viernes, 31 de mayo de 2013

22. LA HISTÓRICA 2013

Rodamos y rodamos y rodamos, con la agricultura a la espalda y las montañas al frente, y entramos en una pequeña ciudad. Por una puerta de la Edad Media con arco ojival. Abandonad toda esperanza, grito, y me veo acribillado por las miradas asombradas de los habitantes de la ciudad, cargados con las compras del sábado. No tan rápido, Bai Dan, es una zona peatonal. Y nos bajamos del tándem. Café con terraza en la plaza mayor, muchas mesas y sillas y sombrillas. Buen sitio para recobrar fuerzas”.

Ilija Trojanow (“El mundo es grande y la salvación acecha por todas partes”)

La Challenge Retro 2013 va avanzando poco a poco, pedalada a pedalada. Los paisajes y los personajes se van sucediendo, enriqueciendo la experiencia y construyendo etapa tras etapa, evento tras evento, un patrimonio inmaterial de vivencias enriquecedoras que con lo ya disfrutado hasta ahora justifica de sobra el haberme embarcado en tan singular aventura.

España tiene la suerte de disfrutar de un territorio interior muy peculiar que ocupa una buena parte de su espacio. Me refiero a la Meseta, esa enorme extensión de paisajes y parajes elevados unos cuantos cientos de metros sobre el nivel del mar y separados de él, en la mayoría de los casos, por abruptas cordilleras. En la Meseta el clima es diferente: seco, y frío o caluroso en función de la estación. Guarda una diversidad de paisajes y ecosistemas insospechada. Y una riqueza histórica y cultural envidiable. Y como no podía ser de otra manera, nuestro viaje itinerante y caprichoso, nos llevó en esta ocasión a una de las provincias que la ocupan en su zona norte: Soria.
Ya escribí sobre dicha provincia hace poco, por lo que hoy me centraré en la crónica del viaje y participación en La Histórica 2013, una experiencia estupenda. Puestos a aprovechar el desplazamiento, Myriam y yo viajamos el viernes en el coche. Y para ambientarnos y centrarnos en el “turismo interior” y aprovechando una bonita tarde, elegimos la ruta sin autovías: la que atravesando los puertos del Escudo, Carrales y el Páramo de Masa, alcanza Burgos, para después por la carretera de Salas de los infantes, acercarnos hasta Abejar. Si alguien no conoce esta forma de comunicarse con Cantabria, que no deje de probarlo, porque el paisaje es fascinante. En especial los cañones burgaleses y el vertiginoso descenso verde hacia el territorio cántabro. Además, en la actualidad presenta muy poco tráfico, lo que hace el viaje tranquilo y placentero.
Tal y como teníamos previsto, el sábado lo dedicamos a caminar por la montaña. Amaneció un día fresco pero soleado, ideal para esfuerzos de altitud. Atravesamos el embalse de la Cuerda del Pozo, que estaba a rebosar a causa de todas las nevadas invernales y de esta primavera tan generosa en cuanto a precipitaciones, y poco a poco nos fuimos acercando al aparcamiento inferior de la Laguna Negra. Desde allí caminamos hasta la famosa laguna, y una vez más (hacía más de 20 años que no regresaba hasta allí) me fascinó. Es un rincón natural realmente bello, rodeado de bosques de pinos, con la laguna encajada bajo unos farallones de granito, por los que baja alguna que otra cascada bien “nutrida”. El paraje está ligeramente acondicionado (pero con gusto) con una pasarela de madera discreta que te permite bordear una parte del lago. Aquello se asemeja a las imágenes idílicas que podemos todos evocar del Canadá (ya sea por haber estado allí o por haberlo visto en fotografías, películas o documentales). A esa hora no había mucha gente, por lo que pudimos disfrutar de ello y empezar nuestro ascenso montañero sin tumultos. Por la izquierda tomamos un sendero entre rocas, y un puente de madera nos dio acceso a una canal bastante vertical que ascendía en zig-zag por entre dos paredes de roca. Algunas manchas de nieve aún aferrada a la umbría, nos mantuvieron alerta para no resbalar, pero poco a poco ganamos altura hasta alcanzar los bloques de roca superiores, una especie de balcones naturales hacia la laguna. Desde allí la vista es grandiosa, y se puede hacer uno mejor idea de lo que supone la extensión forestal de esta comarca. A partir de allí continúe sólo. Con paso ligero alcancé los pastos superiores, mucho más llanos o de pendiente ligera, con un arbolado poco a poco menguante a causa de la altura y con cristalinos arroyos llenándolo todo de agua y sonoro gorgoteo. Durante un buen rato caminaba alternando el terreno firme con cada vez más amplias manchas de nieve. Todo el falso llano estaba rodeado de por un cordal de cumbres suaves dibujando una especie de arco por el oeste. Todas sus laderas estaban bastante cargadas de nieve, incluso había restos de aludes en las más empinadas y una cornisa volada en algunos tramos entre cumbres. A partir de determinado momento la marcha era ya completamente sobre nieve, bastante blanda, pero aún así algo resbaladiza. Ascendí hasta los 1993 metros de altura, hasta alcanzar un collado desde el que se veía el boscoso valle de Revinuesa, y de frente el pico Urbión. Allí encontré a los rezagados de un gran grupo de excursionistas que pretendían coronar la cumbre. A lo lejos se veía a unos pocos cerca de la misma, el resto aún a medio camino y bastantes dándose la vuelta por problemas de “falta de adherencia”.
 
 
 
En ese momento reconocí mi error: ¡teníamos que habernos traído las raquetas para la nieve (y por si acaso unos crampones)! Pero ¿quién lo iba a pensar? Probablemente hubiera podido coronar la cumbre de igual modo, pero yendo sólo y con Myriam esperándome más abajo, tampoco era cuestión de empeñarse en ello. Disfruté de la excursión e inicié el regreso hasta el punto de encuentro. Más tarde descendimos juntos la canal hasta la laguna, donde ya había bastante gente (mucha en realidad), así que poco a poco fuimos desandando la carretera y nos trasladamos con el coche hacia las llanuras boscosas de los alrededores de Vinuesa, para comernos el bocadillo tranquilamente. Vinuesa nos sirvió para tomar el café de sobremesa y hacer tiempo hasta la hora de apertura del Museo del Bosque. Se trata de un moderno edificio de arquitectura interesante en la que la madera y el hierro oxidado predominan. De poca altura y planta con algunos recovecos. Su contenido está dedicado completamente los pinares de la zona: al paisaje, explotación, cultura derivada, fauna, etc. Todo ello ilustrado con fotografías, algunos videos, materiales antiguos, etc. Objetivamente hay que decir que no tiene gran cantidad de material, pero su visita se hace interesante, agradable y nada cansada. Hay una especie de hall que simula el propio bosque con un grupo de columnas de tronco de árbol, que le dan un toque muy atractivo. Nos gustaron especialmente las referencias a las fiestas populares de la zona: la Pinochada (en la que cofradías de mujeres y hombres, casados y solteros bailan y se enfrentan azotándose con ramas de pinos siguiendo un protocolo tradicional). Y sobre todo la Pingada del Mayo, durante la cual el pueblo colabora para levantar un pino en el centro de la plaza, utilizando para ello sogas y un armazón de troncos finos que van apuntalando progresivamente. En otra estancia, al ver una máquina de serrar y toda la información referida a las carretas de transporte con bueyes, no pude evitar recordar a mi abuelo Toribio (a quien no llegué a conocer), dedicado precisamente (o fundamentalmente entre otros negocios rurales) al serrado de madera, fabricación de muebles y comercio maderero en general. Y no debía dársele mal en la vieja Ferrería, pues pese a morir a los cincuenta años de edad, con el patrimonio por él conseguido pudo mi abuela vivir otros cincuenta años más y acabar de dar sendas carreras universitarias en Madrid a sus dos hijos, todo ello a base de las rentas por él generadas.
 
