siquiera el mayor de Francia. Pese a ello me llevó bastante tiempo recorrer todo, preguntar lo que me interesaba, observar las tendencias y recoger información impresa. Hasta probé alguna bici. No quiero extenderme demasiado, pero me voy a permitir algunos flashes que resuman mi impresión:

  • El salón miraba al presente y al futuro. El presente muy aburrido, con infinidad de marcas tratando de mostrar sus modelos de BTT y carretera con apariencia cada vez más competitiva y a la moda de las tendencias. Mucho carbono, mucha publicidad en los productos, mucho perfil supuestamente aerodinámico, pero todos muy parecidos.
  • El futuro viene claramente marcado por la guerra de las bicicletas eléctricas. Prácticamente todos los fabricantes tienen las suyas. Hay de todo, pero la mayoría son bicis urbanas de paseo con motor suplementario y baterías. Casi siempre en versión grande-cómoda o plegable. Algunos apuestan por motos disimuladas (pesadas y con motores potentes), otros por la mínima expresión en tamaño y ligereza, etc. Hay dispositivos para adaptar bicis convencionales (como por ejemplo una rueda delantera eléctrica que no necesita instalación), y muchos intentos de diferenciarse. Está muy bien todo ello porque acercará al ciclismo urbano cotidiano a mucha gente, aunque personalmente le veo varias desventajas, y espero que se avance mucho más en diseños, ligereza y sobre todo vida útil de las baterías y autonomía de las bicicletas.
  • Era Francia, así que estaban Look, Gitane, Peugeot y algún otro fabricante local, además de muchos de los típicos globalizados y bastantes marcas completamente desconocidas para mí. Es bonito ver cómo el mercado crece y esto hace que florezcan pequeñas marcas que buscan su sitio a través de innovación o artesanía principalmente.
  • Tal y como marca la tendencia actual casi todos los expositores se han visto obligados a producir algún modelo fixie y varios de uso urbano. De los primero sólo me gustan cuando tienen aire retro y eso se lo suelen dar mejor los propios usuarios que se montan ellos mismos la bici o acuden a un taller local. Lo segundo responde a la por fin consolidada tendencia de las ciudades europeas (en España vamos con bastante retraso), que ha conseguido que los ciclistas de toda edad, condición y género se están adueñando de una parte importante del espacio y vías de circulación.
  • Hubo varios stands de cascos muy interesantes con propuestas muy curiosas. Esto encaja con la presencia también de fabricantes minoristas y algunos artesanos dedicados a la fabricación de piezas y componentes auxiliares, con gran variedad de productos de gran calidad y excelente estética. El problema es el de siempre: que luego falla la distribución y no hay quién lo encuentre en las tiendas cercanas a casa. Mi recomendación es preguntar e informar a nuestros proveedores cercanos para poner un grano de arena en la lucha contra el dominio de los grandes fabricantes mundiales que monopolizan todo. En este sentido había un japonés que tenía auténticas virguerías para complementar el montaje o la restauración de modelos diferenciados.
  • Otra singularidad era la presencia de varios fabricantes de bicicletas “cargo”, ideales para negocios ambulantes, reparto céntrico, etc. así como que varios fabricantes se hayan arriesgado a producir bicicletas de corredor en tallas de niños desde edades bastante pequeñas.
  • En cuanto a lo retro o vintage, casi nada. Un modelo Peugeot muy bonito con guiños antiguos y futuristas simultáneamente; una eléctrica con aspecto de moto de los años 20, de acertado diseño; algunas de paseo de estética clásica; componentes sueltos y…
  • Un stand de Alex Singer, la marca artesana cuya historia acabó vinculada a París y que presenta maravillas de aspecto clásico. Había modelos de carretera con componentes modernos pero esa estética tradicional deliciosa, modelos vintage cuidadísimos, y sus típicas cicloturistas con las que soñamos los que entendemos la bicicleta con ese estilo tan particular y nostálgico. Una “delicatesen”, aunque ni me molesté en preguntar los precios. Allí me encontré precisamente a Lorenzo el organizador de l’Patrimoine.

Bicicletas Alex Singer.