 

El resto del día lo dedicamos a encontrarnos con nuestros compañeros clásicos y amigos. En el hotel fueron apareciendo ciclistas. Algunos desconocidos, otros, como Carles Soler y su mujer (organizador de La Pedals de Clip) “reconocidos”. Por nuestra parte por fin habíamos conseguido “liar” a gente de nuestro entorno: Marcos (compañero de fatigas deportivas ciclistas, patinadoras o lo que haga falta) que traía la Corbetta de su padre; Rogelio (amigo zaragozano conocido en anteriores proyectos de trabajo) con una Rehynol de los años 40 prestada por un coleccionista de su ciudad; Rosa (gran amiga, siempre con propuestas laborales inquietas y descabelladas) con su GAC “fashion-rosa” (antigua pero a estrenar) y Javier, quién sustituía los palos de golf por una Special que yo mismo había recuperado y restaurado a toda velocidad para que llegara a tiempo aquí; y finalmente Domi y Fernando, que con gran entusiasmo se apuntaron como acompañantes, y todo hay que decirlo, además de pasárselo genial, nos han hecho un reportaje de fotos y de vídeo fabuloso. El resto del día transcurrió con tareas de recogida de dorsales, unas cervezas, la consabida cena en el hotel y una copa posterior (de la que me abstuve por acumulación de falta de sueño).
A la mañana siguiente el sol volvía a lucir y la temperatura era algo más elevada que la víspera. Todo apuntaba a que iba a ser una excelente jornada ciclista. Mientras preparábamos las bicicletas la gente iba apareciendo por los rincones. Puede saludar a José Joel (el cubano de Alcorcón), con quién había intercambiado algún correo hace tiempo y que en la Pedal tan sólo vi de refilón. En la zona de salida ya lucían radiantes los coches antiguos, y podíamos empezar a admirar unos a otros nuestras bicicletas. El grupo fue de nuevo nutrido, alcanzando también una cifra cercana a las 150 personas. Se sucedían las fotos y los agrupamientos informales, hasta que se dio la salida. La ruta nos pareció muy bonita, con un trazado casi totalmente ausente de tráfico y de carreteras rápidas, un equilibrio muy adecuado (esto sé que es una opinión muy personal) entre tramos asfaltados, tramos de tierra y hasta algunos metros de adoquines (pavés). En casos así siempre pienso lo complicado que sería insertar tramos no asfaltados en nuestra tierra, ya que no existen pistas que se mantengan en tan buen estado de rodadura, a causa de la lluvia, tan habitual y tan rebelde a los pronósticos. Salvo un tramo con numerosos boquetes que debían ser sorteados dando espacio al de delante, el resto de pistas eran buenas para pedalear, anchas y daban un toque muy clásico al trayecto. La ruta discurría toda ella alternando campos castellanos, especialmente verdes este año, con kilómetros de pinares. Hubo algunos desniveles llevaderos y curvas serpenteando entre la masa de árboles.
 
Foto: Domi Viñas.


Foto: Domi Viñas.
 

Otro detalle que realmente me gustó mucho fue que hubiera un “carnet” o “libro” de ruta en el que sellar algunos controles de paso. Es algo que le da un toque “pionero” y “randoneur” muy simpático. Se hicieron varias paradas de reagrupamiento, y en algunos puntos estratégicos nos encontrábamos con el dispositivo de acompañantes que nos esperaban con sus cámaras dispuestas, su algarabía y sus ánimos entusiastas. Es difícil destacar detalles del recorrido. Todo él resultó agradable. Quizás algunos tramos de bosque con toboganes sucesivos, la llanura previa a Calatañazor (con un inglés de San Sebastián a rueda con su Orbea de paisano y compartiendo bota de vino), el tramo de tierra al borde del río… o desde luego, la rampa de ascenso de regreso en la que los desarrollos más clásicos hicieron que una parte importante del pelotón tuviera que echar pié a tierra.

El avituallamiento en Calatañazor fue muy festivo. El pueblo es francamente bonito y acogedor. Allí degustamos los torreznos, tortilla, cerveza, un chorizo que pese a mi abuso no ha vuelto a hacer acto de presencia “evocadora” (lo cual es síntoma indudable de su calidad) y un contundente dulce local que ríete tu de las barritas energéticas. De nuevo al conversación afloraba aquí y allá, y las fotos y las risas. Había hambre, sin duda, o ganas de comer, lo digo porque a más de uno se le pasó el control de sellado, aunque no los torreznos…
Igual que podría recordar detalles del recorrido podría enumerar personajes o bicicletas, pero entonces esto no acabaría nunca y se convertiría en un catálogo (catálogo no exento de interés y simpatía). Sin embargo no puedo evitar mencionar a dos participantes que me llamaron poderosamente la atención: por una lado una “dama” que ataviada con botines victorianos,  medias de fantasía decimonónica, bombachos (no, no es que la mirara debajo de las faldas, es que el viento y la velocidad lo muestran todo…), vestido de pic-nic y pamela; y montando una bicicleta deportiva “de mujer” de los 70-80, nos acompañó con entereza, simpatía y gran remango a lo largo de toda la ruta. Por otro lado, un joven ciclista que ni corto ni perezoso puso en funcionamiento la bicicleta de su abuelo: una auténtico “hierro sin cambios” de hace unos 80 años, en perfecto orden de marcha pero sin retoque estético ni “manicura” alguna y con una horquilla de esas cuyas curvaturas de puntas eran similares a las de los bigotes de quienes las conducían en su época.
 
Foto: Domi Viñas.
 

A lo largo de la ruta pudieron verse también bastantes averías. Algunas con solución, otras no. La más temprana sucedió en el kilómetro 3 aproximadamente, la víctima compensó el disgusto con cerveza y parada tras parada le fuimos viendo cada vez menos triste, ignoro si esto se debía al efecto de la “birra” o al vernos cara de cansados a los demás. Nuestro compañero Rogelio tuvo que retirar preventivamente su antigua bicicleta prestada porque la banda de rodadura de la cubierta trasera se fue desprendiendo de la rueda, y la llanta (original de los años 40) empezaba a correr serios riesgos; son cosas que pasan a veces también a día de hoy en la Fórmula 1, es lo que tiene rodar tan rápido, o salir con neumáticos originales de hace… ¡50 años!. Pero esto de las averías es parte del encanto, algo inevitable al sacar clásicas a rodar por terrenos rudos. Lo único que hay que hacer es preparar bien las bicicletas y portar recursos suficientes para intentar resolver los avatares. Como Marcos apretando el pedalier a mano cada poco o Javier y su “tratamiento” de manos a base de grasa consistente y lubricante de cadena.

La jornada acabó en comida multitudinaria en un frontón cubierto, con sorteo de regalos y una repentina lluvia torrencial en el exterior (que sólo empezó cuando todos estábamos dentro protegidos). A partir de ahí, despedidas y regresos. El nuestro fue muy tranquilo y sosegado, sin prisa, deleitándonos en el recuerdo de otro fantástico fin de semana ciclista, de otro viaje en el tiempo, casi con pena de abandonar la Meseta, sus campos, sus paisajes, sus gentes y sus pueblos. Afortunadamente en el maletero del coche venían botellas de Ribera del Duero (con vitola personalizada del evento ciclista), endivias, mouse de foie, y algunos botes de hongos deshidratados. Parte regalos de la organización, parte compras nuestras. Todo ello para que se nos haga más breve la espera hasta poder volver por allí.
De mis amigos ¿qué más puedo decir? Que les agradezco que nos hayan acompañado, que los considero unos valientes por haber sido los únicos hasta ahora en dejarse convencer por esta “locura” del ciclismo clásico, y que no han hecho más que corroborar lo que se están perdiendo tantos otros que aún no se han decidido, o no han podido y para los que me consta que este tipo de eventos resultaría algo francamente inolvidable. En cualquier caso tengo el firme convencimiento de que quienes nos han acompañado en esta ocasión, ya están comprometidos para la causa.
 

 
No quiero cerrar este relato sin mencionar el verdadero “secreto ibérico”. No, no me refiero al conocido plato de cerdo que sirven en numerosos restaurantes. No, de lo que hablo es de un fenómeno paranormal que ocurre de forma cotidiana en Abejar. Y más concretamente en el Hotel Puerta Pinares (donde por cierto estuvimos muy a gusto). Allí encontramos a un atento empleado que así, como quien no quiere la cosa y disimuladamente, pasea el don de la ubicuidad. Tan pronto le tenías de recepcionista como te servía una caña en una barra, te decía adiós desde el hotel o te le encontrabas dos curvas más allá animándote durante el pedaleo con unos platillos… te dabas la vuelta en el avituallamiento y allí estaba él degustando un torrezno como si tal cosa. Pero es que volvía a estar en la recepción cuando te hacía falta. Quizás en Soria hay gente que sin hacer alarde de ello es capaz de plegar el espacio como hacían los pilotos espaciales de Dune en las novelas de Frank Herbert. Cualquier cosa en esta reserva de la Humanidad, donde el tiempo es relativo.
 
 
Y para el que quiera entretenerse unos minutos, aquí va le película que rodó mi amigo Fernando. Esta centrada en nuestro grupo, pero se puede percibir bien el ambiente general.
 
 


viernes, 24 de mayo de 2013

21. LA PEDALS DE CLIP 2013


“La silla en que cabalga el caballero significa seguridad de corazón y carga de caballería, pues así como la silla está seguro el caballero sobre su caballo, así la seguridad de corazón hace estar de frente al caballero en la batalla, por cuya seguridad la ventura se hace amiga de la caballería. Y por seguridad son despreciadas muchas cobardes jactancias y muchas vanas apariencias, y son frenados muchos hombres que no se atreven a pasar adelante en el lugar en que un corazón noble hace que esté seguro el cuerpo del caballero; y es tan grande la carga de caballería que por cosas ligeras no se deben mover los caballeros”.

Ramón Llull (“Libro de la Orden de Caballería”; 1275)
Cuenta la leyenda que en tiempos medievales, la población de Montblanc y sus alrededores sufría la compañía de un feroz e insaciable dragón, que tras haber liquidado gran parte de la ganadería comarcal, era apaciguado con la entrega diaria de algún vecino elegido al azar. En determinado momento le tocó en suerte a la hija del rey, pero tal y como acostumbra a pasar en los cuentos tradicionales, ésta se libró gracias a la llegada de un caballero, quien armado con una larga lanza, se enfrentó valerosamente al dragón y acabó con su vida. Cuentan igualmente que de la sangre salpicada del dragón, de cada gota derramada sobre la tierra, surgió un rosal rojo. La cuestión es que el Monasterio de Poblet, hoy en día lo encontramos por aquellos andurriales, todo él rodeado de hermosas y “bien peinadas” viñas, y proliferan los rosales en muchas de las cabeceras de sus filas. Viñas nosotros no tenemos (aún) pero rosas sí, desde siempre disfrutamos de un rosal en nuestra casita (casi cabaña) de la montaña, y desde hace poquito de otro en el jardín de “casa”, y cada día me gustan más y me hacen más compañía uno y otro. El tal caballero no era otro que Sant Jordi (Jorge, Gorka…), patrón de Cataluña, tradicionalmente celebrado con el regalo de un libro y una rosa. De rosas acabo de escribir, de libros no hace falta porque cada entrada la comienzo con una cita literaria, pero de San Jorge puedo añadir que, precisamente el pueblo donde nació mi padre, en el que pasé varios veranos completos durante mi niñez y al que acudimos para algunas reuniones familiares en la casa que allí conservamos, no es otro que Santiurde de Reinosa (San Jorge).


 (Grabación "de campo" de baja calidad, pero completamente real")

 

He empezando hablando de leyendas, caballeros y monasterios, porque nuestro viaje al Penedés para participar en la Pedals de Clip, dedicó el sábado a recorrer (en coche y con calma) la Ruta del Cister. La decisión fue acertada porque tras un invierno cargado de nieve y una primavera tan lluviosa, el campo catalán está en estos momentos convertido en un vergel, con una exuberante explosión de hojas, hierbas y floresta. Las viñas están repletas de hojas de parra, todo luce de un verdor que nos recuerda nuestra propia tierra junto al mar Cantábrico. Las amapolas contrastan con sus pinceladas rojas impresionistas por aquí y por allá.
La ruta del Cister integra, en su versión básica tres monasterios que merece la pena visitar. Nosotros empezamos por el Real Monasterio de Santa María de Poblet, el más extenso y afamado, catalogado como Patrimonio de la Humanidad. Se trata de un conjunto con espacios civiles o militares de defensa, y religiosos. Pese a que continúa siendo lugar de residencia de los monjes, es visitable en una gran parte de su extensión. Consta de varios edificios grandes, que incluyen los antiguos dormitorios en forma de un amplísimo salón diáfano, el sobrio pero elegante refectorio, la antigua cocina, salas de despacho y un precioso claustro gótico bastante elaborado en su construcción. La iglesia es enorme y posee un espectacular retablo esculpido con detalle en alabastro blanco, y justo enfrente del mismo, a lo lejos, sobre las puertas de entrada, un órgano recién adquirido que parece ser el más grande de Europa, encargado a una firma suiza especializada en este tipo de instrumentos musicales (suerte que aún quedan por el mundo personas o empresas de vocación artesana). Por cierto que tuvimos la suerte de poder escucharlo durante nuestra visita.
 

 
Nuestra segunda parada fue más modesta y coqueta. Una entretenida sucesión de curvas nos introdujo de lleno en campos más ondulados y asilvestrados de Tarragona. Una zona preciosa que alguno aprovechaba para recorrer peregrinando sobre sus botas o a lomos de un caballo o bicicleta. El coche giraba en recovecos que nos descubrían una nueva vista parcial tan o más bonita que la anterior. Las cepas aparecían en terrenos recortados en parcelas irregulares e insospechadas localizaciones. Finalmente los olivos parecieron hacerse cargo de la ocupación del terreno y eso significó la llegada a Vallbona de les Monges. Allí, incrustado en el centro de un pueblo se encuentra el Real Monasterio de Santa María de Vallbona. En este caso habitado por monjas, a las que tuvimos la fortuna de poder escuchar rezar en cánticos, acompañadas por otro órgano, nada más llegar a “sexta”. La visita fue entretenida, y nos mostró un conjunto de mucha menor dimensión, bastante más sobrio en sus detalles de construcción y con un claustro irregular en el que cada uno de sus cuatro laterales fue construido en un siglo diferente. Todo ello a caballo entre el románico y el gótico. Muy recomendable.
La última visita, fue en realidad la que más nos gustó. No es que las anteriores no hubieran estado a la altura, cada una de ellas por si sola hubiera merecido la pena. Lo que ocurre es que el conjunto del Real Monasterior de Santes Creus, nos impactó aún más de lo que lo habían hecho los dos anteriores. La zona sigue estando en el corazón de unos campos irregulares y de gran belleza, surcados justo allí por el tajo de un lecho de arroyo. Al monasterio se accede a través de una amplia plaza toda ella cerrada por casas antiguas y con portón de entrada. Posee dos claustros: uno muy elaborado y elegante, de un gótico fino y estilizado, y otro exterior, más sobrio pero maravillosamente complementado por un jardín fresco y con elevados ejemplares de cipreses. Al igual que en los casos anteriores, cada cual en acorde proporción a su dimensión general, este monasterio también mostraba sus dormitorios, cocina, refectorio, iglesia, etc. y hasta una residencia palaciega. En definitiva, un hermoso viaje en el tiempo que supo trasladarnos a épocas de monjes cistercienses, grandes órdenes, caballeros, gestas y un ritmo de vida contemplativo, o al menos infinitamente más calmado y sencillo.
 

 
Ritmo del que pronto salimos cuando aprovechamos las Fires de Maig de Vilafranca, para “marcarnos” unos tramos de slot. Efectivamente, entre todo el tumulto de gente visitando el pabellón del motor, tuvimos la oportunidad de poder disfrutar de cuatro largos tramos de los que tenían preparados para un Rallye Open Interclubes. Fue algo interesante poder probar la sensación de recorrer tramos tan largos y variados, sin posibilidad previa de memorizarlos y diseñados para trazarlos completamente por el interior de las curvas. Algo diferente a mi práctica habitual de rallyslot y que no hubiera estado mal haber podido prolongar un poco más de tiempo, de haberlo encontrado en un ambiente menos ferial. En cualquier caso, una experiencia estupenda y por sorpresa, nada planificada, así pues, bienvenida.
Pese a lo que este relato pueda haber sugerido hasta el momento, no perdimos el norte durante el fin de semana con respecto al objetivo principal del mismo: la participación en la Pedals de Clip. En esta ocasión me acompañó Myriam, por lo que lo hicimos en nuestro veterano tándem Dawes, que se portó de maravilla. Durante el tiempo previo a la salida, tras los preparativos del equipo, pudimos disfrutar del saludable ambiente, empezamos a admirar bicicletas y a ser igualmente ponderados por nuestra flamante máquina. Entablamos conversación con algunos participantes y observamos con deleite las motocicletas de época que nos servirían de apoyo en cruces y recorrido. El día era ventoso y fresco. La lluvia llegó a amenazar en algún momento, pero nunca apareció, aún así, rodamos en manga larga. Al principio pedaleamos en un grupo bastante nutrido. Éramos 150 participantes, más las motos y algunos ciclistas de apoyo de la organización, lógicamente el paquete se estiraba, pero no lo suficiente como para que no estuviéramos acompañados todo el tiempo. Esto permitía la charla, la camaradería, las bromas y la observación, y casi estudio, de las diferentes monturas a las que adelantábamos o por las que éramos superados. Encontramos ciclistas muy avanzados en edad (hasta 85 años y en plena forma), gente joven fascinada por este viaje en el tiempo, algunas mujeres, y pese a la mayoría catalana, algunas procedencias de una variada parte de la geografía española. Cuando vas en tándem, siempre llamas la atención, es algo inevitable. Y si lo haces en un evento, como fue el caso, en el que el único tándem es el tuyo, entonces tienes garantizados los saludos, ánimos, comentarios y conversaciones durante todo el trayecto. Es pues un buen recurso socializador. El trayecto nos llevó por carreterillas muy estrechas, tranquilas y agradables entre los viñedos. Pese a lo llano del perfil, un constante atravesar de arroyos y lechos de agua, provocaba repentinos y cortos (pero abruptos) descensos y sus correspondientes ascensos, que te exigían estar muy atento y previsor con el cambio, además de ejercer de efecto rompepiernas y endurecedor. La gente debía haber apurado mucho en cubiertas, porque nos sorprendió la gran cantidad de pinchazos que encontramos en las cunetas. Por cierto que esta parte incluía un tramo de unos pocos kilómetros no asfaltados, pero con un firme agradable y de buena ciclabilidad.
 