Del salón volví al metro y me acerqué a la Gare de Lyon. Cerca de allí comí, tirando a tarde para el horario local, en un bar de comidas donde parecía no haber turistas. Acerté con la elección y terminado el café comencé mi caminata. El primer objetivo era la tienda-taller de La Bicyclette, en una calle parisina normal, sin nada afamado que la llene de visitantes. La tienda me encantó, es un taller desordenado y caótico con mostrador para despachar y expositores de madera viejos con bastante material retro que ver. Toda ella está llena además de bicicletas en proceso de algo… piezas, ruedas, etc. Pillé a los jóvenes chavales que atendían comiendo de sus fiambreras por las esquinas. Aún así me atendieron con simpatía y me permitieron fisgar todo lo que quise. En el exterior montones de bicis usadas y viejas o antiguas esperan… supongo a que alguien se enamore de ellas y encargue una restauración. Las había interesantes por cierto. También me dijeron que en el pueblo del evento, tienen un gran almacén con muchas piezas y material. Apunten la dirección, es una tienda de bicicletas interesante: 10 Rue Crozatier, 75012 París. La casualidad hizo que al regresar caminando para impregnarme de ciudad, diera en la misma calle, con otra tienda-taller de similar filosofía, dedicada a motos Vespa o similares. Otro vicio.


 La Bicyclette por fuera y por dentro



El resto de la tarde lo pasé paseando de regreso a casa. La librería específica sobre los Alpes estaba cerrada esa tarde, siempre me pasa igual, menos mal que me queda cerca de “casa”, ya iré un día con tiempo y ganas. La ciudad está plagada de ciclistas: señoras y chicas elegantes, trabajadores de traje y maletín, jóvenes rápidos, mayores pausados, etc. A todos se los ve rodar con naturalidad y normalidad, como algo habitual en su vida urbana. Hay muchos carriles, se puede circular por el carril bus y por muchas calles unidireccionales de un solo carril en ambas direcciones. Algo más debe haber, porque la verdad es que la cantidad de coches que se ven por el centro ha bajado ostensiblemente con respecto a otras veces que he estado allí.  Y además ahora hay enormes cantidades de bicicletas aparcadas por todas partes, sin contar con las que circulan. A mi cuñado le cabrea un poco por el coche, a mi me parece un acierto envidiable. Ese día cenamos prácticamente todos juntos, se reunieron aprovechando que estaba yo y fue una velada estupenda y muy familiar. A muchos ya no los veré hasta las Navidades, así que me apetecía estar con ellos.

Llegó el día de mi regreso, pero aún así disponía de la mañana completa y el medio día. Después de preparar todo el equipaje caminé hasta el Museo de Rodin, para disfrutar de su jardín, repasar su contenido interior y recrearme en sus esculturas al aire libre. Hacía mucho desde la primera vez que lo visité y me apetecía volver sin ninguna prisa y con calma. Disfruté enormemente pese a encontrarme dos pegas menores. Una, que parte del interior y del jardín estaba en obras y no te llevabas una sensación completa y más pacífica de todo el conjunto. La otra, que sin suponer una aglomeración o el flujo abundante que hay en otros destinos culturales de la ciudad, había demasiada gente para mi gusto. Pero qué le vamos a hacer, todos tenemos derecho. Aún así mereció la pena el regreso. Desde allí paseo para comer en otro bar separado de los circuitos habituales, despedidas en “casa” y el pesado regreso de RER, autobús y avión hasta casa.



La impresión general de este viaje ha sido tan estupenda como las de los mejores hasta ahora. Considero que l’Patrimoine tiene un ambiente tan “familiar”, cercano, moderado y estiloso que merecerá la pena repetirlo si cuadra en el futuro. Quizás por si sólo el evento no justificaría un viaje tan alejado, pero poder aprovechar el resto de la escapada en París y considerando que los vuelos pueden resultar muy asequibles, es cuestión de planteárselo de nuevo cada vez que reediten el evento. Desde aquí quiero agradecer a los organizadores su labor, dedicación y resultado. Y a los participantes que conocí, lo bien tratado que me sentí por ellos. Al volver he visto que se ha “caído” un evento que localicé en Austria (al que no pensaba ni podía ir). Así pues ya sólo me queda l’Eroica, a la que espero ir, no sin algunas aprensiones previas de diversa índole. Entre tanto, hace meses que el tándem Dawes cumplió su cometido de temporada, y con este viaje a Francia, la Alan igualmente ha dado por concluida una temporada que la llevó a Manchester, el Loira, Marmande, La Montañesa y finalmente París, todo ello sin más quehaceres que cambiar un tubular y ajustar los puentes de los frenos en una ocasión. ¡Se ha portado la máquina!.