(Origen foto: La Pedals de Clip 2013)
 
Un poco más allá de mitad del recorrido tuvimos una deliciosa parada de avituallamiento en Bodegas Torres. El queso, el pan-tomaca, el picoteo y especialmente los estupendos vinos, nos ayudaron a reponer el ánimo (más que las fuerzas, aún poco gastadas). Tanto, que el regreso a los pedales resultó aún más animado. Esa parada sirvió además para poder disfrutar más todavía de la observación detallada de las bicicletas, así como para entablar conversación más serena con diferentes participantes. Todo ello en un ambiente de cercanía, alegría y ganas de pasarlo bien. Nosotros en esta ocasión optamos por un tinto ligero delicioso, del cava artesano ya habíamos disfrutado con holgura la noche del viernes en casa de Montse (siempre tan atenta, generosa y detallista).
La segunda parte resultó más exigente. Se pedaleaba más aislado, ya que algunos optaron por un recorrido más corto, y así el grupo se vio algo reducido. Además no hubo ningún reagrupamiento y los ciclistas nos fuimos dispersando poco a poco. Los cruces más delicados estaban “protegidos” por la organización, y el recorrido perfectamente señalizado. El trayecto se desarrollaba por zonas campestres de orografía cambiante, con sucesiones de breves ascensos y descensos, en un constante ondular del territorio, que poco a poco iba endureciendo la etapa. A ratos llegábamos a rodar solos, aunque casi siempre tenías a alguien a la vista por delante o por detrás. Incluso llegamos a rodar entre bosque, antes de alcanzar una cuenca que girando poco a poco nos acercó hasta San Martí Sarroca para acometer el ascenso final a su conjunto histórico, formado por una preciosa iglesia románica y un castillo medieval anexo. La subida la tomamos con ganas e ímpetu, y la ascendimos con soltura, agradeciendo sobremanera los generosos ánimos del público y de nuestros amigos, apostados en algunas de las horquillas. En la meseta medieval del castillo y la iglesia estaba el arco de llegada, el avituallamiento final y  un gran gentío formado por los ciclistas clásicos, organizadores, familiares y amigos. Un excelente ambiente de satisfacción y alegría. Se sucedían las fotos, el picoteo, los comentarios sobre las anécdotas y los tragos de la riquísima cerveza artesana con la que la organización nos obsequió. La jornada incluyó un homenaje al recientemente fallecido ciclista Miguel Poblet y a su inseparable escudero Vicenç Iturat (allí presente), para lo cual asistieron un buen puñado de exciclistas profesionales catalanes, algunos de los cuales habían completado la ruta con nosotros.
 

(Origen fotos: La Pedals de Clip 2013)
 
El viaje resultó un acierto completo y un enriquecimiento cultural y humano más. En cuanto a la ruta vintage, una experiencia deportiva muy recomendable por lo bonito del recorrido, la excelente organización y la fantástica compañía: 150 auténticos ciclistas retro, todos ellos con ganas de pasárselo bien, sin afanes competitivos, orgullosos y a su vez admiradores de las bicicletas allí concentradas. La Pedals de Clip dio sin duda muestras evidentes de que esto de las rutas en bicicleta clásica es una tendencia en auge, que va alcanzando popularidad e interés, recuperando a ciclistas que lo fueron y sorprendiendo a aquellos jóvenes atraídos por las nostalgias escuchadas o leídas sobre tiempos pasados. Pero no se trata sólo de ciclismo, se trata de espíritu deportivo (aquel sobre el que he escrito en ocasiones anteriores), de disfrutar de los productos naturales tradicionales (olvidando la obsesión por las sales minerales y aminoácidos de cadena ramificada), y de aprovechar los viajes para sumergirse en el patrimonio natural y cultural de las comarcas visitadas (y no viajando en plan relámpago para limitarse a vivir exclusivamente la prueba deportiva, como si de un deportista profesional con un calendario abarrotado se tratase). Ya pasé por aquello hace años, y puestos a elegir, me quedo con esta nueva versión de la asistencia a eventos deportivos. Sin ir más lejos, entre las cosas que nos hemos traído del Penedés destacan: una preciosa gorra clásica de ciclismo (en vez de la consabida “finisher T shirt”), una garrafa de aceite de la cooperativa de Vallbona, y unas botellas de cava artesano sin marca (en vez de puestos, tiempos o detalles de tecnología deportiva).

viernes, 17 de mayo de 2013

20. CAMINO SORIA

"¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, oscuros encanares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria,
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

[…]

¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita,
me habéis llegado al alma,
¿o acaso estabais en el fondo de ella?
¡Gentes del alto llano numantino
que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!"

Antonio Machado (Campos de Soria)


Debo llevar bastante tiempo haciéndome mayor. Lo digo porque desde hace algunos años hay varias actitudes personales ante la vida que me han ido cambiando. Mi escala de valores se ha ido transformando mucho: reduciendo el materialismo a favor de lo emocional; la ambición caracterizada por un deseo insaciable de acumulación de acciones, experiencias, trabajos, kilómetros, descensos… por la sostenibilidad que permite mantener y asegurar que los placeres de la vida y la felicidad perduren (calidad vital por encima de cantidad); cambiando el tipo de personas por las que sentía admiración antes, en relación a las que me provocan ese sentimiento ahora, casi siempre más “populares” las de antes y más difíciles de conocer las de ahora; una cada vez más acusada tendencia a vivir en el medio rural y menos en el urbano... El valor que le asigno en mi vida al dinero y al poder, y a casi todo lo referente a ellos también se ha transformado (totalmente a la baja). Eso es fácil de decir cuando uno no se encuentra sumido en la pobreza o cerca de ella (al menos por el momento), pero la verdad es que toda esta metamorfosis empezó a operarse en mí mucho antes de que la consabida crisis económica que nos asola, empezara ni siquiera a imaginarse en la ficción de algunas mentes avispadas. De hecho, cuando aún parecíamos disfrutar de una bonanza económica fastuosa, mi tranquila percepción del entorno ya se podía describir como un escenario de auténtica crisis social, de valores, educativa y de la felicidad.
Desde hace más de una década, vengo reflexionando, y manifestando en conversaciones de mucha confianza, que no me creo que un elevado porcentaje de las personas que viven en las grandes metrópolis españolas (Madrid y Barcelona especialmente, aunque también muchas otras), tengan necesidad de hacerlo allí. Hay quién de verdad no le queda más remedio por cuestiones laborales, pero sostengo que en gran parte de los casos, se debe a pura inercia y el hacerlo les supone una vida muchísimo más cara e infeliz que la que podrían desarrollar con similares recursos personales o de unidad familiar (no me refiero simplemente a la nómina), en muchos otros entornos geográficos de nuestro país. La vida en las grandes capitales es mucho más cara, dura, incómoda y crispada. No aporta, ni mucho menos más libertad, ya que la actual dictadura normativa que sufrimos resulta bastante más implacable en ellas. Y todo ese cuento de que te permite un desarrollo cultural mayor, es eso… un cuento, porque de todos es sabido que al teatro, a las exposiciones, etc. de las grandes ciudades, vamos más los de fuera, de visita, que los residentes, quienes al final no van nunca a nada. En España sigue habiendo una obstinada tendencia a agregarse o apelotonarse en grandes núcleos urbanos, no siempre bien urbanizados, comunicados ni dotados de servicios; o a amontonarse todos al borde del mar. Esto ha desestructurado el país desequilibrando el asentamiento de la población, algo bien diferente de lo que ocurre en Francia, y numerosos países europeos donde las opciones de interior, ciudad pequeña o entorno rural son concebidas como normales, modernas y acertadas. Cada cual que siga su camino y tome sus decisiones: la calidad de vida (real) está en juego. Y puestos a beberse una caña o tomarse un vino, los prefiero de calidad, a precio más que razonable, en un entorno agradable, sin codazos, sin frustraciones de aparcamiento y con gente mental y socialmente sana alrededor.
Esta reflexión viene motivada porque hoy voy a escribir sobre Soria. Provincia elegida por ser escenario de La Histórica, una de las próximas citas que me esperan en la Challenge. Para mi Soria evoca conceptos como felicidad, naturaleza, sencillez, humanidad, tranquilidad, sostenibilidad, paraíso, etc. Hace años que creo firmemente que los mejores países para vivir (y por ende las mejores comarcas) son aquellos que se encuentran lo suficientemente alejados del desarrollo puntero y del subdesarrollo extremo, los cuales muestran, cada uno a su modo, enfermedades sociales endémicas importantes. Cada vez que escucho o leo información bien documentada sobre Soria, me convenzo más de que estamos ante un ejemplo de equilibrio de convivencia humana en la que el entorno, la naturaleza, la cultura, las costumbres, el clima, las relaciones sociales, el ritmo, la salud… y un sinfín de características fundamentales para la vida, se configuran en una rúbrica inigualable, y a día de hoy rayana en la perfección. Mi interpretación de su realidad (quizá desinformada o errónea) es de que Soria sí que es “país para viejos”, para jóvenes, para niños y para personas felices en general.
 
 

 
La provincia es una auténtico paraíso natural (no es un lema simplemente). Llena de bosques, es de los lugares donde menos incendios hay (la gente feliz no es incendiaria). Tiene pueblos adorables, campos, montañas, agua y una capital de escala humana, que se traduce en un lugar fácil, agradable y económico para vivir. Soria ha recibido premios, menciones y reconocimientos europeos e internacionales como ejemplo de territorio y comunidad sostenibles. Y no hablamos de un área pobre desde un punto de vista puramente económico. Hablamos de un ejemplo de comarca en el que las personas y el territorio se respetan y se hacen la vida fácil mutuamente.
Una de mis canciones favoritas de la música española de todos los tiempos habla sobre Soria. No hago listas al respecto (me parece una solemne tontería) pero si tengo claro que hay algunas canciones que se hacen un sitio importante entre mis favoritas y allí se instalan de por vida, aunque puedan pasar años sin que vuelva a escucharlas. Ejemplos de ello son “Los Mimbrales” cuando la canta Carlos Cano, la versión original de “La chica de ayer” de Nacha Pop” y entre algunas otras… ”¡Voy camino Soria!” de Gabinete Caligari. Me encanta su ritmo, su combinación instrumental, su letra y su originalidad. No me puedo resistir a dejar de mencionarlo, e incluso a incorporarla a esta entrada. Para quien le apetezca, puede desde este momento leer y escuchar a la vez.




Mi relación con este territorio empezó de pequeño cuando durante algunos años mis tías y mi abuela vivieron en la capital, y mis padres nos llevaban de vez en cuando a verlas y pasar unos días con ellas. Tengo muy buenos recuerdos de entonces, de una Semana Santa en la que empezamos a familiarizarnos con la ciudad y sus alrededores. Entre otros parajes visitamos la iglesia-cueva de San Saturio al borde del Duero, construcción sorprendente para unos niños como nosotros y combinación religiosa-rupestre que después he visto repetida en Covadonga, Valderredible, Ojoguareña y tantos otros lugares, cargados de misticismo. También fuimos a las ruinas de Numancia, que nos emocionaron gracias a que nuestra infantil y entusiasmada imaginación se había previamente encargado de “colorear” el lugar con batallas y héroes (sin duda espoleada por la influencia, nada sutil, de la consabida enciclopedia escolar Álvarez, que otra cosa no sé, pero lo que eran héroes “nacionales”, los tenía a montones). Jugamos una tarde entre las hileras de columnas y capiteles de varios estilos del claustro de San Juan de Duero, desnudo ante el cielo, arraigado en la hierba y cerca del río. Me encantan esos vestigios románicos, góticos o medievales en general que se encuentran semiderruidos y conviven integrados en la naturaleza. Tal como me ocurrió hace años al encontrar el esqueleto de piedra de una iglesia gótica en Whitby, la combinación de los restos de arquitectura en piedra, con el pujante verde asilvestrado me seduce. Conocimos las dehesas y campos de los alrededores de la ciudad, y la mítica Laguna Negra en la Sierra de Urbión, que el día que la visitamos nos recibió como de boda… completamente blanca y congelada por una capa de hielo. Mis recuerdos de aquella época son ya borrosos y confusos, pero felices.
Poco después mi hermano Juan y yo fuimos enviados de nuevo allí a pasar el verano con la abuela y las tías. Tendríamos alguna edad indeterminada entre los 10 y los 14 años (no puedo precisarlo), y a esa edad, ya me diréis qué pueden hacer en Soria, en verano, dos chavales de Santander… ¡pues pasarlo en grande! Fue un veraneo fantástico lleno de piscinas, libertad urbana y campestre, nuevos amigos, ocio cultural suave y entretenimiento. Recuerdo dibujar paisajes y edificios: el pórtico románico de la Iglesia de Santo Domingo, el Palacio de los Condes de Gómara y la propia ermita de San Saturio. Recuerdo jugar al fútbol en “escampados urbanos”, comprar botellas de refrescos en una fábrica de hielo y beberlos tumbados a la sombra en la hierba del Parque de la Dehesa con los amigos. También recibir un regalo de pichones vivos dentro de una caja de cartón (un agradecimiento rural de la familia de alguna alumna que quería demostrárselo a mi tía materializado en forma de presente), que mi abuela mató pacientemente y mi otra tía cocinó con arroz blanco. Y una ciudad agradable, segura, tranquila, familiar, abierta y en la que el transporte urbano se hacía simple y llanamente innecesario. ¿Qué Soria no es una de las numerosas ciudades españolas catalogadas como Patrimonio de la Humanidad? ¡Ni falta que le hace!
También conozco su provincia, y jamás me ha defraudado. Ya he comentado algo del ciclismo que he hecho por allí en la entrada que escribí sobre puertos de montaña, pero he de añadir que también he pedaleado (y cargado con la bicicleta de montaña) por los cordales de la Sierra de la Demanda entre Burgos y Soria con algunos amigos. Recuerdo además una preciosa etapa sin puertos, en bicicleta de carretera, discurriendo toda ella por los extensos pinares ubicados al sur de la carretera que va desde Vinuesa a Quintanar de la Sierra. Conectando tramos de carreteras secundarias, con pistas asfaltadas y otras sin asfaltar, haciendo oídos sordos de algunos compañeros (y amigos) algo más sibaritas que yo, lamentándose por el estado del firme o sufriendo por sus bicicletas. Se ve que mi afición a los tramos más clásicos y al concepto “free-ride” y “dirty-road” del ciclismo de carretera, ya estaban instaurados en mi personalidad.
La moto ha sido otro medio de transporte con el que he disfrutado de lo lindo por la red de carreteras de esta provincia. En cierta ocasión la cruzamos de sur a norte, regresando con calma de un viaje por El Maestrazgo y por Cuenca. Aquella vez viajábamos dos parejas en sendas motos (la eterna K-75…), rodando por “España a lo ancho” (término que escuché por primera vez al carismático José Luís Algarra quien nos descubrió una España llena de secretos mágicos a través del cicloturismo más esencial). Es decir, escogiendo rutas olvidadas, tortuosas, recónditas, solitarias y sumergidas en parajes naturales aún preservados y en rincones legendarios de cultura casi olvidada. Más recientemente, Myriam y yo solos (también en moto, otra BMW más moderna) comenzamos a los pies de los Picos de Urbión, un largo viaje siguiendo al río Duero desde su nacimiento hasta su desembocadura en Oporto. Así que trazamos la amplia curva que el río dibuja por Soria, y que nos trasladó por sus montañas y por sus campos más al sur, permitiéndonos conocer y disfrutar de poblaciones interesantes como Almazán, San Esteban de Gormaz, Burgo de Osma, etc.
La montaña y el caminar tampoco pueden obviarse cuando decides entretenerte por estos territorios. Los Picos de Urbión ofrecen muchos itinerarios realmente atractivos y reconfortantes, donde se integran los bosques, las rocas, la vegetación de montaña y el agua que brinca y se hace camino por diferentes recovecos. ¡Un paraíso senderista! de verdad. Así anduvimos buscando las fuentes del Duero. En otra ocasión, en un entorno más seco y caluroso, bien distinto, pero no menos espectacular, estuvimos recorriendo parcialmente el Cañón del Río Lobos, por su lecho, bordeando la capilla levantada allí por los caballeros templarios y avanzando bajo los acantilados que esconden el río, que no parece detenerse en su vocación de excavar.
Siempre que he ido allí he querido volver. Siempre se me han quedado cosas pendientes. Cumbres a las que subir, lugares que visitar, recorridos por hacer, productos que degustar y estados de ánimo que recuperar. En esta ocasión, la celebración de La Histórica me provoca una doble motivación. Por un lado avanzar un poco más en el calendario de Clásicas ciclistas. Por el otro, una nueva disculpa para visitar esta provincia que tanto me gusta y tan buenos momentos me ha proporcionado cada vez que la he visitado. Echando un vistazo al recorrido he podido ver que voy a conocer algunas localidades en las que no he estado anteriormente, por lo que volveré enriquecido. El planteamiento de la ruta y su filosofía tiene una apariencia francamente sana, sugerente y apetecible. Nos proponen un recorrido mixto con algunos tramos no asfaltados, localidades de cierto renombre y un perfil asumible. La idea de incluir avituallamientos de carácter “clásico”, con productos de la tierra en lugar de suplementación alimenticia tecnológica, lo hace todo más atractivo, y espero que todo se preste para que todos podamos entablar allí nuevos lazos de amistad o camaradería. Todo pinta a que nos lo vamos a pasar muy bien, y con ese ánimo saldremos de casa, tratando de aprovechar un buen fin de semana de entretenimiento y disfrute.
Ya me parece sintomático el hecho de que los sencillos contactos electrónicos que he podido mantener con Alberto Faricle, me han dado muy buena espina. Yo ya había escuchado muchas alabanzas respecto a su evento, procedentes de algunos ciclistas clásicos habituales a las escasas pruebas que hay en España. Pero además, en el trato por correo electrónico, me ha parecido, a simple vista, una persona entusiasta, llana, sencilla, abierta y con ganas de recibir a los demás ¡un anfitrión! Precisamente esto me hizo, tras algunas dudas, sacrificar un viaje a Bélgica, donde en las mismas fechas se celebra la Retro Ronde, para no perderme La Histórica, y apoyar con nuestra presencia, la consolidación de esta ruta soriana. Alberto me animó a ello, me dijo que no me sentiría defraudado y estoy seguro de ello. Es pura intuición, pero sospecho que estamos ante otro “ciclista singular”. Hay eventos tras los cuales existe un amplio entramado organizativo, hay otros sin embargo detrás de los cuales hay alguna persona entregada (tal fue el caso de Sean y su Pendle Witches), quizá Alberto sea uno de esos ejemplos.
Por si a alguien le quedan dudas o le aborda la pereza de cara a asistir y participar a esta nueva cita, aquí os dejo el video de resumen de la edición anterior, para que disfrutéis del ambiente, a ver si las imágenes son capaces de ser más persuasivas que yo.
 
 



viernes, 10 de mayo de 2013

19. EL PENEDÉS

“Mendes alzó el vaso para observar el color del vino, lo movió trazando leves círculos y estudió los finos rastros traslúcidos que dejaba el líquido en el cristal al arremolinarse. Lo acercó a la nariz y cerró los ojos. Bebió un sorbo, conservó el vino en la boca e inspiró con los labios un poco entreabiertos para que el aire lo atravesara de camino a la garganta.
Luego se lo tragó y se quedó sentado con los ojos cerrados, y el rostro pétreo y muy serio. Josep no podía adivinar casi nada por su expresión.
Abrió los ojos y bebió otro trago. Sólo entonces miró a Josep. – Ah, sí – dijo suavemente”.

Noah Gordon (“La bodega”)

El domingo 19 de mayo, dentro de poco más de una semana, se celebrará en San Martí Sarroca el segundo evento de ciclismo clásico al que tengo programado asistir esta temporada, y el primero que se celebra en la Península Ibérica. Aunque no está precisamente cerca de casa, el viaje es asequible y relativamente cómodo en coche, ya que se dispone de autovía o autopista prácticamente todo el trayecto. Así que allí estaré, y en esta segunda “etapa” de la Challenge Retro, espero estar acompañado. No sólo por algún miembro de mi familia, sino también con gran probabilidad por algunos amigos con fuerte vinculación a aquella comarca.
La opinión que una parte aparentemente significativa (o al menos ruidosa) de los españoles tiene de Cataluña y de los catalanes no es siempre positiva, lo cual representa un buen ejemplo de un error común de nuestros días: juzgar a un territorio y a sus gentes en función de su clase política (que no políticos con clase) y de la supuesta Opinión Pública que ellos, las instituciones que representan y los medios de comunicación (también habitualmente compinchados con los primeros) pretenden hacernos creer que es la real entre los ciudadanos. Líbreme Dios de caer en tal error, pues me sentiría muy desdichado si como Montañés se me juzgara en función de la imagen pública que década tras década han ido dejando tras de sí algunos de nuestros políticos más populistas y esperpénticos.  No soy un experto en Cataluña, ni mucho menos, tan sólo he visitado algunos detalles de su geografía y contactado con habitántes anónimos de la misma, y sobre ello exclusivamente, voy a escribir hoy. Conozco un poco Barcelona, ciudad en la que he estado en varias ocasiones muy espaciadas a lo largo de los años; Lérida, y algún tramo emblemático de la costa Brava (Cadaqués, Tossa de Mar, Figueres… incluso Sitges); recuerdo que incluso por allí llegué a salir en bicicleta de carretera, un soleado día con uno de mis cuñados ciclistas (casualmente tengo muchos cuñados, y varios de ellos son o han sido aficionados a la bicicleta, aunque abundan ya los que la tienen más bien olvidada). También conozco algunas zonas del Pirineo catalán (Viella, Puigcerdá, La Seu d’Urgell…), pues por mi anteriormente comentada afición al esquí, he podido recrearme descendiendo por las laderas de La Molina (en un mítico Campeonato de España Universitario Open, en el que acudiendo yo con rol de técnico, mi amigo David consiguió una plaza para la Universiada de Corea en la modalidad de slalom especial), Boí Taüll (excelentes pendientes, calidad de nieve y sopa de ajo casera) y Baqueira Beret en bastantes ocasiones (Escornacabres incluido, con nieve virgen por encima de la rodilla y unos Dynamic VR27 de 2,10 m de largo, mano a mano con mi hermano Guti). Finalmente también recuerdo algún recorrido en moto, pero no mucho más, lo cual, tratándose de una tierra tan variada y amplia, se me antoja muy escaso. Pero esto es algo que no se va a solucionar en un fin de semana de pedaleo por la comarca del Penedés. De hecho, precisamente allí estuve hace menos de un año, y también pedaleando.
Efectivamente, el mismo organizador de la Pedals de Clip (Carles Soler) tuvo a bien convocar por el mismo territorio (y sospecho que recorrido algo similar), una concentración de tándems. Y escaseando tanto las posibilidades de poder asistir a tan extraño tipo de eventos (me refieros a los específicos para tándem), al final del verano pasado nos fuimos a participar. Eso me da ahora la oportunidad de poder hablar un poco del entorno que nos espera en unos días, y de recomendar encarecidamente el viaje allí, para poder disfrutar de un enriquecedor fin de semana de ciclismo y de turismo privado y relajado. En la pasada ocasión aprovechamos la ida para conocer Montblanch (localidad amurallada bastante interesante), en esta ocasión quizá nos detengamos en algún que otro paraje de interés y fácil visita rápida. El Penedés, desde mi punto de vista, es por encima de todo una tierra de vinos, payeses y  masías. Los viñedos, tapizando las lomas que apenas moldean suavemente el paisaje, contrastando con algunas escarpaduras de fondo por aquí o por allá, representan la verdadera esencia del panorama. Los payeses son el origen autóctono de su población, su carácter social y su cultura; mientras que las masías representan su arquitectura rural, su interpretación del desarrollo agrícola sostenible y han sido el centro neurálgico de la vida y las sagas familiares. Los vinos de por allí me los introdujo hace muchos años mi ya fallecido (y nunca olvidado) entrañable amigo Manuel, que les tenía en gran aprecio, lo mismo que al cava y… ¡aún sin pegar prácticamente nunca una pedalada sobre una bicicleta! al ciclismo histórico, mítico y contemporáneo de las Grandes Vueltas. Manuel se sabía bastante bien la historia del Tour de Frnacia, bastante de la Vuelta y mucho del Giro. Manuel no pedaleaba jamás (el era sobre todo de coche) pero seguía las tres grandes vueltas con atención y experto interés desde niño. Si me pongo a hablar de caldos del Penedés me centraré en las dos cuestiones que más me atraen del tema: por un lado, aparte de la ligereza y “facilidad” de disfrute que siempre me han proporcionado algunos tintos de esa tierra, quiero desde aquí rendir homenaje a ciertas bodegas que, de unos años a esta parte, se han volcado en la recuperación y utilización de la variedad de uva Syrah (la más antigua que se conoce, de origen etrusco al parecer), una variedad que marida estupendamente con mis preferencias personales. Tintos allí, los hay de muchas variedades y gran calidad. En breve probaré una recomendación de garnacha, pero mi iniciación a los caldos de esta comarca fue siempre con agradables y “tranquilos” Cabernet Sauvignon, bastante comunes por allí. Pero insisto algunos de variedad Syrah me tienen ahora mismo cautivado. La segunda cuestión es la del cava, bebida que estando muy fría y si se trata de una versión muy seca, me agrada muchísimo como trago social ocasional o incluso como riego de determinadas comidas. No seré yo quien descubra aquí y ahora las bondades y maravillas de numerosos cavas de esta comarca, pero si me sonrío al pensar que a día de hoy aún conservo algunas botellas de cosecha familiar, artesana y no comercializada que mi amiga ciclista Montse tuvo la gentileza de regalarnos. Dicho esto, resulta obvio que, entre otras cosas, espero aprovechar esta escapada para disfrutar de algún buen tinto local y varias copas de cava. Así que daros por brindados lectores.
El Penedés también disfruta de mucha costa: especialmente conocido resulta Sitges así como Vilanova i la Geltrú. Ambas localidades son buenos ejemplos de ello, pero costas he recorrido muchas a lo largo de mi vida, en diferentes países, latitudes, mares u océanos, y precisamente ésta no es de mis favoritas. De hecho allí, me tira mucho más la tierra (¡y sus viñedos mediterráneos!) que la costa. Sin embargo ahí está para disfrutar de su arena, sus baños y algunos de sus numerosos restaurantes con encanto más o menos escondidos.
La última vez que estuvimos por allí, por el Penedés quiero decir, fuimos excepcionalmente acogidos por una conocida y sus amigos locales. El trato fue inmejorable, cercano y amabilísimo. Nos sentimos plenamente agasajados y disfrutamos enormemente de nuestra estancia, breve pero intensa. Eran las fiestas patronales de Vilafranca (en honor a Sant Félix), lo cual implicaba un apretado, largo y potente programa de festejos y actividades, claramente enraizados en la cultura popular de la comarca. Lamentablemente llegamos un día después del concurso de “castellets”, que me hubiera encantado haber podido seguir en vivo, pero a cambio nos explicaron detalladamente todo lo relativo a esa manifestación acrobático-cultural y visitamos las zonas de entrenamiento de algunos de los grupos (Collas) de la ciudad. Pero si que vivimos una noche mágica de fuego, ruido, luces, colorido y olor a pólvora; tanto por la calle siguiendo a la comitiva, como más tarde desde un balcón estratégicamente situado ante la fachada de la Basílica de Santa María, donde finaliza el “Correfoc”, en un auténtico espectáculo de fuegos artificiales y gente entusiasmada.
 
 
Arriba Glenn Ford y Rita Hayworth, debajo Myriam y yo,
 en el tándem por el Penedés en la ocasión anterior
(Tanto Glen como yo felices y afortunados).
 

Respecto a lo puramente ciclista, puedo asegurar que realizamos un recorrido de lo más agradable. Poco más de 60 kilómetros por carreteras muy tranquilas y pistas de circulación laboral entre los campos. Atravesamos alguna pequeña localidad, estuvimos al “amparo” casi permanente de las viñas y en todo momento nos sentimos acogidos por el resto de ciclistas, casi en su totalidad catalanes, y a ninguno de los cuales nos habíamos encontrado previamente en toda nuestra vida. No sé exactamente cuánto de aquel agradable recorrido coincidirá con el propuesto para esta edición de la Pedals de Clip, aunque la zona es básicamente la misma, en cualquier caso se trata de una zona bastante llana o con variaciones orográficas muy suaves y llevaderas. Recuerdo algún que otro tramo corto de pista sin asfaltar pero con tierra muy lisa y compactada, que no suponía amenaza mecánica o incomodidad ninguna. La parada de descanso intermedia en aquella ocasión, fue una interesante visita-degustación a una de las sedes de Bodegas Torres, donde pudimos conocer su museo, recibir algunas explicaciones y probar varios de sus caldos. He visto que en esta ocasión el punto de inicio y final ha variado, lo cual me alegra porque nos dará la posibilidad de detenernos y conocer un poco otra de las localidades atractivas de la zona: Sant Martí Sarroca, que tiene una pinta estupenda en las fotografías que he buscado por Internet, con su castillo, su iglesia y esa localización elevada que promete excelentes vistas. Eso sí, me parece que del repecho final no nos librará nadie.
Y para “calentar” el ambiente un video promocional del evento:
 
 

viernes, 3 de mayo de 2013

18. 50 AÑOS (1963)


"He tropezado con la ladera de doce montañas brumosas
he caminado y me he arrastrado por seis carreteras retorcidas
he dado pasos en medio de siete bosques sombríos
he estado delante de una docena de océanos muertos
me he adentrado diez mil millas en la boca de un cementerio
y será dura, será dura, será dura, será dura,
será dura la lluvia que va a caer"

["I've stumbled on the side of twelve misty mountains
I've walked and I've crawled on six crooked highways
I've stepped in the middle of seven sad forests
I've been out in front of a dozen dead oceans"
I've been ten thousand miles in the mouth of a graveyard
And it's a hard, it's a hard, it's a hard, it's a hard
It's a hard rain a-gonna fall"]
Bob Dylan (“A hard rain’s a-gonna fall”)

 
 
Hoy toca homenaje. Ya expliqué en la primera, o una de las primeras entradas del blog, que la justificación de la Challenge Retro (y por tanto del propio blog) era el celebrar mi cincuenta cumpleaños. Y como se aproxima la fecha exacta del mismo, he decidido dedicar un texto al año de mi nacimiento: 1963. Espero no convertir esto en una especie de efemérides enciclopédica de esas que aparecen en wikipedia o en los almanaques. Para evitarlo he tratado de seleccionar algunos temas o asuntos bastante personales y no necesariamente importantes o genéricos, tal como haría cualquier agencia informativa. Antes de nada quiero decir que cualquier año es, seguramente, merecedor de un relato retrospectivo, pero cada uno solemos tener especial cariño al nuestro, y puede ser que el mero hecho de haber nacido en esa fecha, haya formado parte en alguna medida, de que hayamos acabado siendo como somos.
 
Como noticia internacional puedo comenzar diciendo que en 1963 se produjo el asesinato de Kenedy en los Estados Unidos. Una noticia tan impactante, que su eco duró décadas y convulsionó un mundo caracterizado por muchos aires de renovación y liberalización de las ideas y, sobre todo, de los comportamientos cotidianos de la sociedad occidental. Precisamente también aquel año Martin Luther King declamó su discurso “I have a dream”. Eran los inicios de una década en la que el mundo occidental clamaba por más libertad personal (preludios del “mayo del 68”) ignorando que medio siglo después las personas estaríamos más que indefensas ante el liberalismo casi absoluto de las corporaciones. Quizás el campo cultural que mayor vinculación o cercanía tenía en aquella época, con la comentada tendencia social de “liberación”, fuera la música. La música moderna, a través del Rock and roll, el Pop, el Folk, la Psicodelia y toda la diversidad de estilos emergentes derivados, que cristalizaban o empezaban a germinar en aquellos años. Conviene recordar que si bien Los Beatles “nacieron” como grupo en 1962, su despegue fundamental ocurrió en el 63, año en el que publicaron sus dos primeros “LPs”. Pero puestos a hablar de discos, hay uno publicado hace 50 años, que me hace especial ilusión. Se trata del “Freewheelin’” de Bob Dylan. Para empezar Dylan es uno de mis cantantes favoritos. Siempre me gustó y aún hoy me sigue conquistando son sus discos más recientes. Por otro lado no es necesario que explique la trascendencia que su estilo y canciones han tenido en la historia musical del mundo contemporáneo, siendo quizá el cantante más influyente que podamos encontrar (o uno de los más influyentes) sobre el resto de músicos modernos. Por si fuera poco el nombre del disco, parece que viene al pelo para un blog sobre ciclismo ¿no? Pero es que además en él aparecen unas cuantas canciones que llegaron a hacerse inmortales y algunas otras que revolucionaron el concepto de protesta social y callejera, algo que cincuenta años después parece estar en el ojo del huracán.
 
Puestos a hablar de cultura permítanseme unos escuetos apuntes literarios. La novela más destacada o iconográfica de ese año probablemente fue “Rayuela” de Julio Cortazar. Confieso que aún no la he leído (¡sacrilegio! pensarán algunos lectores del blog, que quizá dejen de serlo como reprimenda a partir de este momento… pero en mi defensa diré que si os habéis ido acostumbrando a mis encabezamientos, tal castigo parece injusto. Me queda mucho por leer, pero eso es algo que “afortunadamente” nos pasa a todos). Sin embargo quiero traer a colación a uno de mis escritores favoritos, quién también vio publicada ese año una de sus numerosas novelas. Me refiero a James M. Michener, autor especializado en “geografía novelada” (el término es mío), en forma de sagas ficticias que utiliza para narrar de forma dinámica la historia de territorios y culturas de diferentes partes del mundo. Sus novelas temáticas largas fueron apareciendo más tarde (Centennial, Caribe, Hawaii, Alaska…) pero en 1963 escribió “Caravanas”, una novela algo más corta ubicada en un Afganistán que estaba a punto de convertirse en un polvorín a causa del cruce cultural propio, musulmán, norteamericano, soviético… ¡casi nada! Treinta o cuarenta años después estábamos todos pendientes del telediario como si algo estuviera pasando allí de repente… ¡esa sabiduría premonitoria de Michener basada en su tenacidad documental!
 
Buscando personajes culturales nacidos el mismo año que yo, la verdad es que he dado con pocos, o no demasiado relevantes para mí. Tampoco ha sido una búsqueda trabajada ni sistemática, más bien un ejercicio breve de curiosidad. Por lo cual apenas terminaré con un apunte relacionado con el cine. De mi misma edad son Johnny Depp y Quentin Tarantino. El primero es un actor polifacético que me resulta simpático y creíble en papeles bastante encasillados, dentro de géneros que tocan lo fantástico y el derroche creativo que se apoya en las ambientaciones estéticas alejadas del realismo. Tiene trabajos interesantes, pero no soy ni de lejos un devoto seguidor de su carrera. Algo parecido me ocurre con el trabajo de dirección de Tarantino. Por lo general me sobra su cruda violencia y su culto oriental, pero he de reconocerle lo que para mí son dos obras maestras del cine: “Pulp Fiction” (una genialidad ajena a género alguno e innovadora en su narrativa, guión y protagonismo coral) y “Django desencadenado” (de las contadísimas ocasiones en las que considero que una película posterior a los años 70 alcanza la categoría de un verdadero “western” de calidad). Pero ahí no queda la cosa, además he de reconocerle ser un fantástico selector de magníficas bandas sonoras.
 
Pero ya que estamos con el cine, me voy a permitir el lujo, aunque esto me pueda costar una avalancha de críticas no declaradas, de homenajear a una de mis sagas favoritas de la historia del cine. Me refiero a Bond, James Bond. La versión cinematográfica del agente 007 cumplió 50 años el año pasado. Pero para mí es como si los cumpliera este. Mi debilidad por la serie proviene lógicamente del disfrute que me provocaron algunos de sus estrenos en plena infancia y adolescencia. Ello seguramente hiciera que se forjaran algunos vínculos emotivos que aún en plena edad adulta, hacen que los sistemáticos atributos de sus películas posteriores aún me sigan resultando simpáticos o evocadores de tiempos tan felices. Valga esto como pretexto de justificación. Paso ahora a exponer algunas cuestiones referentes al conjunto de la filmografía. Entre los ingredientes que más me atraen de estas películas están los siguientes:
 
  • La colección de “juguetes” en forma de artefactos innovadores que se pueden conducir.
  • Los coches deportivos, con los Aston Martin a la cabeza, a pesar de alguna absurda infidelidad causada seguramente por patrocinios ocultos.
  • Los escenarios naturales paradisíacos.
  • Las altas dosis de aventura, basada preferentemente en actividades casi de carácter deportivo, en vez de en violencia explícita. En este sentido me han defraudado algunas cintas recientes en las que se ha recurrido en exceso a los golpes y la sangre.
  • El estilo, la elegancia, la “buena educación”, siempre presente.
  • La nómina de bellas actrices que siempre han formado parte del cuadro de protagonistas.
 

Hablar del cine de James Bond, exige forzosamente discutir sobre la idoneidad de la sucesión de sus actores. Tengo que decir que desde mi personal punto de vista, son sólo tres quienes realmente me parecen verdaderos merecedores del personaje. Me sobran David Niven (un actor por el que siento debilidad) por comparecencia insuficiente, ya que sólo actuó en una ocasión; George Lazenby, por idéntico motivo y escaso conocimiento por mi parte; Timothy Dalton, por “blando” y poco carisma; y Daniel Graig, por excesivamente “rudo” y chocante con respecto a mi imagen subjetiva del personaje. Así que dejo como “verdaderos” James Bond a Sean Connery, ¡porque sí!; Roger Moore, por su permanencia y su particular halo de “bon vivant”; y Pierce Brosnan por su estilo personal, su elegancia y su desfachatez.
 
He mencionado que uno de los signos de identidad habituales de las películas de 007 son las escenas de aventura basadas en la práctica casi extrema de alguna modalidad deportiva al aire libre. Tradicionalmente hay dos disciplinas que han ido apareciendo en muchas de sus películas: el buceo y el esquí. A mí la que me interesa es la segunda. Tal es así que no entiendo que una película de Bond sea realmente “auténtica” sino incluye una buena escena esquiando. A través de las sucesivas escenas de esquí a lo largo de la serie de películas, puede seguirse con cierta aproximación la evolución técnica experimentada por la práctica libre (no competitiva) de este deporte. Tanto en lo relativo al material como, y esto es lo verdaderamente interesante, respecto a la técnica de ejecución. Lamentablemente el ciclismo no se trata en estas películas. Demasiado mundano probablemente. Sin embargo, puestos a imaginarlo, Mario Cipollini ¿quién si no? Se puso a hacerlo por nosotros:
 
 


Como ya he confesado que los coches han llegado a gustarme mucho (aunque cada vez menos, y como entretenimiento prefiero desde hace tiempo las motos y, por supuesto la bicicleta), me veo en la obligación de incluir en este “homenaje” al “deportivo de los deportivos”. Un icono del automovilismo deportivo que también cumple 50 años en pleno 2013 y que a lo largo de este medio siglo pasado ha estado entre los coches más admirados y deseados por los aficionados. Me refiero al Porsche 911 que fiel a su línea y diseño, aún sigue enamorando a sus admiradores, que se cuentan por millones. Tampoco yo me he librado de dicho culto, y desde la temprana edad en la que comencé a correr rallyes (de slot; popularmente “scalextric”. Disputarlos en la vida real sería una auténtica utopía) nunca me ha faltado uno como montura favorita con la que competir.
 

 

Vamos a irnos dejando de temáticas tan diversas y a centrarnos poco a poco en lo estrictamente deportivo. En 1963 se escribe una página dramática en historia del montañismo español. Navarro y Rabadá, primeros escaladores en conquistar el Naranjo de Bulnes por su cara oeste, fallecen en la pared del Eiger. La noticia da la vuelta al mundo y causa gran consternación en nuestro país, en el mismo año en que vienen al mundo ilustres deportistas como Michael Jordan, Chris Mullin, Garri Kaspárov o Emilio Butragueño. De ellos podría señalar algún detalle bastante vinculado a mis recuerdos personales, pero prefiero centrarme ya en el ciclismo, para no castigar en exceso a mis lectores ciclo-aficionados.

Entre el listado de ciclistas nacidos en el 63 encontramos nada menos que a Claudio Chiappucchi, GJ Theunisse, J Montoya, Lale Cubino e Iñaki Gastón. Todo un elenco de campeones que dieron colorido y emoción a una de las épocas más laureadas del ciclismo español, que se acabó remachando con la incontestable superioridad de Miguel Indurain, pero en la que los mencionados corredores, así como muchos otros, pusieron mucho de su parte para que los aficionados pudiéramos disfrutar de etapas y vueltas emocionantes y disputadas.
En el año 1963 el Tour de Francia cumplía precisamente sus 50 años de historia. Ello hace que este año sea su centenario. Por encima de cualquier otro evento ciclista, lo enfoquemos como lo enfoquemos, el Tour es el principal protagonista de la historia del ciclismo, y aún con sus altibajos, sus polémicas y sus sombras, su existencia es fundamental y una constante referencia de sentimientos, recuerdos, emociones y leyenda para cualquiera de nosotros. Para mí es el evento ciclista de los eventos, lo máximo. Y aunque reconozco en que hay épocas de mi vida (como actualmente sin ir más lejos) en que me alejo bastante de su seguimiento, siempre acabo volviendo a él, he viajado a sus escenarios y consumo parte de su cultura propia. Así pues me ha dado por preguntarme qué pasó en el Tour en 1963, y la respuesta no me ha defraudado en absoluto. Aquel año el podio quedó compuesto por: Anquetil, F Matín Bahamontes y José Pérez-Francés. El primero un campeón excepcional, uno de los únicos ganadores de cinco Tours de la historia. Un corredor de interesantísimas características como ciclista (y polémica vida personal), que en aquella edición se convertía en el único ciclista he haber conquistado cuatro Tours. El segundo un bravísimo corredor Toledano y el mejor escalador de la época. Y el tercero un excepcional ciclista cántabro (de Peñacastillo), casi tan impresionante como desconocido. Un hombre que desfondaba a todos sus compañeros en los entrenamientos, que les hacía tener que regresar a casa en tren y al que recurrían todos cuando querían entrenar verdadera intensidad o “calidad”. Sean o no casualidades, la verdad es que una vez más parece bastante justificada la celebración de esta Challenge Retro, precisamente este año.
 
 Podium del Tour del 63: Pérez-Frances (3º) a la izquierda,
Bahamontes (2º) en el centro y Anquetil (1º) a la derecha.
 En carrera: Anquetil delante, Bahamontes con el maillot amarillo,
Pérez-Francés de rosa con el maillot del mítico equipo Ferrys y
Poulidor siempre disputando (morado con mangas amarillas y gorra).
Otra escena de montaña con los mismos personajes.